Pov Valeria
En cuanto vi a Mateo esperándome junto a su auto, corrí hacia él. No intenté verme fuerte. Solo corrí.
Mateo me abrazó con fuerza.
—Me extrañaste mucho.
—Claro que sí, tonto. Mejor me hubiera ido de viaje contigo.
—Europa habría sido mejor que esto.
—Cualquier lugar habría sido mejor que esto.
Mateo miró por encima de mi hombro y sonrió con arrogancia.
—Creo que el ogro ya salió.
Me giré. Alejandro estaba en la entrada junto a Aranza, mirándonos. Mateo levantó una mano y lo saludó como si aquello le divirtiera demasiado.
—Mateo —advertí.
—Estoy siendo educado.
—Estás siendo insoportable.
—También.
En el auto se rio.
—Debiste ver su cara.
—Me importa lo más mínimo.
—Ajá, sí te creo.
En casa nos sentamos en el sillón con botes de helado. Mateo dijo que todo se solucionaría si hablaba con Alejandro.
—No quiero darle explicaciones.
—Entonces no se las des. Hablar no es justificarte ni rogarle. También puede ser decirle: esto pasó, esto dolió y esto ya no estoy dispuesta a cargar.
—¿Y si no me cree?
Su expresión se endureció.
—Entonces el problema vuelve a ser suyo. No tuyo.
Esa frase me atravesó. Durante años pensé que si Alejandro no me creyó fue porque yo no supe explicarme. Tal vez el problema nunca fue mi verdad. Tal vez fue que él eligió no escucharla.
—No quiero que vuelva a doler —admití.
Mateo tomó mi mano.
—Lo sé. Pero quizá necesitas dejar que ahora te vea como eres, no para convencerlo, sino para recordártelo a ti.
No prometí hablar con Alejandro, pero prometí pensarlo. Por primera vez, hablar no me pareció una derrota. Me pareció una posibilidad. Y eso me asustaba todavía más.