POV Alejandro
Dormir fue lo que menos hice esa noche.
No entendía de dónde habían salido todos esos sentimientos tan contradictorios. Durante años me convencí de que Valeria Montes era un capítulo cerrado, una persona que había formado parte de mi pasado y nada más.
Pero verla de nuevo había removido algo que creí enterrado.
La había querido, claro que sí. Valeria había sido una gran amiga. Una de esas personas que siempre estaban ahí, incluso cuando uno no sabía cómo pedir ayuda. Caminaba conmigo en los pasillos, me escuchaba hablar de cualquier cosa y se reía de mis comentarios como si fueran más graciosos de lo que realmente eran.
Durante mucho tiempo creí que solo la quería como amiga.
Hasta que algo cambió.
De pronto ya no quería verla únicamente a mi lado. Quería tomarle la mano. Quería que me mirara diferente. Quería que, cuando sonriera, fuera por mí.
Y justo cuando pensé que tal vez ella sentía lo mismo, todo se arruinó.
Por su traición.
Apreté la mandíbula al recordar.
Sí, después intentó explicarse. Lo había intentado más de una vez. Pero ¿cómo se suponía que debía creerle a una persona que, según todo lo que había escuchado, había mentido desde el principio?
Y ahora estaba ahí.
En mi empresa.
Sentada en el área común, hablando con mi equipo, sonriendo como si nada. Como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera destruido algo que pudo haber sido importante.
Me quedé observándola desde la ventana de mi oficina.
Valeria parecía haberse adaptado demasiado bien. Reía con Carla, respondía algo a Micaela y, de vez en cuando, Alexandre se inclinaba hacia ella para decirle algo que la hacía sonreír.
Claro.
Coqueteando con todos.
Y fingiendo que no se daba cuenta.
Como siempre.
Estaba tan concentrado mirándola que no noté la presencia de Damián hasta que habló detrás de mí.
—¿Todo bien?
Me giré de inmediato.
—Sí.
Damián miró por encima de mi hombro, directamente hacia el área común.
—¿Qué tanto ves?
—Nada.
Él arqueó una ceja.
—Ajá.
Volví la vista hacia Valeria antes de poder evitarlo.
—Se adaptó bien al equipo, ¿no?
—Eso parece —respondió Damián, acercándose a la ventana—. De hecho, bastante bien.
No me gustó la forma en que lo dijo.
—Eso espero.
—Bien.
Hubo un silencio breve.
Demasiado breve.
—Ale —dijo finalmente—, ¿qué está pasando?
—Nada.
—No parece nada.
Me alejé de la ventana y caminé hacia mi escritorio.
—Estoy trabajando.
—Estabas mirando a Valeria como si quisieras descifrar un plano imposible.
Lo fulminé con la mirada.
Damián no se intimidó.
—Si ella es una distracción para ti, podemos reubicarla en una oficina privada.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Damián sonrió apenas.
—¿Por qué no?
Me quedé callado un segundo.
—Porque no le gusta estar en espacios cerrados.
En cuanto lo dije, me arrepentí.
Damián abrió los ojos con interés.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Tomé unos documentos del escritorio, fingiendo revisarlos.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
—Damián.
—Está bien, está bien —dijo, levantando ambas manos—. No pregunto más.
Pero su sonrisa decía todo lo contrario.
Intenté concentrarme en los papeles frente a mí, aunque mi mente seguía en el comentario que acababa de hacer. No le gustaban los espacios cerrados. Lo recordaba porque una vez, en secundaria, un profesor la encerró por accidente en el salón de materiales durante casi veinte minutos. Cuando salió, estaba pálida, con los ojos llorosos, intentando fingir que no le había pasado nada.
Yo fui el único que se quedó con ella hasta que dejó de temblar.
Lo recordaba.
Lo recordaba todo.
—Además —agregó Damián, rompiendo el silencio—, será mejor que te controles. Tu querida Aranza está por llegar.
Levanté la mirada.
—¿Por qué dices “mi querida Aranza” con ese tono?
—Porque puedo.
Suspiré.
—¿Me puedes explicar por qué no te cae bien?
Damián se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.
—Yo nunca he dicho que no me caiga bien.
—No hace falta que lo digas.
—Solo digo que es… intensa.
—Aranza es mi amiga.
—Tu amiga desde la secundaria —puntualizó—. Así que asumo que también conoce a Valeria.
Me quedé inmóvil apenas un segundo.
—¿Y eso qué?
Damián me observó con atención.
—Nada.
—Damián.
—Nada —repitió, aunque su sonrisa se volvió más evidente—. Solo digo que esto se va a poner interesante.
Antes de que pudiera responder, alguien tocó la puerta.
Mi asistente apareció del otro lado del cristal.
—Señor Vargas, la señorita Aranza acaba de llegar.
Sentí una tensión extraña recorrerme.
No supe por qué.
O tal vez sí.
Porque, de pronto, Valeria no era la única parte del pasado que había vuelto a mi vida.
Y algo me decía que, cuando esos dos nombres se encontraran en la misma habitación, nada iba a permanecer en silencio por mucho tiempo.