Pov Alejandro
La tranquilidad duró poco.
Demasiado poco.
Apenas había logrado concentrarme en el informe de Valeria cuando Damián entró a mi oficina sin tocar. Esta vez no traía su sonrisa burlona ni esa expresión relajada que solía usar para sacarme de quicio.
Esta vez venía serio.
Y eso fue suficiente para que algo dentro de mí se tensara.
—Tenemos un problema —dijo.
Dejé el informe sobre el escritorio.
—¿Qué pasó?
Damián cerró la puerta detrás de él y caminó hasta mi escritorio con el celular en la mano.
—Se filtró información de la expansión.
Por un segundo no entendí o tal vez no quise entender.
—¿Qué información?
Damián me extendió el teléfono.
Tomé el aparato y leí la nota publicada en un portal de negocios. El titular era breve, pero suficiente para hacerme apretar la mandíbula.
Vargas Arquitectos prepara expansión nacional en medio de posibles cambios internos.
Seguí leyendo.
Monterrey.
Guadalajara.
Proceso de expansión.
Estrategia de posicionamiento.
Riesgos internos.
Había demasiados detalles.
Demasiados.
Información que no debía estar fuera de esta empresa.
—¿Quién más lo sabe? —pregunté.
—Por ahora, solo tú, yo y el equipo directivo. Pero no va a tardar en llegar a todos.
Sentí que el cuerpo se me enfriaba, no por la filtración. Sino porque supe exactamente qué nombre aparecería primero en la mente de todos.
Valeria.
Consultora externa.
Acceso reciente a información confidencial.
Visitas personales en horario laboral.
Mateo Mendoza.
Todo estaba demasiado bien acomodado.
Demasiado conveniente.
—No —dije en voz baja.
Damián frunció el ceño.
—¿No qué?
Le devolví el celular y me puse de pie.
—No vamos a acusarla.
Damián me observó en silencio durante unos segundos.
—Yo no dije su nombre.
—No hizo falta.
Él suspiró.
—Alejandro…
—No —repetí, esta vez con más firmeza—. No voy a cometer el mismo error dos veces.
Damián sostuvo mi mirada.
Por primera vez en el día, no hizo ningún comentario.
—Bien —dijo al fin—. Entonces hay que revisar accesos, correos, historial de documentos y cámaras.
Asentí.
—Todo.
—También tendremos que hablar con Valeria.
Mi pecho se tensó.
—Sí.
—Y con Aranza.
Lo miré.
Damián no apartó la mirada.
—Si vas a revisar a todos, tiene que ser a todos.
Sabía lo que estaba insinuando.
Y lo peor era que, por primera vez, no me pareció absurdo. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Aranza entró sin tocar, como siempre.
—Ale, acabo de ver la nota —dijo con fingida preocupación—. ¿Qué está pasando?
Damián y yo nos quedamos en silencio.
Sus ojos pasaron de él a mí.
—Esto es grave —continuó—. Alguien tuvo que sacar esa información.
No respondí.
Aranza dio un paso más hacia mi escritorio.
—Y no quiero sonar injusta, pero creo que todos estamos pensando lo mismo.
La miré lentamente.
—Entonces no lo digas.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Si no quieres sonar injusta, no lo digas.
Su expresión cambió.
Damián cruzó los brazos, observándola con atención.
Aranza intentó suavizar la voz.
—Ale, solo digo que Valeria es externa. Y ayer estuvo con ese hombre en la terraza. No sabemos qué tipo de relación tienen ni qué pudo haberle contado.
Sentí cómo la rabia empezaba a subirme por el pecho.
Pero esta vez no era contra Valeria.
Era contra mí.
Contra la parte de mí que hace diez años habría escuchado esa frase y habría dejado que la duda creciera.
Editado: 31.07.2026