—El destino es caprichoso —dijo Leyla, con una voz tan tenue que apenas se escuchó—. A veces nos da lo que pedimos, y otras, nos quita lo que más amamos.
Sebna lanzó una mirada fulminante a su hija, pero la madre de Amira, distraída por el servicio del té, no lo notó.
—¡Tonterías! —rio la madre de Amira, tratando de animar el ambiente—. Leyla, eres joven y hermosa. Tu esposo será un hombre afortunado. Amira, ¿por qué no le muestras a Leyla ese bordado que empezaste? Quizás le sirva de distracción.
Amira comprendió que era su oportunidad. Su madre, sin saberlo, le estaba dando la llave para hablar a solas con su amiga.
—Es una excelente idea, madre —dijo Amira, forzando una sonrisa—. Leyla, ven conmigo a la habitación de atrás. Necesito tu opinión sobre el diseño.
Sebna dudó un segundo, pero al ver la mirada inocente de la madre de Amira, no pudo negarse sin parecer grosera.
Solo unos minutos, Leyla —advirtió Sebna—. Tenemos mucho que hacer hoy.
Amira tomó a Leyla del brazo y la condujo lejos de la sala, dejando a las dos madres inmersas en una conversación sobre telas y dotes. En cuanto cerró la puerta de la habitación, Amira se giró hacia su amiga.
—Leyla, escúchame —susurró, con urgencia—. Sé que Maroum está desesperado.
Si vas a hacer algo, tiene que ser ahora. ¿Qué es lo que realmente quiere tu padre? ¿Es dinero, o hay algo más detrás de este compromiso tan apresurado?
Leyla levantó la vista, y por primera vez, Amira vio una chispa de terror puro en sus ojos grises.
—No es dinero, Amira. Mi padre... mi padre ha estado planeando una alianza. No es un matrimonio.-Es un intercambio. Me están entregando a cambio de algo que ellos necesitan de mi familia.
Amira sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. El nombre de Corinto no era solo una referencia geográfica; era un territorio remoto, más allá de las dunas y las montañas, una tierra de costumbres extrañas, climas gélidos y leyes que poco tenían que ver con la tradición de Baddish.
—¿Corinto? —susurró Amira, con los ojos muy abiertos—. Leyla, eso no es solo un matrimonio, es un destierro. No son árabes, no hablan nuestra lengua, no conocen nuestras costumbres... ¿Cómo pueden tus padres enviarte a un lugar tan lejano?
Leyla bajó la mirada, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, perdiéndose en el cuello de su túnica. Sus ojos grises, usualmente brillantes, estaban apagados, cargados de una tristeza infinita.
Dicen que el comercio no tiene fronteras —respondió Leyla con la voz rota—. Mi padre dice que los Argeos necesitan una "esposa de linaje puro" para consolidar su estatus en los mercados del norte. No les importa que sea una extranjera en su propia casa. No les importa que nunca vuelva a ver las arenas de Baddish.
Amira: Leyla, esa gente no vive en el desierto. Viven entre mármol y mar. Son navegantes, mercaderes que dominan el comercio de especias y metales en todo el Mediterráneo.
Leyla asintió, con la mirada perdida en la pared.
—Mi padre dice que el patriarca, Demetrio Argeo, ha estado buscando una alianza con los reinos del sur para asegurar el suministro de incienso y seda. Dicen que su hijo, Nikias Argeo, es un hombre que ha viajado desde las costas de Tracia hasta los puertos de Egipto. No es solo un matrimonio, Amira... es una ruta comercial viviente.