Lo que no se perdona 1

"El Dolor Del Adiós"

—No llores, Amira —dijo Leyla, forzando una sonrisa que le desgarró el alma a su amiga—. Tú tienes un camino que recorrer aquí, en la corte. Tú eres la consejera del Príncipe. Quizás, algún día, desde tu posición, puedas hacer que el mundo sea un lugar donde las mujeres no sean vendidas como ganado.

—Leyla, por favor... —suplicó Amira, pero su amiga ya estaba caminando hacia la puerta.

—Adiós, Amira. Gracias por intentar salvar a quien ya estaba perdida.

Amira se quedó inmóvil en el centro de la habitación, viendo cómo su amiga salía al encuentro de su madre. Escuchó el sonido de los pasos de ambas alejándose por el pasillo, el eco de la puerta principal al cerrarse, y luego... el silencio absoluto de la casa.

Su madre entró poco después en la habitación, con una expresión de preocupación al ver a Amira sola y con los ojos enrojecidos.

—¿Qué ha pasado, hija? ¿Por qué se han ido tan pronto?

Amira no respondió. Se acercó a la ventana y vio cómo Leyla y Sebna se perdían entre la multitud de la calle, caminando hacia un destino que la separaría de todo lo que amaba. El sol de la mañana brillaba con una intensidad cruel, iluminando una ciudad que seguía su curso, ajena a que, en ese sol brillante, una vida acababa de ser destruida.

La madre de Amira se quedó paralizada en el umbral de la habitación. La bandeja con la infusión de menta que aún sostenía entre sus manos tembló, haciendo que las tazas de cerámica chocaran con un tintineo metálico que sonó en el silencio de la casa.

—¿Qué...? —repitió Adira, con la voz apenas un susurro, mientras sus ojos, usualmente serenos, se abrían con

una mezcla de incredulidad y un miedo antiguo—. ¿Qué has dicho, Amira?

Amira no pudo evitarlo. La contención que había mantenido durante toda la mañana se rompió. Se acercó a su madre y la tomó de los hombros, obligándola a dejar la bandeja sobre una mesa cercana.

—Se la llevan, madre. Sus padres la han vendido. Se casa con un Argeo, un comerciante de Corinto. Se la llevan a Tracia, al otro lado del mundo conocido. ¡Se irá para siempre!

Adira palideció hasta quedar del color de la cera. Sus manos, que siempre habían sido el refugio de Amira, se cerraron con una fuerza inesperada sobre los brazos de su hija.

—¿A Tracia? —preguntó Adira, y su tono no era de sorpresa, sino de un terror profundo, casi supersticioso—. ¿Has dicho que el apellido es Argeo?

Amira se sorprendió por la reacción de su madre. Adira no parecía estar pensando en la tristeza de Leyla, sino en algo mucho más oscuro.

—Sí, madre. Los Argeo. ¿Por qué? ¿Qué sabes tú de ellos?

Adira soltó a su hija y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, con una agitación que Amira nunca le había visto. Sus ojos, normalmente enfocados en las tareas del hogar, parecían estar mirando hacia un pasado que Amira desconocía por completo.

—No pueden llevársela —murmuró Adira para sí misma, con una urgencia febril—. Si esa familia pone un pie en Baddish con el sello del Rey, no solo se llevan a la muchacha. Están abriendo una puerta que debió permanecer cerrada para siempre.

—Madre, ¿de qué hablas? —insistió Amira, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía inestable—. Es solo un matrimonio. Un contrato comercial.

—Tu amiga no es solo una hija de Baddish, Amira. Y esos griegos... esos mercaderes no vienen por seda ni por especias. Si el Rey ha permitido esto, es porque ha perdido el juicio o porque está siendo chantajeado.

"CONTINUARÁ..."




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