Lo que nunca dijimos

Capítulo 23

Pov Valeria

Mateo revisó la hora en su celular y suspiró.

—Me tengo que ir.

Asentí, aunque una parte de mí quería pedirle que se quedara un poco más.

—Lo sé.

Él se levantó de la silla y tomó la bolsa vacía de comida.

—Pero cualquier cosa, sabes que estoy a una llamada.

Sonreí apenas.

—Lo sé. Te quiero, tonto.

Mateo me dedicó una sonrisa cálida.

—Y yo a ti, dramática.

Lo abracé antes de que se fuera.

No fue un abrazo largo, pero sí suficiente para recordarme que, aunque todo pareciera demasiado complicado, no estaba sola.

Lo acompañé hasta la entrada de la terraza y lo vi alejarse por el pasillo. Después regresé a la mesa y me quedé ahí un rato más, mirando la ciudad desde arriba.

Necesitaba pensar.

Necesitaba ordenar todo lo que había pasado.

La conversación con Alejandro.

La mentira de Aranza.

La forma en que él me había mirado cuando entendió, por fin, que quizá se había equivocado.

Y la parte de mí que, aunque no quería admitirlo, seguía sintiendo algo al recordarlo.

Cerré los ojos y respiré hondo.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Ahora sí estás contenta, ¿no?

No tuve que girarme para saber quién era.

Aranza.

Abrí los ojos lentamente y me obligué a mantener la calma.

—No sé de qué hablas.

Ella soltó una risa baja.

—Claro que sabes.

Me giré hacia ella. Venía caminando con los brazos cruzados y una sonrisa que no tenía nada de tranquila.

—De Alejandro —dijo—. Lograste lo que querías. Que se alejara de mí.

La miré sin moverme.

—Estás muy equivocada. Yo solo quería que él supiera la verdad.

—¿Y para qué? —preguntó, acercándose—. ¿Para que regresara a ti? No seas tonta, Valeria.

Su tono me hizo apretar los dedos contra el borde de la mesa.

—De eso no se trata. Ambos merecíamos cerrar esto.

—Claro —dijo con ironía—. Cerrar esto. Qué conveniente.

—Es la verdad.

—La verdad —repitió, como si la palabra le causara gracia—. Tú siempre has sido buena usando esa palabra para hacerte la víctima.

Me levanté de la silla.

—No voy a discutir contigo.

—Porque sabes que tengo razón.

—Porque no tengo quince años, Aranza. Y ya no voy a perder tiempo peleando contigo en pasillos ni terrazas.

Sus ojos se endurecieron.

—Siempre tan correcta.

—No. Solo cansada.

Aranza dio un paso más hacia mí.

—Aceptaste este trabajo por él.

Solté una risa breve, incrédula.

—Yo ni siquiera sabía que Alejandro era el director general.

—¿Y pretendes que te crea?

—No pretendo nada. Si me quieres creer, bien. Y si no, allá tú.

Su sonrisa desapareció por completo.

Durante unos segundos solo nos miramos.

Ella con rabia.

Yo cansada de todo esto.

—Te voy a decir una cosa, Valeria —dijo al fin—. Aléjate de Alejandro si no quieres perder tu preciada carrera.

Sentí un frío lento recorrerme la espalda.

—¿Eso es una amenaza?

Aranza sonrió otra vez.

—Tómalo como un consejo.

Me acerqué un poco, sin bajar la mirada.

—Y yo te voy a decir algo, Aranza. Estoy aquí para trabajar. En cuanto termine este proyecto, me largo de aquí. Así que haznos un favor a todos: deja de molestar para que pueda terminar rápido y desaparecer de tu vida, de la de Alejandro y de esta empresa.

Por un segundo vi algo parecido a sorpresa en su rostro.

Luego volvió a sonreír.

—Será un placer verte irte.

—Entonces tenemos algo en común.

Me di la vuelta para tomar mis cosas, pero su voz me detuvo.

—Pero eso no significa que vaya a dejar que te vayas tranquila.

La miré de nuevo.

—Ten cuidado con lo que haces, Valeria.

—No tengo nada que esconder.

Aranza inclinó la cabeza.

—Sería una lástima que se supiera que estás pasando información confidencial a otras empresas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.