Lo que nunca dijimos

Capítulo 18

Pov Alejandro

El día había llegado.

Y aunque no era como lo había imaginado, aunque no estábamos en el lugar correcto ni bajo las circunstancias que hubiera querido, era el momento.

Ya no podía seguir cargando con dudas.

Ya no podía seguir mirando a Valeria como si fuera culpable de algo que, cada vez más, empezaba a no tener sentido.

Miré a Aranza.

—Retírate, por favor.

Su expresión cambió de inmediato.

—Ale, pero…

—Que te retires.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Aranza abrió la boca, quizá para discutir, quizá para fingir que estaba herida, pero algo en mi mirada debió hacerle entender que esta vez no iba a ceder.

Pasó junto a Valeria con brusquedad, golpeándola con el hombro al salir.

Valeria apenas se movió.

Ni siquiera le dio la satisfacción de mirarla.

Cuando la puerta se cerró, el silencio quedó entre nosotros.

—Valeria, pasa —dije—. Tenemos cosas de qué hablar.

Ella entró con la espalda recta y el rostro serio. Cerré la puerta, puse seguro y bajé las persianas para que nadie pudiera vernos desde afuera.

No porque quisiera intimidarla.

Sino porque sabía que esa conversación no le pertenecía a nadie más.

Solo a nosotros.

—Quiero escucharte —dije, girándome hacia ella—. Porque ya estoy cansado de todo esto.

Valeria soltó una risa amarga.

—¿Y tú crees que yo estoy de maravilla?

Apreté la mandíbula.

—Basta, Valeria.

Su mirada se encendió.

—No. Basta tú. Que quede claro que hago esto por mí, no por ti.

Guardé silencio.

Tenía razón.

Después de todo, yo no tenía derecho a exigirle nada.

—No sé qué pasó —admití—. No sé qué te dijeron ni qué se supone que pasó realmente. Así que, por favor, empieza por ahí.

Valeria me miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo voy a creer que no sabías?

—Porque no lo sabía todo.

—Pero sí supiste lo suficiente para juzgarme.

La frase me golpeó.

No respondí.

Ella respiró hondo, como si necesitara reunir todas las fuerzas que le quedaban.

—Bien. Entonces te diré mi versión.

Caminó unos pasos por la oficina, manteniendo la mirada en algún punto lejos de mí.

—Aranza se hizo la víctima y convenció a todos de que Mariel era mala, de que la humillaba, de que la trataba mal. Nada de eso fue cierto. Pero claro, como Aranza era la guapa de la clase, la encantadora, la que todos querían cerca, le creyeron a ella. Dejaron de hablarle a Mariel y también a mí, por estar de su lado.

Me quedé inmóvil.

Recordaba esa época.

Recordaba a Mariel cada vez más callada.

Recordaba a Valeria más seria.

Pero nunca lo vi así.

—Un día enfrenté a Aranza —continuó Valeria—. Le dije que ya bastaba de sus juegos. Que dejara de hacer sentir mal a Mariel. Y ella me dijo que iba a alejarte de mí porque eras el único que aún seguía hablándome.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué querría hacer algo así?

Valeria soltó una risa sin humor.

—No lo sé.

—Valeria —dije con cuidado—. Dijiste que ibas a decir todo.
Ella cerró los ojos un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, parecía cansada.

—Porque en su cabeza loca, según tú me gustabas.

Mi corazón se detuvo.

—¿Y eso no era así?

Valeria apartó la mirada.

—Eso ya no importa, Alejandro.

—Claro que importa.

—No. Claro que no. Ahora dime tú por qué te alejaste de mí.

La pregunta cayó entre los dos como una piedra.
Sentí que el pasado volvía a abrirse debajo de mis pies.
Durante años había repetido esa escena en mi cabeza, convenciéndome de que hice lo correcto, de que alejarme fue la única forma de no sentirme como un idiota.

Pero decirlo en voz alta era distinto.

Mucho más difícil.

Tragué saliva.

—Aranza habló conmigo.

Valeria no se movió.

—¿Qué te dijo?

Cerré los ojos un segundo.

Y recordé.

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