Blake
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Nunca imaginé que volvería.
Durante años me convencí de que no tenía razones para hacerlo. La ciudad pertenecía a otra etapa de mi vida, a una versión de mí que ya no existía.
Baje de un autobús con una maleta desgastada, una mochila demasiado pesada y más preguntas que respuestas.
El aire cálido golpeó mi rostro apenas puse un pie en la terminal. Cerré los ojos un instante y respiré profundo.
No estaba lista para regresar, pero tampoco tenía otro lugar al cual ir.
Ajusté la correa de la mochila sobre mi hombro y observé las calles a mi alrededor. Algunas cosas habían cambiado. Había negocios nuevos, edificios remodelados y más tráfico del que recordaba. Otras seguían exactamente igual.
Era extraño.
Como abrir una caja llena de recuerdos que habías pasado años intentando olvidar. Tomé aire lentamente. Solo necesitaba llegar a la habitación que había rentado, descansar un poco y comenzar de nuevo, al menos ese era el plan.
La casa estaba ubicada en una zona tranquila, a unas cuantas calles del centro, no era especialmente bonita, pero tampoco parecía desagradable. Arrastré mi maleta hasta la entrada y toqué el timbre, mientras esperaba, revisé el correo de confirmación de la reserva.
Todo estaba en orden.
Por eso, cuando la puerta se abrió y la mujer del otro lado me dedicó una sonrisa incómoda, algo dentro de mí se tensó.
—¿Blake Walker? —preguntó sujetándose del marco de la puerta.
—Sí.
La mujer bajó la mirada hacia la maleta.
Después volvió a observarme.
—Pensé que ya no vendrías.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Estoy aquí.
—Sí, bueno...
La forma en que apretó los labios hizo que mi estómago se hundiera.
—La habitación ya no está disponible.
Por un segundo creí haber escuchado mal.
—¿Qué?
—Lo siento mucho.
—Reservé hace dos semanas.
—Lo sé.
—Le transferí el depósito.
La mujer asintió.
—También lo sé.
Esperé una explicación.
No llegó.
—Entonces no entiendo.
La mujer desvió la mirada hacia el jardín.
—No llegaste en la mañana, como acordamos.
—¿Y decidió rentársela a otra persona?
Su silencio respondió por ella.
Solté el aire lentamente.
No quería discutir.
No tenía energía para discutir.
—Le devolví el dinero —agregó en voz baja.
Saqué el celular y comprobé la transferencia.
Ahí estaba.
El dinero había regresado a mi cuenta.
Lástima que eso no solucionaba absolutamente nada.
—Entiendo —murmuré.
Tomé nuevamente la maleta.
—Lo siento mucho.
Asentí sin responder.
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Dos horas después terminé sentada frente al mostrador de un hotel económico.
La recepcionista tecleó algo en su computadora.
Luego pasó mi tarjeta, esperó unos segundos y negó con la cabeza.
—Lo siento, señorita. La operación fue rechazada.
Parpadeé.
—¿Podría intentarlo otra vez?
—Claro.
Lo hizo.
El resultado fue exactamente el mismo, sentí una presión incómoda en el pecho. Saqué el teléfono y abrí la aplicación bancaria, la pantalla tardó unos segundos en cargar. Cuando finalmente apareció la información, mi estómago se contrajo, varias operaciones aparecían retenidas, algunos movimientos recientes habían desaparecido, y una de mis cuentas mostraba una restricción temporal.
Maldición.
Me quedé observando la pantalla durante varios segundos.
Intentando convencerme de que debía existir una explicación lógica.
Pero en el fondo ya sabía la respuesta.
Ya sabía exactamente de qué se trataba. Y eso era lo peor.
Cerré la aplicación.
Guardé el teléfono.
Y respiré profundamente.
Perfecto.
Al parecer ciertos problemas se negaban a quedarse donde pertenecían.
Abrí la cartera. Conté los billetes. Después volví a contarlos, era suficiente para un par de noches, quizá tres si administraba bien el dinero. No era mucho, pero era algo.