Lo que no se perdona 1

"El Borrado De La Concubina En El Festival Otoñal Y Más"

"Mañana Del 2do Día Del Festival... El Rey Jacob Antes De Ir Al Festival"

Elara estaba sentada en el suelo, junto a la ventana, viendo cómo los sirvientes retiraban los últimos adornos de seda de su balcón. El festival estaba en su segundo día, y el bullicio en el patio central era ensordecedor. Nadie, ni un solo cortesano, se había detenidoa preguntar por la concubina del Príncipe.

La puerta se abrió y el Rey Jacob entró, luciendo sus mejores galas.

Se detuvo ante ella, observándola con una indiferencia que dolía más que un golpe.

—"¿Por qué no me dejas salir?" —preguntó Elara, con la voz ronca—. "Nadie ha preguntado por mí. Ni siquiera el Príncipe ha notado que no estoy en el banquete. Podría caminar por los jardines y nadie se daría cuenta de que existo."

Jacob soltó una carcajada seca, acercándose a ella hasta que su sombra la cubrió por completo.

—"¿Crees que tu ausencia es un descuido, Elara? Es un éxito" —dijo él, ajustándose los anillos—. "Nadie va a notar tu ausencia porque, para este reino, ya no tienes por qué asistir. Eres una doncella prometida, un objeto guardado en un cofre hasta que llegue el momento de entregarlo. ¿Acaso alguien pregunta por el oro que está guardado en la bóveda durante un festival? No. Se asume que está ahí, esperando."

Elara sintió un escalofrío.

—"Soy una joven comprometida, no una moneda de cambio."

—"Eres una concubina, y tu valor reside en tu silencio y en tu invisibilidad" —replicó Jacob, inclinándose para susurrarle al oído—. "Si te vieran paseando, si te vieran viva y respirando, empezarían a hacer preguntas. ¿Por qué no está con el Príncipe? ¿Por qué

no está en el banquete? La duda es peligrosa. Pero si te mantengo aquí, encerrada, fingiendo una enfermedad, el rumor se convierte en verdad: 'La concubina está indispuesta'. Nadie cuestiona la enfermedad de una mujer. Es la excusa perfecta para mantenerte fuera de la vista hasta que los

Paltas lleguen."

—"¿Y qué pasará cuando el Príncipe se dé cuenta de que no estoy?" —preguntó ella, desafiante.

Jacob sonrió, una mueca cruel que le estiró la piel del rostro.

"Amram está demasiado ocupado con su pequeña consejera como para notar si el sol sale por el este o por el oeste. Él cree que tú eres un mueble más en este palacio. Y mientras él siga distraído con Amira, tú seguirás siendo mi garantía. No saldrás de aquí hasta que el Rey Dalsem ponga un pie en este reino. Y para entonces..."

Jacob hizo una pausa, mirando hacia la ventana, hacia el horizonte donde se encontraba el Reino Palta.

—"...para entonces, ya no importará si te vieron o no. Porque para cuando el cuarto día termine, este reino habrá cambiado para siempre, y tú serás solo un recuerdo que nadie se molestará en buscar."

El Rey se dio la vuelta y salió, dejando a Elara en la penumbra.

Ella se quedó inmóvil, comprendiendo la magnitud de su encierro. No era una prisionera de guerra; era una prisionera de la conveniencia. El mundo seguía girando, el festival continuaba, y ella había sido borrada de la historia oficial del Reino Enikense, esperando un destino que el Rey Jacob había diseñado para ella, sin importarle si sobrevivía o no.

"Esa Noche..."

El día ya se había alzado sobre el palacio, y el silencio en los aposentos de Elara era absoluto, solo interrumpido por el eco lejano de la música del festival que moría en los patios. Elara estaba sentada en la parcial oscuridad, con la mirada perdida en la pared, cuando la puerta se abrió con un golpe seco.

El Rey Jacob entró. No traía la tensión de la mañana; ahora, su rostro irradiaba una

satisfacción tóxica. Se acercó a la cama, dejando que la luz de las antorchas del pasillo iluminara su sonrisa victoriosa.

—"¿Lo viste, Elara?" —preguntó él, su voz resonando en la pequeña habitación como una sentencia—. "Pasé toda la velada observando a la corte. Bebí, reí y negocié con los nobles más importantes de este reino. Y, ¿sabes qué es lo más curioso?"

Elara no respondió. Se limitó a apretar las sábanas con sus dedos, sintiendo cómo el corazón le latía con una mezcla de miedo y odio.

Jacob se inclinó sobre ella, disfrutando de su silencio.

—"Nadie. Ni una sola alma preguntó por ti. Ni un cortesano, ni un guardia, ni siquiera el Príncipe Amram, que estaba demasiado ocupado susurrándole promesas a su pequeña consejera como para recordar que tiene una concubina."

El Rey soltó una carcajada baja, una que no contenía alegría, sino desprecio.

—"Ni siquiera tuve que dar explicaciones. No tuve que inventar una fiebre, ni una dolencia, ni una excusa. ¿Sabes por qué? Porque a nadie le importó. Tu ausencia fue tan natural como la de una silla vacía o una cortina descorrida. Eres un fantasma en este palacio, Elara. Y eso es exactamente lo que necesitaba que fueras."

Elara levantó la vista, sus ojos brillando con una intensidad que hizo que Jacob se detuviera un segundo.

—"¿Es eso lo que cree, Majestad? ¿Que mi invisibilidad es su mayor victoria?"

Jacob se enderezó, ignorando el desafío en su tono.

—"Es mi mayor herramienta. Mañana, cuando los Paltas vean que ni siquiera te han echado de menos, entenderán que no eres nada para nosotros. Y cuando entiendan que no eres nada, se sentirán lo suficientemente confiados para caer en la trampa que les he tendido. Duerme, Elara. Mañana serás el cebo perfecto para una guerra que ni siquiera sabrás que empezó."

Jacob se dio la vuelta y salió, dejando la puerta entornada. Elara se quedó allí, en el silencio de la noche, con el peso de la verdad aplastándola. No solo estaba encerrada; estaba siendo borrada de la existencia mientras el reino celebraba su propia ruina.

Pero mientras la oscuridad la envolvía, una idea comenzó a formarse en su mente: si para el Rey ella era un fantasma, entonces un fantasma no tenía nada que perder. Y los fantasmas, a diferencia de las personas, podían moverse por el palacio sin ser vistos.




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