POV Alejandro
Siempre tratamos de dejar el pasado atrás. Sobre todo aquellas cosas que nos lastimaron, que nos marcaron o que preferimos enterrar en algún rincón de la memoria con la esperanza de no volver a encontrarlas.
Pero a veces el pasado no pide permiso.
A veces llega de golpe, abre la puerta y te demuestra que aquello que juraste haber superado nunca se fue del todo.
Mi mañana había empezado bien. Tenía reuniones pendientes, llamadas por responder y decisiones importantes que tomar respecto a la expansión de Vargas Arquitectos. Todo estaba bajo control, o al menos eso creía, hasta que recibí el aviso de que Damián ya se encontraba en la sala de juntas con la posible encargada de Relaciones Públicas.
En un principio no pensaba entrar. Damián sabía manejar ese tipo de reuniones y confiaba en su criterio. Sin embargo, cuando me comentó lo impresionado que estaba con el trabajo de la consultora, decidí que necesitaba conocerla personalmente.
Nunca imaginé que, al cruzar esa puerta, me encontraría con una de las pocas personas que juré no volver a ver.
Valeria Montes.
Por un instante no supe qué decir.
Había cambiado. Claro que había cambiado. Ya no era la niña de secundaria que caminaba a mi lado en los pasillos, la que se reía de mis comentarios tontos y siempre parecía encontrar una excusa para acompañarme. Ahora era una mujer segura, elegante, con el cabello recogido en una cola alta, un traje impecable y unos lentes que le quedaban demasiado bien.
Seguía siendo linda.
No.
Era más linda de lo que recordaba.
—Nos conocemos —dije, antes de poder evitarlo.
Valeria me miró con una calma que no esperaba. No hubo sorpresa en su rostro, ni emoción, ni molestia evidente. Solo una serenidad fría, perfectamente controlada.
—No —respondió—. Creo que está confundido.
Sus palabras me golpearon más de lo que quise admitir.
¿Cómo iba a estar confundido? Sabía perfectamente quién era. La había reconocido en cuanto levantó la mirada. Pero ella no me dejó espacio para responder. No me dio la oportunidad de decir su nombre de nuevo, ni de preguntarle cómo estaba, ni de mencionar todo aquello que había quedado pendiente entre nosotros.
—Valeria… —murmuré.
Su expresión no cambió, pero su voz se volvió más firme.
—Señorita Montes —me corrigió—. Si le parece, podemos comenzar con la reunión. Tengo entendido que desean trabajar la estrategia de comunicación para su expansión.
Damián permanecía en silencio, claramente incómodo, aunque fingía revisar unos documentos sobre la mesa.
Yo apreté la mandíbula.
Tenía razón.
Ella no había venido a recordar el pasado. Había venido a trabajar.
Tomé asiento frente a ella, junto a Damián, obligándome a actuar como el director general que todos esperaban que fuera y no como el adolescente que, de pronto, volvía a sentirse torpe frente a la única persona que nunca logró olvidar del todo.
—Queremos que esto no se complique —dije finalmente—. La expansión es importante para la firma, pero cualquier filtración podría afectar negociaciones que aún no están cerradas.
Valeria abrió su libreta y tomó una pluma.
—Entonces necesitan una estrategia preventiva, no solo reactiva.
Asentí.
—Exacto.
—¿Qué tipo de expansión están planeando? ¿Nuevas sedes, alianzas, adquisición de otro despacho?
Su tono era profesional. Demasiado profesional. Como si yo fuera cualquier cliente. Como si entre nosotros no existieran diez años de silencio, una acusación sin explicación y una despedida que nunca ocurrió.
—Nuevas sedes —respondió Damián, interviniendo—. Queremos iniciar con Monterrey y Guadalajara. Después, dependiendo de los resultados, evaluaríamos una tercera apertura.
Valeria anotó algo sin levantar la mirada.
—¿El equipo interno ya tiene una postura oficial?
—Todavía no —dije.
Ella levantó los ojos hacia mí.
—Entonces ese será el primer problema.
Damián arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque si ustedes no definen qué quieren comunicar, alguien más lo hará por ustedes. Y cuando eso pase, ya no estarán controlando una expansión. Estarán apagando un incendio.
Su respuesta fue directa, precisa y segura.
Me quedé mirándola más tiempo del necesario.
Valeria siempre había sido inteligente, pero esto era distinto. Ya no hablaba con la inseguridad de antes. Ahora ocupaba el espacio con autoridad. Sabía lo que valía y no necesitaba demostrarlo.
Eso me incomodó.
No porque me molestara verla así, sino porque me obligaba a aceptar que había pasado diez años construyéndose lejos de mí.