POV Alejandro
Solo la vi irse.
Otra vez.
La puerta de la sala se cerró detrás de Valeria y, por unos segundos, no fui capaz de moverme. Me quedé mirando el lugar por donde había salido, con la mandíbula tensa y una sensación incómoda instalada en el pecho.
No era culpa.
No podía ser culpa.
—¿Qué fue eso? —preguntó Damián.
Giré apenas la mirada hacia él.
—¿A qué te refieres?
Damián soltó una risa seca, sin humor.
—No te hagas. Jamás habías tratado a alguien así. Y, hasta hace diez minutos, habíamos acordado que no era necesario que trabajara aquí.
Me levanté de la silla y comencé a juntar los documentos que estaban sobre la mesa.
—Tendrá acceso a información confidencial. No puede simplemente llevársela y ya.
—¿Y esa repentina desconfianza a qué se debe? —insistió—. Nunca te había importado trabajar de esa forma con consultores externos.
—Ya te lo dije. Esto es importante.
—No —respondió, cruzándose de brazos—. Yo creo que hay algo más que no me estás diciendo. Empezando por la tensión que se sintió desde que entraste por esa puerta.
No respondí.
Damián me observó con más atención.
—No me digas que fue una de tus conquistas.
Lo miré de inmediato.
—No lo fue.
Mi respuesta salió más dura de lo necesario.
Damián alzó ambas manos, como si quisiera calmarme.
—Está bien. Entonces, ¿quién es?
Apreté los dedos alrededor de la carpeta.
—Alguien que conocí hace mucho tiempo.
—Eso ya quedó bastante claro. Lo que no entiendo es por qué la tratas como si te hubiera traicionado.
Me quedé en silencio.
Porque esa era la palabra.
Traición.
Aunque habían pasado diez años, seguía sintiéndose igual. Como si el simple hecho de verla me hubiera devuelto a ese pasillo de secundaria, a los murmullos, a las miradas, a todo lo que escuché sobre ella y que nunca pude sacarme de la cabeza.
—Porque eso hizo —dije finalmente.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué hizo?
Aparté la mirada.
—No importa.
—Claro que importa. Acabas de obligar a una de las mejores consultoras que hemos considerado para este proyecto a trabajar dentro de la empresa porque, aparentemente, no confías en ella. Así que sí, Alejandro, importa.
Respiré hondo, intentando recuperar el control.
—Valeria siempre se mostró de una forma frente a los demás —dije—. Amable, tranquila, incapaz de hacer daño. Pero a espaldas de todos era otra persona.
Damián me miró con incredulidad.
—A mí no me pareció eso.
—Es porque no la conoces.
—No —respondió él, serio—. El que parece no conocerla eres tú.
Sus palabras me golpearon de una forma inesperada.
Lo miré.
—¿Qué dijiste?
Damián no retrocedió.
—Que no la conoces, Alejandro. Tal vez conociste a una niña hace diez años, o tal vez creíste conocerla por lo que alguien más te dijo. Pero la mujer que acaba de salir de esta sala no se parece a alguien que necesite engañar a nadie para demostrar lo que vale.
Sentí una molestia inmediata, una especie de defensa automática.
—No sabes de lo que estás hablando.
—Puede ser —aceptó—. Pero sí sé lo que vi. Y vi a una mujer profesional intentando hacer su trabajo, mientras tú convertías una reunión de negocios en un asunto personal.
No contesté.
Porque una parte de mí quería negarlo.
Y otra, mucho más incómoda, sabía que tenía razón.
Damián tomó su carpeta y caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Solo te voy a decir algo: si realmente quieres que Valeria trabaje con nosotros, más te vale aprender a separar lo que pasó de lo que está pasando ahora.
La puerta se cerró detrás de él.
Me quedé solo en la sala, rodeado de silencio.
Sobre la mesa había quedado una pluma.
La pluma de Valeria.
La tomé sin pensarlo. Era sencilla, negra, con las iniciales V.M. grabadas en dorado.
La sostuve entre los dedos, sintiendo una presión extraña en el pecho.
Diez años atrás había jurado no volver a verla.
Ahora, después de tenerla frente a mí durante apenas unos minutos, ya no estaba tan seguro de querer cumplir esa promesa.