Lo que nunca dijimos

Capítulo 21

Pov Valeria

Después de que Alejandro se fue, intenté hacer lo que mejor sabía hacer: fingir que no pasaba nada.

Regresé a mi lugar, abrí la computadora y traté de concentrarme en los ajustes del informe. Sonreí cuando alguien del equipo hizo un comentario, respondí preguntas, revisé datos y actué como si mi jefe no acabara de enfrentarme en medio del área común con esa mirada llena de cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir.

No podía permitirme verme afectada.

No ahí.

No frente a todos.

Pero el equipo no era tonto.

Carla me miraba de vez en cuando con preocupación. Alexandre estaba más callado de lo normal. Micaela fingía revisar unos documentos, aunque era evidente que estaba pendiente de mí. Y Carlos, por primera vez desde que lo conocí, no hizo ningún comentario fuera de lugar.

Eso fue casi alarmante.

Estábamos en medio de una revisión cuando la recepcionista apareció en el área común.

—Val.

Levanté la mirada.

—Dime.

—Te busca un tal Mateo.

No recordaba su apellido, pero no hizo falta.

Sentí que algo dentro de mí se relajaba de inmediato.

—Ah, sí. Está bien. Déjalo pasar, gracias.

La recepcionista asintió y se fue.

Apenas desapareció, Carla giró lentamente hacia mí con una sonrisa sospechosa.

—¿Mateo?

—No empiecen.

—Yo no he dicho nada.

—Lo ibas a decir.

Micaela levantó la mano.

—Yo sí lo voy a decir. ¿Es tu novio?

Solté un suspiro.

—No.

Carlos sonrió.

—Eso fue muy rápido. Sospechoso.

—No es mi novio.

Carla apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Entonces quién es?

Miré la pantalla de mi computadora, intentando no sonreír.

—Alguien que trae comida. Y eso lo convierte en la persona más importante de este edificio.

Alexandre soltó una risa baja.

—Tiene sentido.

Cerré mi computadora y me levanté.

—Bueno, equipo. Necesitamos un descanso.

—¿Todos? —preguntó Carlos.

—Yo, principalmente.

Carla sonrió.

—Eso sí te lo creemos.

En ese momento vi entrar a Mateo.

Y, como si el universo quisiera confirmar mi punto, venía con una bolsa de comida en la mano.

Traía traje, como casi siempre, pero sin corbata y con ese aire relajado que lo hacía parecer demasiado cómodo en cualquier lugar. Caminó hacia mí como si conociera la oficina desde siempre, ignorando por completo las miradas curiosas de mi equipo.

—Matt —dije, sin poder evitar el alivio en mi voz.

Él sonrió.

—Hola, guapa.

Carla tosió falsamente detrás de mí.

La ignoré.

—Ven —le dije a Mateo—. Podemos comer en la terraza.

—Perfecto. Porque traje comida suficiente para una persona emocionalmente inestable y su acompañante favorito.

Lo miré mal.

—No me llames emocionalmente inestable en mi lugar de trabajo.

—Tienes razón. Profesionalmente afectada suena mejor.

—Mateo.

—Ya voy.

Lo guié hacia la terraza del edificio, agradeciendo que estuviera vacía. Era un espacio amplio, con algunas mesas, plantas y una vista parcial de la ciudad. No era precisamente un refugio, pero en ese momento se sintió como lo más parecido a uno.

Me senté en una de las mesas y Mateo dejó la bolsa frente a mí.

—Antes de que preguntes, sí, compré tu comida favorita.

Lo miré con sospecha.

—¿También postre?

—Valeria Montes, me ofende que lo dudes.

Por primera vez en todo el día, sonreí de verdad. Mateo se sentó frente a mí, pero no abrió la comida de inmediato. Me observó con atención, como si estuviera intentando leer todo lo que yo no quería decir.

—Dime qué pasó.

Bajé la mirada a mis manos.

—Hablé con Alejandro.

Su expresión se volvió seria.

—¿Y?

Respiré hondo.

—Le conté mi versión. Le dije lo de Aranza, lo de Mariel, lo que pasó en secundaria… todo.

Mateo no dijo nada.

Solo esperó.




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