Pov Valeria
Salí de esa oficina con el pecho hecho un desastre.
Lo único que quería era correr a casa, meterme en mi cama y dormir hasta que todo dejara de doler. O marcarle a Mateo, pedirle que viniera por mí y que me llevara lejos de ahí, aunque fuera por unas horas.
Lejos de Vargas Arquitectos.
Lejos de Aranza.
Lejos de Alejandro.
Pero no podía.
Había prometido entregar el informe de la junta y, por mucho que mi vida personal acabara de desmoronarse en la oficina del director general, seguía teniendo un trabajo que hacer.
Así que hice lo único que podía hacer.
Fui al baño, cerré la puerta, respiré hondo frente al espejo y arreglé mi maquillaje con manos ligeramente temblorosas.
No iba a llorar.
No ahí.
No por él.
Cuando logré que mi rostro volviera a parecer tranquilo, salí del baño y regresé al área común para reunirme con el equipo.
Carla fue la primera en verme.
—¿Estás bien?
Su voz sonó cuidadosa.
Asentí, dejando mi computadora sobre la mesa.
—Sí. Todo bien.
No me creyó.
Pero, por suerte, tampoco insistió. Miré al resto del equipo y aplaudí suavemente para llamar su atención.
—Bueno, chicos, tenemos un informe que terminar. Así que a trabajar.
Carlos levantó su taza de café.
—Eso suena a que no habrá descanso.
—Exacto —respondí, abriendo mi computadora—. Me alegra que lo hayas entendido.
Micaela sonrió.
—Da miedo cuando se pone seria.
—Da resultados —corrigió Alexandre desde su lugar.
Lo miré apenas.
—Gracias.
—De nada. Estoy tratando de quedar bien con la jefa.
—Sigue intentando.
El comentario hizo que algunos rieran, y por primera vez en toda la mañana sentí que podía respirar un poco mejor.
Nos pusimos a trabajar de inmediato. Revisamos datos, ajustamos redacción, ordenamos riesgos, corregimos el cronograma y afinamos las recomendaciones finales para que el documento fuera claro, profesional y lo suficientemente sólido como para que nadie pudiera cuestionarlo sin quedar mal.
Especialmente Aranza.
Pasaron las horas sin que me diera cuenta.
Cuando por fin terminamos, Carla se dejó caer contra el respaldo de su silla.
—Por fin. Solo hay que entregarlo y listo.
Asentí, revisando por última vez el archivo.
—Sí. Solo tengo que hacer una llamada antes.
Me levanté y caminé unos pasos hacia una zona más apartada del área común. Marqué a Mateo, esperando que contestara rápido.
Lo hizo al segundo tono.
—Ya tan rápido me extrañas.
Cerré los ojos.
—Mat, cállate. Ya lo hice.
Su tono cambió de inmediato.
—¿Hablaste con él?
Miré hacia la sala de juntas vacía.
—Sí.
—¿Y cómo resultaron las cosas?
Solté el aire lentamente.
—No lo sé. Solo quiero terminar todo esto e irme.
Hubo una pausa.
—¿Me estás pidiendo que intervenga?
—Yo no te estoy pidiendo nada.
—Ajá.
—Mateo.
—Val, voy para allá.
Abrí los ojos.
—No.
—Sí. Porque al parecer te volviste loca y crees que “no te estoy pidiendo nada” significa algo distinto a “ven a rescatarme antes de que pierda la cabeza”.
—Cállate —murmuré, aunque una parte de mí agradeció escucharlo.
—Qué carácter.
—Y tráeme algo de comer. Por tu culpa me desperté tarde.
—¿Por mi culpa? ¿Yo qué hice?
—Convencerme de que el sillón era más cómodo que mi cama.
—Yo nunca dije eso.
—Mateo, no vamos a volver a hacerlo.
—Eso ya lo veremos el viernes de películas.
—Ya te dije que no. Sigo adolorida.
—Dramática.
—Realista.
En ese momento escuché un golpe seco detrás de mí.
Como si alguien hubiera aventado una carpeta o dejado caer algo con demasiada fuerza.
Me giré.
Alejandro estaba de pie a unos metros.