Lo que nunca dijimos

Capítulo 20

Pov Alejandro

Valeria salió de mi oficina y, por primera vez en mucho tiempo, no supe cómo sentirme.

Había pasado años creyendo que tenía una razón para alejarme de ella. Años justificando mi frialdad con una versión de la historia que, hasta hacía poco, me parecía incuestionable.

Pero después de escucharla, después de verla de pie frente a mí con los ojos llenos de dolor y la voz firme a pesar de todo, ya no estaba tan seguro de nada.

No sabía qué creer.

No sabía qué hacer con la culpa que empezaba a instalarse en mi pecho.

Y lo peor era que no podía decir que no la merecía.

Nunca me había detenido a pensar en lo que ella sintió. En lo que significó para Valeria que todos se despidieran de mí mientras ella y Mariel se quedaban solas en un salón. En lo que debió dolerle que yo, la persona que supuestamente la conocía, solo le diera unos minutos para decirle una frase que la persiguió durante años.

“No pensé que fueras así”.

Cerré los ojos.

Ahora esas palabras también me torturaban a mí.

—¿Todo bien?

Abrí los ojos.

Lo que me faltaba.

Damián estaba en la puerta de mi oficina, observándome con esa expresión suya de quien ya sabía la respuesta antes de preguntar.

—Sí.

—No lo creo.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

Damián entró y cerró la puerta detrás de él.

—Porque estoy esperando que por una vez dejes de actuar como si pudieras resolver todo solo.

Me pasé una mano por el rostro.

—No estoy de humor.

—Eso ya lo noté.

—Damián.

—Alejandro, dime qué pasa.

Me quedé en silencio unos segundos. La oficina seguía sintiéndose demasiado llena de ella. De sus palabras. De sus lágrimas contenidas. De todo lo que acababa de decirme.

—¿Cómo te sentirías si descubrieras que lastimaste a una de las personas que más has querido?

La expresión de Damián cambió.

Ya no parecía burlón.

—Tú no harías algo así.

Solté una risa baja, amarga.

—Pero lo hice.

Damián guardó silencio.

—Y ahora no sé cómo solucionarlo —admití.

Decirlo en voz alta fue peor.

Mucho peor.

Porque significaba aceptar que quería arreglar algo.

Que Valeria todavía me importaba.

Que quizá nunca había dejado de hacerlo.

Damián caminó hasta el sillón y se sentó frente a mí.

—Seguramente, si hablas con sinceridad, te escuchará.

Negué con la cabeza.

—Ya es tarde para eso.

—Yo creo que Valeria lo entenderá.

Lo miré.

—¿Tan obvio fui?

Damián soltó una risa.

—Demasiado. Es más, creo que toda la oficina se dio cuenta antes que tú.

—No ayudas.

—No estoy aquí para hacerte sentir mejor. Estoy aquí para decirte la verdad.

Suspiré y me dejé caer en mi silla.

—¿Y qué hago?

—Habla con ella.

—Eso intenté.

—No. Tú intentaste arrinconarla con una conversación que debiste tener hace diez años. No es lo mismo.

No respondí.

Porque tenía razón.

—Y no te estoy diciendo que vayas y le digas “perdón, seamos novios” —continuó—. Primero vuelve a ganarte su confianza.

Apreté la mandíbula.

—No creo que eso sea fácil.

—¿Y quién dijo que lo sería?

Miré hacia la ventana de cristal que daba al área común.

Valeria estaba ahí.

Alejada del equipo, hablando por teléfono.

No podía escucharla desde donde estaba, pero la vi llevarse una mano al cabello y soltar una sonrisa pequeña.

Una sonrisa que no era para mí.

—Voy a verla —dije, poniéndome de pie.

Damián se levantó también.

—Alejandro.

Me detuve.

—¿Qué?

—Si vas a acercarte, no lo arruines.

Lo miré.

—Gracias por la confianza.

—Me encantaría tener más, pero me lo pones difícil.
No respondí.

Salí de la oficina y bajé al área común. Mientras me acercaba, empecé a escuchar su voz.




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