Lo que nunca dijimos

Capítulo 22

Pov Alejandro

Desde mi oficina podía ver la terraza.

No completamente, pero sí lo suficiente.

Lo suficiente para verla a ella.

Valeria estaba sentada frente a Mateo, con un recipiente de comida sobre la mesa y el cabello moviéndose apenas por el viento. Ya no tenía esa postura rígida que usaba conmigo, ni esa mirada alerta de quien espera un golpe en cualquier momento.

Con él era distinta.

Más tranquila.

Más real.

Y eso me molestó.

No porque Mateo estuviera ahí.

No porque ella sonriera.

Sino porque entendí que esa versión de Valeria existía, solo que yo ya no tenía derecho a verla de cerca.

Me quedé inmóvil frente al cristal, con el informe en la mano y la cabeza llena de todo lo que ella me había dicho.
“Ese siempre fue el problema. Que no sabías. Y aun así decidiste.”

Apreté los dedos alrededor de la carpeta.

Nunca una frase me había parecido tan justa y tan cruel al mismo tiempo.

La puerta de mi oficina se abrió sin que tocaran.

No tuve que girarme para saber quién era.

—¿Ahora también la vigilas mientras come?

Cerré los ojos un segundo.

—Damián, no estoy de humor.

—Eso parece ser tu estado natural últimamente.

Me giré hacia él.

—¿Necesitas algo?

Damián caminó hasta ponerse a mi lado. Miró hacia la terraza y, al ver a Valeria con Mateo, soltó un silbido bajo.

—Vaya. Así que ese es Mateo.

No respondí.

—Tiene presencia —agregó.

—No me interesa.

—Claro que no. Por eso estás aplastando el informe como si fuera culpable de algo.

Bajé la mirada.

La carpeta estaba doblada entre mis dedos.

La solté sobre el escritorio.

—No tengo derecho a molestarme.

Damián me miró con sorpresa.

—Eso fue inesperadamente maduro.

—No empieces.

—No, lo digo en serio. Es la primera cosa sensata que te escucho decir desde que Valeria llegó.

Me pasé una mano por el rostro.

—La lastimé, Damián.

Él no hizo ningún comentario burlón esta vez.

—Sí.

Lo miré.
—Podrías intentar negarlo.

—Podría, pero no te ayudaría.

Volví la mirada hacia la terraza.

Mateo dijo algo y Valeria sonrió. No fue una sonrisa enorme, pero fue sincera. Una de esas sonrisas que aparecen cuando alguien logra sostenerte sin exigirte nada.

Y yo sentí una vergüenza absurda.

Porque durante años creí que Valeria había sido la que fingía.

Ahora empezaba a preguntarme si el único que había vivido creyendo una mentira era yo.

—No sé cómo arreglarlo —admití.

Damián cruzó los brazos.

—Tal vez no puedes arreglarlo.

La frase me incomodó.

—¿Entonces qué hago?

—Dejar de pensar en cómo hacer que te perdone y empezar a pensar en cómo no volver a dañarla.

Me quedé callado.

Porque esa respuesta no me gustó, no porque fuera incorrecta.

Sino porque era exactamente lo que no quería escuchar.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez sí me giré.

Aranza entró con una sonrisa demasiado perfecta, pero sus ojos no tenían nada de calma.

—Ale, necesito hablar contigo.

Damián suspiró.

—Qué sorpresa.

Ella lo ignoró.

—Es importante.

—Estoy ocupado —respondí.

Aranza miró el informe sobre mi escritorio y luego hacia la terraza. Su expresión cambió apenas al ver a Valeria con Mateo.

—Ya veo.

No me gustó su tono.

—¿Qué quieres decir?

—Nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Solo me parece curioso que una consultora externa reciba visitas personales en horario laboral.

Damián soltó una risa seca.

—También recibió comida. Terrible delito corporativo.

Aranza le lanzó una mirada fría.

—No estoy hablando contigo.

—Pero yo sí contigo —dijo él—. Y te sugiero que tengas cuidado con lo que intentas insinuar.




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