Lo que nunca dijimos

Capítulo 3

POV Valeria

Trabajar de la mano con él.

Claro que sí.

Era justo lo único que me faltaba para terminar de arruinar mi mañana.

Sin embargo, ya había aceptado. Y Valeria Montes no era de las personas que salían corriendo solo porque el pasado decidía aparecerse con traje caro y apellido importante.

Cerré mi libreta con calma, aunque por dentro sentía que cada músculo de mi cuerpo estaba tenso.

—De acuerdo —dije, poniéndome de pie—. Entonces me retiro para comenzar a trabajar. En cuanto tenga un primer avance, los contactaré para agendar una nueva reunión.
Damián asintió con una sonrisa amable.

—Perfecto, señorita Montes. Estaremos pendientes.

Estaba a punto de guardar mi pluma cuando la voz de Alejandro me detuvo.

—Preferiría que trabajara aquí.

Levanté la mirada.

—¿Disculpe?

Alejandro se recargó ligeramente en la silla. Su expresión seguía siendo seria, profesional, casi impenetrable.

—La verdad es que no me da mucha seguridad que la información salga de la empresa.

Sentí que algo dentro de mí se encendía.

—¿Está insinuando que voy a revelar o vender su información, señor Vargas?
Mi voz salió más fría de lo que esperaba, pero no me arrepentí.

Damián se removió incómodo en su asiento.

—No creo que Alejandro haya querido decir eso…

—La verdad es que no la conozco —me interrumpió Alejandro, mirándome directamente—. Y prefiero que el trabajo se realice aquí. Uno puede imaginar una cosa de las personas, pero luego ellas demuestran ser otra.

El silencio cayó de golpe.

No supe si él se dio cuenta.

No supe si recordó.

Pero yo sí.

Yo recordé perfectamente.

“Jamás imaginé que fueras así”.

Diez años habían pasado y, aun así, sus palabras encontraron exactamente el mismo lugar donde doler.

Apreté los dedos alrededor de mi libreta. Por un segundo quise responderle. Quise decirle que él no tenía derecho a hablarme de confianza cuando fue el primero en dudar de mí. Quise preguntarle si seguía creyendo todo lo que escuchaba o si, con los años, había aprendido a pensar por sí mismo.

Pero no lo hice.

Porque no estaba ahí para darle explicaciones.

Ya no.

Sonreí apenas, una sonrisa tan educada como falsa.

—Como usted prefiera.

Alejandro no apartó la mirada.

—Señorita Montes…

—Con su permiso, me retiro.

No esperé a que dijera nada más. Guardé mis cosas, tomé mi bolso y salí de la sala con la espalda recta, los pasos firmes y el orgullo sosteniéndome como podía. No me permití respirar hasta que estuve fuera del edificio.

El aire de la calle me golpeó el rostro, pero no fue suficiente para calmar el nudo que tenía en la garganta. Caminé unos pasos lejos de la entrada de Vargas Arquitectos y saqué mi celular con manos ligeramente temblorosas.

Busqué su contacto sin pensarlo demasiado.

Mariel.

Mi mejor amiga desde la secundaria.

La única persona que conocía esa historia desde el principio.

Contestó al tercer tono.

—¿Val?

Cerré los ojos un segundo.

—Necesito hablar contigo.

Su voz cambió de inmediato.

—¿Qué pasó?

Miré hacia el edificio, hacia esas enormes ventanas que reflejaban una versión de mí que fingía estar entera.

—Alejandro volvió.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.

—¿Alejandro Vargas?

Tragué saliva.

—El mismo.

Mariel soltó una maldición por lo bajo.

—Estoy libre —dijo enseguida—. Te veo en el café de siempre.

—Gracias.

—Y Valeria…

—¿Sí?

—No llores antes de que llegue. Ese idiota no merece arruinarte el rímel.

Una risa pequeña se me escapó, aunque sentía los ojos arder.

—Lo intentaré.

Colgué y respiré hondo.

Diez años después, Alejandro Vargas seguía teniendo la capacidad de hacerme sentir como aquella niña que quiso explicarse y nunca fue escuchada.

La diferencia era que ahora yo ya no pensaba rogarle a nadie que creyera en mí.




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