POV Valeria
Al entrar a la cafetería, vi a Mariel sentada en nuestra mesa de siempre. Ya me estaba esperando con mi café favorito y una enorme rebanada de pastel de chocolate frente a ella.
No pude evitar sonreír un poco.
Mariel siempre sabía cuándo una crisis requería azúcar.
—Hola, Mar —dije, acercándome a la mesa—. ¿Cómo estás?
Ella me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Hola, Val. Pero, en serio, la que debería preguntar eso soy yo.
Me senté frente a ella y dejé mi bolso a un lado.
—Estoy bien, en serio.
Mariel arqueó una ceja.
—No lo parece.
Suspiré, tomando el vaso de café entre mis manos.
—Es que es algo estúpido, ¿sabes? Sentirme así por alguien que ni siquiera fue mi pareja.
La expresión de Mariel se suavizó.
—No es estúpido. Fue una persona a la que quisiste mucho.
Bajé la mirada.
—Pero él a mí no.
—¿Y eso qué?
Levanté los ojos hacia ella, confundida.
—¿Cómo que “y eso qué”?
—Que tus sentimientos no dejan de importar solo porque él no los haya correspondido de la misma forma.
Apreté los labios.
Odiaba cuando Mariel tenía razón.
—No está bien que, después de diez años, siga sintiéndome como cuando tenía quince.
—Yo creo que más bien tiene que ver con que fue tu primer amor no correspondido —dijo, partiendo un pedazo de pastel con el tenedor—. Adorabas a ese niño que era.
Sonreí con tristeza.
—Sí. A ese niño. Por eso no puedo permitir que me afecten las palabras de un adulto que ya no debería significar nada para mí.
Mariel dejó el tenedor sobre el plato.
—Estoy de acuerdo. Pero esa niña de quince años sigue dolida. No solo por lo que sentía por él, sino por la desconfianza, por la pérdida de su amigo y por quedarse sin una explicación.
Me quedé callada.
Porque eso era exactamente lo que dolía.
No era solo Alejandro.
Era la forma en que se había ido.
Era recordar que intenté hablar y él decidió creer cualquier cosa antes que escucharme.
—Y ahora tengo que trabajar con él —murmuré.
Mariel hizo una mueca.
—Sí, esa parte es terrible.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada. Para eso están las amigas.
Tomé un sorbo de café, tratando de ignorar el nudo en mi garganta.
—No sé cómo voy a hacerlo, Mar. Hoy lo vi y fue como si nada hubiera pasado y, al mismo tiempo, como si todo volviera a pasar otra vez.
—Tal vez sería importante que hablaran.
La miré de inmediato.
—No.
—Val…
—No, para nada. Ya no tiene caso. Cuando yo quería hablar, cuando quería aclararlo todo, él se cerró. Me trató como si fuera culpable de algo que ni siquiera entendía. Ahora ya no tiene caso revivir eso.
Mariel me observó durante unos segundos, como si estuviera decidiendo si insistir o no.
Por supuesto, decidió insistir.
—¿Y qué tal si él sentía lo mismo por ti? ¿Qué tal si lo aclaran, se reconcilian y se casan?
Solté una risa incrédula.
—Sí, cómo no. Ya deja de leer historias románticas, Mariel.
—Oye, no subestimes el poder de un buen romance de oficina.
—No es un romance de oficina. Es una pesadilla laboral con traje caro.
Mariel sonrió.
—Ajá.
—Lo quiero lo más lejos posible de mí.
—Eso será complicado, considerando que tienen que trabajar juntos.
Me recargué contra el respaldo de la silla y cerré los ojos un segundo.
—No me lo recuerdes.
—Además —agregó ella, tomando otro pedazo de pastel—, por lo que me contaste, él tampoco parecía muy indiferente.
Abrí los ojos.
—¿Perdón?
—Val, te pidió que trabajaras ahí. En la empresa. Directamente con él.
—Porque no confía en mí.
—O porque quería tenerte cerca y no supo cómo pedirlo sin parecer un idiota.
La miré fijamente.
—Eso es ridículo.
—Puede ser. Pero también puede que no.
Negué con la cabeza.
—Alejandro Vargas no me quiere cerca, Mariel. Alejandro Vargas todavía cree que soy la misma persona que inventaron los chismes de secundaria.