Pov Alejandro
Ese maldito todavía se atrevió a saludarme.
Vi cómo Mateo abrió la puerta del auto para Valeria, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí. Como si conocerla fuera suficiente para reclamar un lugar que yo perdí hacía mucho.
No tenía derecho a sentir celos. No después de diez años. No después de todo. Pero los sentí.
—Lo siento, Aranza —dije—. Tengo cosas que hacer.
—¿Qué? Pero acabamos de salir.
—Otro día.
Me fui a mi departamento. Durante el camino intenté convencerme de que no me importaba. Pero sí me importaba. Demasiado.
Al llegar, llamé a un investigador.
—Necesito que investigue a una persona. Valeria Montes. Trayectoria profesional, vínculos, antecedentes públicos, relaciones cercanas. Todo.
Sabía que cruzaba una línea, pero me justifiqué con la confidencialidad de la empresa.
El informe llegó horas después. Valeria tenía reputación impecable: estratega de relaciones públicas, manejo de crisis, marcas importantes. Sin demandas. Sin escándalos. Nada que confirmara la imagen que durante años mantuve de ella.
Después apareció Mariel. Seguían en contacto. Recordé a esa niña callada que Valeria defendía como si el mundo entero estuviera contra ella.
Luego apareció Mateo Mendoza. Empresario reconocido, negocios fuera del país, discreto. No tenía pareja estable confirmada, pero se le veía frecuentemente con Valeria en eventos. Fotografías. Galas. Reuniones. Él con una mano en su espalda. Ella sonriendo.
Cerré el archivo. Luego lo abrí otra vez.
Valeria había construido una vida donde yo no hacía falta.
No sabía qué me molestaba más: verla con él o saber que no tenía derecho a molestarme.
Pero había algo que ningún informe podía decirme: qué pasó realmente hace diez años. Y por primera vez esa pregunta empezó a pesar más que mi orgullo.