Blake
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El despertador sonó a las seis en punto.
Lo apagué de un golpe y permanecí acostada mirando el techo de la habitación. Durante unos segundos no pensé en nada. Ni en la ciudad. Ni en el trabajo. Ni en los problemas que seguían esperándome afuera.
Solo disfruté esos breves instantes de silencio, después la realidad volvió a caerme encima.
Suspiré.
—Genial... —murmuré.
Me incorporé lentamente y tomé mi celular.
La aplicación bancaria tardó varios segundos en cargar, cuando finalmente apareció la información, nada había cambiado. Las operaciones retenidas seguían ahí y mi saldo seguía siendo una absoluta mierda.
Cerré los ojos durante un instante. Tal vez esperaba que algo se hubiera solucionado durante la noche. Era una expectativa ridícula, pero últimamente me estaba aferrando a cualquier cosa.
Guardé el teléfono y abrí la cartera. Conté el efectivo. Después volví a contarlo, como si el dinero fuera a multiplicarse por arte de magia.
Por supuesto que no.
Solté una risa amarga.
Y aunque intentaba no pensar demasiado en ello, esa sensación seguía apareciendo de vez en cuando. Más que culpa, se podría decir que era miedo... a que el pasado me buscara para rendir cuentas.
Apreté la cartera entre mis manos.
No.
No iba a pensar en eso.
Ya había tomado demasiadas malas decisiones durante las últimas semanas. Castigarme mentalmente por cada una de ellas no solucionaría nada así que guardé el dinero nuevamente.
Necesitaba enfocarme en algo más importante.
Como averiguar cuándo demonios pagaban en Monroe & Asociados. Porque si el primer sueldo llegaba dentro de un mes, estaba jodida. Muy jodida.
Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana.
Respiré profundamente.
Había vuelto para empezar de nuevo. No para arreglar el pasado. No para recuperar lo que había perdido. No para vengarme.
Solo necesitaba trabajar. Ahorrar. Mantenerme a flote. Y hacer las cosas bien por una maldita vez. Lo demás podía esperar. O al menos eso esperaba.
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Llegué al despacho quince minutos antes de mi horario.
Quería causar una buena impresión. O al menos evitar que me despidieran durante mi primer día.
El edificio ya tenía bastante movimiento.
Personas entrando y saliendo. Elevadores ocupados. Llamadas. Conversaciones.
El tipo de caos organizado que parecía existir en cualquier oficina grande.
Mientras esperaba el ascensor, observé mi reflejo en una de las puertas metálicas.
Había intentado verme profesional. Al menos lo suficientemente para que nadie sospechara que estaba improvisando mi vida entera.
Llevaba una blusa color crema de mangas largas. Acompañado de una falda oscura que llegaba unos centímetros arriba de las rodillas. Botines de tacón bajo. Mi cabello castaño claro, casi caramelo bajo cierta luz, estaba recogido en una coleta baja y ordenada. Un poco de maquillaje para ocultar el cansancio. No era mucho, pero era mejor que la imagen que había visto en el espejo del hotel dos días atrás.
Cuando llegué a recepción, una mujer levantó la vista de su computadora.
Reconocía la voz, pero no la imagen.
La mujer que había imaginado después de nuestra llamada telefónica era completamente distinta. Rhia llevaba el cabello negro recogido en una coleta alta impecable. Su maquillaje era elegante sin resultar exagerado. Labial rosado. Pestañas perfectamente definidas. Y un blazer borgoña que probablemente costaba más que toda mi ropa junta.
Transmitía la clase de confianza que solo tienen las personas que saben exactamente lo que están haciendo.
—¿Blake Walker? —preguntó sonriendo.
—Rhia.
Ella arqueó una ceja.
—¿Esperabas a alguien más?
—No exactamente.
Una pequeña risa escapó de sus labios.
—Lo tomaré como un cumplido.
—Era un cumplido.
—Perfecto. Así evitamos una situación incómoda antes de las ocho de la mañana.
Eso consiguió arrancarme una sonrisa.
Rhia abrió un cajón y sacó una credencial temporal.
—Aquí tienes.
La tomé.
—Gracias.
—Y un consejo.
—¿Sí?
—No pierdas eso.
—¿Tan importante es?
Rhia inclinó ligeramente la cabeza.
—Los ascensores y algunas puertas funcionan con escanear la tarjeta.