POV Alejandro
La mayoría del equipo ya se había ido.
Desde mi oficina escuché cómo las voces del área común se fueron apagando poco a poco, hasta que solo quedó el sonido lejano de algunas teclas y el murmullo del aire acondicionado.
Yo también estaba por irme.
O al menos eso intentaba convencerme.
Tomé mi saco del respaldo de la silla y apagué la computadora, pero antes de salir miré hacia abajo por la ventana de cristal.
Y ahí estaba ella.
Valeria.
Apenas estaba acomodando sus cosas dentro del maletín. Su cabello caía sobre uno de sus hombros y tenía esa expresión concentrada que ya le había visto varias veces durante el día. La oficina estaba casi vacía y afuera ya había oscurecido.
No pensé demasiado.
Tomé mis llaves, salí de mi oficina y bajé las escaleras más rápido de lo necesario.
Cuando llegué al área común, ella ya caminaba hacia la salida.
—Señorita Montes, buenas noches.
Valeria se detuvo apenas un segundo. Luego giró hacia mí con esa educación fría que parecía haber perfeccionado solo para usarla conmigo.
—Señor Vargas. Con permiso.
Intentó seguir caminando, pero hablé antes de que pudiera alejarse.
—Ya es tarde. La puedo llevar.
—No hace falta. Puedo sola.
—Lo sé —respondí, dando un paso hacia ella—. Pero déjame acompañarte. Es tarde.
Su mirada se endureció.
—Como dije, no necesito que se preocupe por mí.
—Valeria…
—Señorita Montes —me corrigió de inmediato.
Apreté la mandíbula.
Ese trato distante empezaba a desesperarme más de lo que quería admitir.
—¿Cuánto más vamos a seguir con esto?
Valeria se detuvo antes de llegar a la puerta. Durante un instante pensé que no iba a responder. Después giró lentamente, con el maletín sujeto entre sus dedos.
—No sé a qué se refiere.
—Claro que lo sabes.
Su expresión no cambió, pero noté cómo sus dedos se tensaron alrededor del asa del maletín.
—No, señor Vargas. No lo sé.
—Ahora trabajamos juntos —dije, intentando mantener la calma—. Sería mejor aclarar las cosas para poder trabajar a gusto.
Valeria soltó una risa baja, sin humor.
—Qué curioso.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que ahora sí quiera aclarar las cosas.
Sus palabras me dejaron inmóvil.
—Valeria…
—No hay nada que aclarar —me interrumpió—. Y, en lo que a mí respecta, usted es mi jefe en este proyecto. Nada más.
Nada más.
Dos palabras.
Y aun así dolieron más de lo que deberían.
—Tarde o temprano vamos a tener que hablar.
Ella levantó la barbilla.
—No sé de qué quiera hablar. Por mi parte, no hay nada pendiente.
—Yo sé que sí.
Su mirada cambió.
Por primera vez desde que había vuelto a verla, la calma desapareció de su rostro. No completamente, pero sí lo suficiente para dejarme ver algo más.
Dolor.
Rabia.
Cansancio.
—No —dijo en voz baja—. Tú no sabes nada.
El cambio del “usted” al “tú” me golpeó de forma inesperada.
—Claro que sé —respondí—. Te conozco, Valeria.
Ella dio un paso hacia mí.
—No. No me conoces. Y nunca lo hiciste.
Me quedé callado.
—Si me hubieras conocido —continuó—, no habrías creído tan fácil lo que dijeron de mí.
Sentí que el aire se tensaba entre nosotros.
—Yo solo quiero saber algo.
Valeria negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Déjame preguntar.
—No —repitió, más firme—. Perdiste esa oportunidad hace mucho tiempo.
Sus palabras cayeron como una sentencia.
La miré, intentando encontrar una grieta en su expresión, algo que me dijera que todavía podía insistir, que todavía había una parte de ella dispuesta a escucharme.
Pero no la encontré.
Valeria volvió a colocarse la correa del bolso sobre el hombro.
—Buenas noches, señor Vargas.
Esta vez no la detuve.
La vi cruzar la puerta y salir del edificio con la misma dignidad con la que había entrado en mi vida otra vez: firme, distante, imposible de alcanzar.
Me quedé solo en medio del área común, con sus palabras repitiéndose en mi cabeza.
“Perdiste esa oportunidad hace mucho tiempo.”
Y por primera vez en diez años, me pregunté si tal vez no había sido ella quien arruinó todo.
Tal vez había sido yo.
Tal vez siempre había sido yo.