Lo que nunca dijimos

Capítulo 8

POV Alejandro

Aranza entró a mi oficina con su característica seguridad, como si todo el lugar le perteneciera.

No tocó la puerta. Nunca lo hacía.

Simplemente apareció, ignoró a Damián como de costumbre y caminó directo hacia mí con una sonrisa amplia. Antes de que pudiera decir algo, ya me estaba abrazando.

—Te extrañé mucho, guapo.

Le di unas palmadas suaves en la espalda antes de separarme.

—Sí, igual yo. ¿Cómo te fue en la reunión de Italia?

Aranza sonrió, acomodándose el cabello sobre un hombro.

—Bien, ya sabes. Todo quedó en orden. Nada que no pudiera manejar.

—Me alegra.

Damián, desde el sillón, soltó una risa baja.

—Qué alivio. Todos estábamos preocupadísimos.

Aranza giró apenas el rostro hacia él, como si hasta ese momento hubiera notado su presencia.

—Ah, sigues aquí.

—Lamentablemente para ti, sí.

Ella sonrió con falsedad.

—Fíjate que no me importa.

—Lo imaginé.

Suspiré, intentando cortar la tensión antes de que empezaran como siempre.

—Bueno, ¿y ahora a dónde te irás?

Aranza me miró con fingida ofensa.

—Voy llegando y ya me quieres correr. Eso no es muy amigable de tu parte, Ale.

—La verdad es que nadie te extrañó —murmuró Damián.

Aranza entrecerró los ojos.

—Qué bueno que no vivo buscando tu aprobación.

—Sería una vida muy triste para ti.

—Damián —advertí.

Él levantó ambas manos, aunque la sonrisa no desapareció de su rostro.

Aranza volvió su atención hacia mí.

—De hecho, no me voy a ir. Me quedaré una temporada aquí en la oficina para apoyar con lo de la expansión.

Me tensé de inmediato.

—No es necesario.

Su sonrisa se borró apenas un poco.

—¿Perdón?

—Ya contratamos a alguien para llevar esa parte del proyecto.

—¿A alguien externo?

—Sí.

Aranza cruzó los brazos.

—Bueno, entonces quiero conocerlo. Si va a trabajar en algo tan importante para la firma, puedo ayudarlo a integrarse al equipo.

—Conocerla —corrigió Damián desde el sillón.

Aranza giró lentamente hacia él.

—¿Perdón?

Damián sonrió con calma.

—Es una mujer.

La expresión de Aranza cambió apenas. Fue mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que yo lo notara.

Después volvió a sonreír.

—Ah, es una mujer —dijo, acomodándose el cabello sobre un hombro—. Con más razón, entonces.

—No hace falta —respondí demasiado rápido.

Damián giró lentamente hacia mí.

Aranza también.

El silencio que siguió fue incómodo.

—¿Qué pasa, Ale? —preguntó ella, estudiándome con atención—. Pareciera que no quieres que la conozca.

—No es eso.

—Entonces no veo el problema.

Damián se recargó en el sillón con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—Sí, Ale. ¿Por qué Aranza no podría trabajar con ella?

Lo miré con advertencia.

Él fingió inocencia.

—Solo pregunto.

Aranza dio un paso hacia mi escritorio.

—¿Quién es?

No respondí de inmediato.

Y ese fue mi error.

Porque Aranza me conocía demasiado bien. Notó mi silencio, mi incomodidad y la forma en que desvié la mirada hacia la ventana, justo hacia el área común donde Valeria estaba trabajando con el equipo.

Aranza siguió mi mirada.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después, sus ojos se detuvieron en ella.

Valeria estaba sentada junto a Alexandre, revisando unos documentos. Tenía el cabello suelto cayéndole sobre los hombros y una expresión concentrada mientras señalaba algo en la pantalla de su computadora. Alexandre le dijo algo y ella sonrió apenas.

Algo dentro de mí se tensó.

Aranza ladeó la cabeza.

—¿Ella?

No contesté.

Damián, por supuesto, decidió hacerlo por mí.

—Valeria Montes. Nuestra nueva consultora de Relaciones Públicas.

La expresión de Aranza cambió.

Fue mínimo. Casi imperceptible.

Pero yo lo vi.

La sonrisa segura desapareció por una fracción de segundo y sus dedos se cerraron alrededor del bolso que llevaba en la mano.

—¿Valeria Montes? —repitió.

La forma en que dijo su nombre me hizo mirarla con más atención.

—¿La recuerdas? —pregunté.

Aranza tardó apenas un segundo en recuperar la compostura.

—Claro que la recuerdo —respondió, volviendo a sonreír—. Iba con nosotros en la secundaria, ¿no?

Damián nos observaba a ambos como si acabara de encontrar la pieza que le faltaba para entender algo.

—Qué pequeño es el mundo —murmuró.

Aranza ignoró el comentario.

—Bueno —dijo, alisándose la falda—, entonces con más razón quiero saludarla.

—Aranza —dije.

Ella me miró con una expresión demasiado dulce para ser sincera.

—¿Qué? Solo quiero darle la bienvenida.

No me gustó.

No me gustó su tono.

No me gustó la forma en que miraba a Valeria a través del cristal.

Y, sobre todo, no me gustó darme cuenta de que, por primera vez en años, no estaba seguro de poder controlar lo que Aranza iba a decir.

Damián se puso de pie, claramente entretenido.

—Esto sí no me lo pierdo.

Le lancé una mirada.

—Tú te quedas aquí.

—Ni en tus sueños.

Aranza ya caminaba hacia la puerta.

—Tranquilos —dijo, girándose un momento hacia nosotros—. Solo será un saludo.

Pero algo en su sonrisa me dijo que no era cierto.

Y mientras la veía salir de mi oficina, una sensación incómoda me atravesó el pecho.

Porque Valeria no era la única que guardaba heridas del pasado.

Y quizá Aranza tampoco había olvidado lo que ocurrió hace diez años.




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