POV Valeria
Estaba tranquila, trabajando en el plan para llevar a cabo la expansión de Vargas Arquitectos, cuando escuché una voz detrás de mí.
Una voz que reconocí al instante.
—Valeria Montes. Qué gusto volver a verte.
Me quedé inmóvil apenas un segundo antes de girarme.
Aranza Sandoval estaba de pie frente a mí, con una sonrisa perfecta y una mirada que no tenía nada de cálida.
—Aranza Sandoval —respondí, intentando sonar tranquila—. Qué sorpresa.
—Lo mismo digo —dijo, acercándose un poco más—. No había sabido nada de ti desde hace mucho.
—Sí —respondí—. Lo mismo digo.
Aranza sonrió como si estuviéramos teniendo una conversación agradable, pero había algo en su tono que me hizo tensar los dedos sobre el teclado.
—Me da mucho gusto volver a ver a una vieja amiga. Espero que algún día podamos ir a tomar algo para ponernos al corriente.
Vieja amiga.
Casi me reí.
Aranza y yo nunca habíamos sido amigas. Habíamos compartido salón, pasillos y algunas conversaciones obligadas, pero nada más. Si algo recordaba de ella era su facilidad para aparecer justo donde no la llamaban.
—Sí —dije con una sonrisa educada—. Eso espero.
Su mirada bajó por un segundo hacia los documentos sobre mi escritorio.
—Bueno, te dejo trabajar. Para eso estás aquí, ¿no?
El comentario fue sutil.
Demasiado sutil para parecer una ofensa directa, pero lo suficientemente claro como para entenderlo.
Sostuve su mirada sin perder la sonrisa.
—Así es. Gracias.
Aranza me observó unos segundos más, como si esperara otra reacción de mi parte. Al no obtenerla, acomodó su bolso sobre el hombro y se alejó con la misma seguridad con la que había llegado.
Cuando desapareció por el pasillo, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Todo bien? —preguntó Alexandre desde su lugar.
Asentí, volviendo la mirada a la pantalla.
—Sí, todo bien.
Carla, que estaba sentada al otro lado de la mesa, soltó una risa baja.
—No pensé que conocieras a la bruja.
Levanté la mirada.
—¿La bruja?
Micaela se inclinó un poco hacia mí, como si fuera a contarme un secreto.
—Así le decimos algunos.
—Aunque no oficialmente —agregó Carlos—. Por supervivencia laboral.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Carla hizo una mueca.
—Porque se siente dueña de todo el lugar solo por ser la pareja del jefe.
Sentí que algo dentro de mí se detuvo.
No quise demostrarlo.
No podía demostrarlo.
—¿Son pareja? —pregunté, intentando que mi voz sonara normal.
Fernando soltó una risa seca.
—Algo así.
—O bueno —corrigió Micaela—, eso es lo que dice ella.
Alexandre me miró de reojo, quizá tratando de leer mi reacción.
Yo bajé la vista hacia mi computadora y fingí revisar una de las diapositivas del plan.
—Entiendo.
Pero no entendía nada.
O tal vez entendía demasiado.
Alejandro, Aranza, la secundaria, los rumores, la desconfianza, la forma en que él me miraba como si yo hubiera sido la única culpable de algo que nunca me dejaron explicar.
Todo parecía estar conectado de una manera que no quería pensar.
Después de esa revelación, tuve más claro que nunca lo que debía hacer.
Terminar ese trabajo.
Hacerlo perfecto.
Y alejarme de todos ellos antes de que el pasado volviera a arrastrarme a un lugar del que me había costado demasiado salir.