Amira sintió una punzada de indignación. El padre de Leyla no estaba vendiendo a su hija por amor, ni siquiera por
una alianza política simple; la estaba vendiendo como una garantía de contrato. Si los Argeos tenían a Leyla en Corinto, el padre de Leyla tendría acceso ilimitado a los mercados griegos.
—Nikias Argeo... —murmuró Amira, tratando de recordar si había visto ese nombre en los registros de la biblioteca—. He leído sobre ellos. Son conocidos por su frialdad. En
Corinto, las mujeres de los mercaderes viven bajo leyes muy estrictas. No tendrás voz, Leyla. Serás una extranjera en una ciudad de navegantes que no entienden nada de nuestras costumbres.
Leyla se abrazó a sí misma, temblando.
—Maroum me dijo que los griegos son hombres de palabra, pero que su palabra solo vale lo que vale su oro.
Si el oro se acaba, la palabra desaparece.
Amira se acercó a la ventana, mirando hacia la calle. La idea de que su amiga fuera enviada a una ciudad de mármol, lejos de las dunas, lejos de todo lo que conocía, le parecía una sentencia de muerte.
—Si los Argeos son tan poderosos —dijo Amira, con una idea empezando a tomar forma—, entonces tienen mucho que perder si su reputación se ve manchada. Si el Rey Jacob se entera de que los Argeos están intentando comprar influencia en Baddish a través de un matrimonio forzado, ¿cómo crees que reaccionará? Al Rey no le gusta que los extranjeros tengan tanto poder en su propia corte.
—El Rey ya ha dado su sello, Amira —respondió Leyla con desesperación—. Él mismo ha bendecido el contrato.
Entonces —dijo Amira, girándose hacia ella con una mirada gélida—, tendremos que hacer que el contrato sea un insulto para el Rey. Tendremos que hacer que el Rey crea que los Argeos no vienen a comerciar, sino a espiar para informar a los Paltas.
El silencio que siguió a las palabras de Leyla fue más pesado que cualquier tormenta de arena. Leyla se puso en pie con una lentitud mecánica, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano. Se acercó a la pequeña ventana de la habitación y miró hacia el horizonte, hacia donde el sol comenzaba a calentar las murallas de la ciudad.
No hay nada que hacer, Amira —repitió Leyla, y esta vez su voz no temblaba; estaba vacía, despojada de toda esperanza—. Mi padre ya ha aceptado el oro de los Argeo. El Rey ya ha puesto su sello. Si intentamos algo, si Maroum intenta algo... solo conseguiremos que nos ejecuten a todos. Baddish no perdona a quienes desafían el orden.
Amira se acercó a ella, sintiendo una opresión en el pecho que le dificultaba respirar. Quería gritar, quería buscar una solución, quería mover cielo y tierra, pero al ver la resignación en el rostro de su amiga, comprendió que Leyla ya se había despedido de su propia vida.
—Leyla... —logró decir Amira, con la voz quebrada por un sollozo que no pudo contener.
Leyla se giró y, por un breve instante, la máscara de frialdad se rompió. Se lanzó a los brazos de Amira, aferrándose a ella como si fuera el único ancla en un mar embravecido. No hubo más palabras, solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el peso de una despedida que ninguna de las dos estaba lista para aceptar.
Desde la sala principal, la voz de Sebna resonó con una impaciencia gélida:
Leyla! El tiempo se agota. Debemos volver a casa para los últimos preparativos.
Leyla se separó de Amira, limpiándose los ojos con un gesto rápido y brusco. Se alisó la túnica, recuperando esa postura erguida y distante que su madre tanto exigía. Sus ojos grises, antes llenos de terror, ahora eran dos espejos de acero.