POV Valeria
Lo único que quería era llegar a casa, quitarme los tacones, apagar el celular y olvidarme por completo de todo lo que estaba pasando.
Pero no podía.
Por más que intentaba convencerme de que Alejandro Vargas era solo un cliente, mi mente seguía regresando a la misma pregunta.
¿Cómo era posible que algo de hace diez años siguiera doliendo tanto?
No tenía sentido.
Yo ya no era esa niña.
Ya no tenía quince años.
Ya no era la misma Valeria que esperaba verlo en los pasillos, que sonreía cada vez que él se sentaba a su lado, que pensaba que quizá, solo quizá, algún día Alejandro la miraría de la misma forma.
Pero el dolor no siempre entiende de tiempo.
A veces se queda escondido.
Esperando.
Y basta una palabra, una mirada o un nombre para despertar todo otra vez.
Me senté en el borde de mi cama y cerré los ojos.
Entonces, como si mi memoria quisiera castigarme, volví a ese día.
Flashback
Aranza estaba frente a mí, con los brazos cruzados y una sonrisa cruel en los labios.
Detrás de mí, Mariel lloraba.
No era un llanto escandaloso. Era peor. Era de esos silenciosos, de esos que intentas esconder porque no quieres darle a la otra persona la satisfacción de verte rota.
Y yo odiaba verla así.
—¿Qué te sucede? —le dije a Aranza, poniéndome entre ella y Mariel—. Ella no te ha hecho nada. Solo te ha ayudado.
Aranza soltó una risa seca.
—Claro. Tú siempre vas a estar de su lado. Y cómo no, si es tu única amiga.
Sentí que Mariel se tensaba detrás de mí.
Mi enojo creció.
—Y así lo prefiero —respondí—. ¿Qué ganas con esto? Déjala en paz. Ya no quiere ser tu amiga. ¿Cuál es el problema?
Aranza me miró de arriba abajo, como si mi presencia le molestara.
—Te dije que el problema no era contigo, niña.
—Para empezar, las dos lo somos —dije, sosteniéndole la mirada—. Y ya pusiste a todos en contra de Mariel porque, según tú, ella te trata mal. Pero las dos sabemos que no es así.
Su sonrisa se borró un poco.
—Claro. Porque tú eres su defensora número uno.
—Y lo voy a seguir siendo —respondí—. Porque ella pudo haber salido a contar todo lo que tú le has hecho y no lo hizo.
Aranza dio un paso hacia mí.
—Ten cuidado con lo que dices.
—No. Ten cuidado tú.
Por un segundo pensé que iba a empujarme o a decir algo peor, pero en lugar de eso, sonrió.
Y esa sonrisa me dio más miedo que cualquier grito.
—¿Sabes algo? La única persona que le habla a Mariel eres tú… y tu querido Alejandro.
Mi estómago se tensó al escuchar su nombre.
—No sé de qué estás hablando.
Aranza inclinó un poco la cabeza.
—Tu querido Alejandro siempre te defiende. Siempre cree que eres buena, dulce, incapaz de hacer daño.
Apreté los puños.
—Déjalo fuera de esto.
—¿Por qué? —preguntó, fingiendo inocencia—. ¿Te preocupa lo que pueda pensar de ti?
No respondí.
Y ese silencio fue suficiente para ella.
—Ya veo —dijo, sonriendo otra vez—. Te gusta.
Sentí el calor subirme al rostro.
—No digas tonterías.
—Claro que te gusta —continuó—. Pero qué pena, Valeria. Porque a él no le gustas tú.
Sus palabras dolieron, pero no dejé que se notara.
—Eso no te importa.
—Al contrario —dijo, acercándose más—. Me importa demasiado.
La miré confundida.
—¿Qué quieres decir?
Aranza bajó la voz, como si fuera a contarme un secreto.
—Que Alejandro me gusta. Y te voy a demostrar que él puede ser mío cuando yo quiera.
Sentí que algo dentro de mí se rompía, aunque intenté mantenerme firme.
—Tú no le gustas.
Sus ojos brillaron con rabia.
—Claro que sí. Y te lo voy a demostrar.
—Aranza…
—Lo haré mi pareja —me interrumpió—. Haré que te deje de hablar. Haré que te mire como todos los demás te van a mirar cuando sepan la clase de persona que eres.
Me quedé helada.
—¿De qué estás hablando?
Ella sonrió con una calma horrible.
—Ya lo verás.
Miré a Mariel, que seguía detrás de mí, llorando en silencio.
Luego volví a mirar a Aranza.
—No vas a lograrlo.
Aranza dio un paso atrás, acomodándose el cabello como si acabara de ganar algo.
—Eso veremos.
Actualidad
Abrí los ojos.
Mi habitación estaba en silencio, pero mi pecho seguía sintiéndose igual que aquel día: apretado, cansado, lleno de cosas que nunca pude decir.
Aranza lo había advertido.
Y después, todo se vino abajo.
Los rumores.
Las miradas.
El cambio de Alejandro.
Su frialdad.
Su frase.
“Jamás imaginé que fueras así”.
Nunca supe exactamente qué le dijo Aranza. Nunca supe qué versión inventó para que él dejara de confiar en mí. Solo supe que funcionó.
Y eso era lo que más dolía.
No que Aranza hubiera mentido.
Sino que Alejandro le hubiera creído.
Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana. La ciudad seguía moviéndose afuera, indiferente a todo lo que yo intentaba ordenar por dentro.
Solo quería dejar de pensar.
Y sabía que, para que eso fuera posible, tenía que alejarme más de él.
De Alejandro.
De Aranza.
De todos ellos.
Por eso tomé mi celular y marqué el número de la única persona que podía ayudarme sin hacer demasiadas preguntas.
Mateo Mendoza.
Mi mano derecha.
Mi mejor amigo.
El hombre que había estado conmigo en los peores momentos de mi carrera y que sabía exactamente cómo mantenerme de pie cuando yo sentía que estaba a punto de caer.
Contestó casi de inmediato.
—Hola, guapa.
Su voz tranquila me hizo cerrar los ojos.
—Hola, amigo.
Hubo una pausa breve.
—Ese tono no me gusta. ¿Qué pasó?
Respiré hondo.
—Te necesito.
La respuesta de Mateo no tardó ni un segundo.