POV Valeria
Toda la noche me la pasé pensando en lo que me había dicho Mariel.
Y tal vez tenía razón.
Tal vez la mejor forma de enfrentar a Alejandro Vargas no era exigirle explicaciones, ni demostrarle cuánto me habían dolido sus palabras, ni esperar que después de diez años por fin decidiera escucharme.
Tal vez la mejor forma era hacer mi trabajo tan bien que no tuviera más opción que reconocer que estaba equivocado.
Pero mi orgullo no iba a permitir que eso se convirtiera en algo personal.
Así que tomé una decisión: lo trataría como cualquier otro proyecto. Haría mi trabajo, cumpliría con lo acordado y, cuando todo terminara, me iría de Vargas Arquitectos como si aquello nunca hubiera sido más que un mal recuerdo.
Al día siguiente llegué a la empresa con un vestido negro, el cabello suelto y mi maletín en la mano. No iba exageradamente arreglada, pero sí lo suficiente como para recordarme a mí misma que no estaba ahí para sentirme pequeña.
Al entrar, Damián fue quien me recibió.
—Buenos días, señorita Montes.
—Buenos días, señor Sinclair.
Me dedicó una sonrisa amable y comenzó a guiarme por el área de trabajo.
—Le explico. Por cuestiones de espacio y también por la dinámica del proyecto, no tendrá una oficina privada. Trabajará en el área común con el equipo asignado.
—No tengo problema con eso —respondí—. De hecho, lo prefiero. Me permite conocer mejor el ritmo de trabajo.
Y era cierto.
El problema no fue el área común.
El problema fue darme cuenta de que la oficina de Alejandro quedaba justo en el segundo piso, con una enorme ventana de cristal desde donde podía observar prácticamente todo.
Incluyéndome a mí.
Por fortuna, él aún no había llegado.
Damián me presentó al equipo con el que trabajaría. Eran cinco personas en total: Carlos, Alexandre, Fernando, Carla y Micaela. Cada uno pertenecía a un área distinta, lo cual nos permitiría abordar el proyecto desde diferentes perspectivas.
Carlos trabajaba en administración interna. Carla estaba en comunicación visual. Fernando formaba parte del área de proyectos arquitectónicos. Micaela apoyaba en investigación y análisis de mercado. Y Alexandre, según entendí, era uno de los encargados del desarrollo creativo para nuevas sedes.
Todos fueron amables conmigo desde el principio.
Demasiado amables, quizá.
Entre plática y plática descubrí que Carla y Carlos eran pareja, aunque intentaban fingir que nadie lo sabía. También noté que Fernando y Micaela tenían una especie de juego extraño: se molestaban, discutían por cualquier cosa y luego se sonreían como si acabaran de decirse algo que nadie más entendía.
Y entonces quedábamos Alexandre y yo.
Los dos solteros.
Al parecer, para el equipo eso era suficiente argumento para intentar juntarnos.
—Sería bueno para la integración del grupo —dijo Carla con una sonrisa demasiado inocente para ser real.
—Claro —agregó Carlos—. Por unión laboral.
Micaela soltó una risa.
—Sí, por supuesto. Unión laboral.
Los miré a todos, seria.
—No gracias.
Alexandre, sentado a mi lado, levantó ambas manos en señal de paz.
—Para que conste, yo no participé en esta estrategia.
Lo miré de reojo y, aunque no quería admitirlo, me causó gracia.
—Eso espero.
No me malinterpreten. Alexandre era guapo. Demasiado, de hecho. Alto, de complexión fuerte, cabello negro, ojos azules y una barba perfectamente arreglada. Tenía esa seguridad tranquila de las personas que saben que llaman la atención sin esforzarse demasiado.
Pero en ese momento yo no estaba interesada.
Ni en él.
Ni en nadie.
Tenía suficientes problemas con un hombre del pasado como para agregar otro al presente.
—Tranquila —dijo Alexandre, inclinándose un poco hacia mí—. No tienes que preocuparte. No suelo enamorarme de las mujeres que me rechazan antes de conocerme.
Arqueé una ceja.
—Qué alivio.
Él sonrió.
—Aunque admito que es una forma interesante de empezar una amistad.
—¿Quién dijo que íbamos a ser amigos?
—Nadie. Pero soy optimista.
Esta vez sí sonreí.
Apenas.
Pero sonreí.
Y justo en ese momento sentí esa extraña sensación de ser observada.
Levanté la mirada casi por instinto.
En el segundo piso, detrás del cristal de su oficina, Alejandro Vargas acababa de llegar.
Estaba de pie, inmóvil, mirándonos.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
No sabía qué había visto.
Pero por la forma en que tenía la mandíbula apretada, algo me dijo que no le había gustado encontrarme sonriendo.
Aparté la mirada primero.
No porque me intimidara.
Sino porque no pensaba darle la satisfacción de saber que todavía podía incomodarme.
—Bueno —dije, abriendo mi maletín—. ¿Comenzamos?
Alexandre siguió mi mirada hacia el segundo piso y luego volvió a verme.
—¿Todo bien?
Sonreí de forma profesional.
—Perfectamente.
Aunque, por dentro, sabía que aquello era mentira.
Porque trabajar en Vargas Arquitectos no iba a ser solo complicado.
Iba a ser una guerra silenciosa.
Y Alejandro acababa de darse cuenta de que yo ya no estaba dispuesta a perder.