POV Valeria
Siempre nos hablan del amor como si fuera algo inevitable. Como si, tarde o temprano, todos estuviéramos destinados a encontrar a esa persona capaz de cambiarlo todo. Pero nadie te prepara para lo que ocurre cuando crees haberlo encontrado… y termina siendo todo lo contrario.
O al menos eso piensas.
Conocí a Alejandro en la secundaria. No era el chico más atractivo del salón, pero sí el más inteligente, gracioso y educado que había conocido. Era alto, de cabello negro, ojos cafés y usaba lentes. Como dije, no era precisamente el más popular ni el más guapo, pero había algo en él que lo hacía diferente.
Yo no lo consideraba solo un amigo.
Quería que me notara.
Quería que me mirara de la misma forma en que yo lo miraba a él.
Y cuando por fin creí que se había dado cuenta de mi existencia, todo se fue al carajo.
Los chismes de secundaria lograron separarnos. Lo más doloroso no fue lo que dijeron de mí, sino que él lo creyó. Recuerdo perfectamente sus palabras:
“Jamás imaginé que fueras así”.
¿A qué se refería? Hasta hoy no lo sé.
Tiempo después intenté hablar con él, aclarar lo que fuera que había escuchado, pero no hubo forma. Alejandro se volvió frío, distante, evasivo. Cada intento mío terminaba con una respuesta cortante o con su silencio.
Así que hice lo único que podía hacer una adolescente con el corazón roto: fingir que lo olvidaba.
Diez años después, si alguien me preguntara si mi vida mejoró, diría que sí… aunque depende del aspecto del que estemos hablando.
Me llamo Valeria Montes y, en lo laboral, logré convertirme en una de las mejores estrategas de relaciones públicas de la ciudad. Trabajaba con marcas importantes, coordinaba campañas, resolvía crisis antes de que se salieran de control y tenía una agenda tan llena que apenas me quedaba tiempo para pensar en mí.
Construí una vida estable, una rutina segura y una versión de mí misma que ya no parecía necesitar respuestas del pasado.
O eso creía.
Porque hay personas que no regresan a tu vida lentamente. No tocan la puerta, no piden permiso, no avisan. Simplemente aparecen.
Y Alejandro apareció justo cuando yo estaba convencida de que su nombre ya no podía dolerme.
Ese día tenía una junta con un reconocido bufete de arquitectura que buscaba expandirse. Antes de aceptar cualquier reunión, investigaba a fondo a mis posibles clientes: antecedentes, reputación, crisis pasadas, rumores, notas de prensa, demandas, todo.
Con Vargas Arquitectos no encontré nada alarmante.
Eso, en mi trabajo, era casi sospechoso.
La reunión sería con Damián Sinclair, director de Relaciones Públicas de la empresa. El objetivo era claro: conocer los puntos principales de su expansión y definir qué tipo de estrategia necesitaban para comunicarla sin afectar la imagen del despacho.
Esa mañana elegí el mejor traje sastre que encontré en mi clóset. Negro, entallado y lo suficientemente formal como para imponer presencia sin parecer que me esforzaba demasiado. Amarré mi cabello en una cola alta y me maquillé de forma discreta, como solía hacerlo para trabajar.
Al llegar a Vargas Arquitectos, no pude evitar sorprenderme.
No era el típico estudio gris, rígido y silencioso que había imaginado. Todo lo contrario. El edificio tenía áreas verdes, salas de descanso, espacios abiertos de trabajo y muros llenos de color. Había maquetas, planos, pantallas encendidas y grupos de personas conversando alrededor de mesas enormes. Era un lugar pensado para crear, no solo para trabajar.
Impresionada, caminé hasta el mostrador de recepción.
—Buenos días. Soy Valeria Montes. Tengo una reunión con el señor Sinclair.
La recepcionista levantó la mirada. Me observó de arriba abajo con una expresión difícil de descifrar, aunque bastante cercana al desagrado. No me importó. Estaba acostumbrada a entrar a lugares donde primero te medían antes de escucharte.
—El señor Sinclair la espera en la sala de juntas —respondió, señalando el pasillo de la derecha.
—Gracias.
Caminé siguiendo sus indicaciones. Al llegar, encontré a un hombre de pie junto a una mesa de cristal. Vestía un traje demasiado elegante para ser casual y demasiado bien cortado para ser ordinario. Tenía el cabello rubio perfectamente peinado y unos ojos azules que, tenía que admitirlo, eran bastante lindos.
Al verme, sonrió con seguridad.
—Buenos días. Valeria Montes, supongo.
—Así es. Un gusto, Damián Sinclair.
—El gusto es mío. Tome asiento, por favor.
Me senté frente a él, saqué mi libreta y crucé una pierna sobre la otra.
—Usted dirá qué necesita de mí.
Damián apoyó ambas manos sobre la mesa antes de sentarse.
—Como sabrá, estamos próximos a iniciar un proceso de expansión. Queremos abrir nuevas sedes y posicionar a Vargas Arquitectos como una firma con mayor alcance nacional. Sin embargo, no queremos que el proyecto se vea afectado por rumores, filtraciones o suposiciones incorrectas.
Asentí lentamente.
—Entiendo. Quieren controlar la narrativa antes de que alguien más la construya por ustedes.