Pov Alejandro
Miré a Aranza.
—Retírate, por favor.
—Ale, pero…
—Que te retires.
Aranza salió furiosa, rozando el hombro de Valeria al pasar. Valeria ni siquiera la miró.
Cerré la puerta, puse seguro y bajé las persianas. Esa conversación no le pertenecía a nadie más.
—Quiero escucharte —dije—. Ya estoy cansado de todo esto.
—Que quede claro que hago esto por mí, no por ti.
Asentí. Tenía razón.
Valeria me contó su versión. Aranza se hizo la víctima, convenció a todos de que Mariel era mala y que la humillaba. La dejaron sola. Valeria la defendió. Aranza le dijo que me alejaría de ella porque era el único que aún les hablaba.
—¿Por qué haría eso? —pregunté.
Valeria cerró los ojos.
—Porque en su cabeza loca, según tú me gustabas.
—¿Y eso no era así?
—Eso ya no importa. Ahora dime tú por qué te alejaste.
Recordé a Aranza en secundaria. Iba a buscar a Valeria para decirle que me gustaba cuando Aranza me detuvo. Me dijo que había escuchado a Valeria burlándose de mí con Mariel. Que decía que era fácil de manipular, que sabía que me gustaba y que solo tenía que hacerme creer que le importaba para que yo la defendiera.
Mientras Aranza fingía lágrimas, Valeria apareció al final del pasillo y me sonrió. Yo no respondí. Su sonrisa se borró. Ahí empecé a perderla.
Cuando terminé, Valeria solo murmuró:
—Y le creíste.
Intenté decir que tenía quince años, que estaba confundido, que ella me gustaba.
—No uses eso como excusa para haberme tratado como si fuera una basura —me interrumpió.
Me habló de todo lo que dolió: que no preguntara, que la mirara con asco, que cada intento suyo chocara con mi silencio. Me recordó el último día, cuando todos se despidieron de mí mientras ella y Mariel estaban solas en un salón. Me recordó mi frase.
—“No pensé que fueras así”.
La escuché decir que durante años se preguntó qué había hecho para que yo la mirara como si no valiera nada. Que intentó odiarme, pero seguía recordando al niño que se quedó con ella cuando tuvo miedo de estar encerrada.
—Ese niño se fue sin escucharme, Alejandro. Y el hombre que tengo enfrente tardó diez años en preguntarme la verdad.
Luego confesó:
—Sí, Alejandro. Me gustabas. Me gustabas muchísimo. Pero eso fue hace mucho tiempo. Y esa niña se cansó de esperar.
—Yo no sabía.
—Ese siempre fue el problema. Que no sabías. Y aun así decidiste.
Se fue. No la detuve. Por primera vez entendí que detenerla no era lo mismo que merecer que se quedara.