Pov Valeria
Antes de que Alejandro saliera a hablar con el equipo, lo detuve.
—Espera.
Él se giró hacia mí con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Qué pasa?
Apreté la libreta contra mi pecho y respiré hondo.
No me gustaba la idea.
No me gustaba tener que pedirle algo así.
Pero, si Aranza estaba jugando sucio, nosotras no podíamos actuar como si todavía estuviéramos en un terreno limpio.
—Creo que sería mejor que no muestres que confías en mí.
Alejandro me miró como si acabara de decir algo absurdo.
—¿Por qué haría eso?
—Porque nos conviene que Aranza crea que otra vez pudo manipularte.
Su expresión cambió.
Primero fue desconcierto.
Después molestia.
Y, al final, algo parecido a dolor.
Me arrepentí apenas lo dije.
No por la estrategia, sino por la forma en que sonó.
Como si estuviera usando su error de hace diez años en su contra.
Aunque, siendo honesta, era exactamente eso.
—Olvídalo —dije rápido—. No tienes que hacerlo.
—No —intervino Damián, que hasta ese momento había estado escuchando en silencio—. Tiene razón.
Alejandro giró hacia él.
—¿Perdón?
Damián cruzó los brazos.
—Si Aranza hizo esto, necesita creer que su plan está funcionando. Si nota que ya sospechamos de ella, va a cubrir sus rastros o intentar otra cosa.
Alejandro apretó la mandíbula.
—No voy a acusar a Valeria.
—Jamás te pedí que lo hicieras —respondí, sosteniéndole la mirada—. Solo no muestres que me crees. Y, sobre todo, no muestres que dudas de ella.
Su mirada se quedó fija en la mía.
Durante unos segundos ninguno habló.
No sabía qué estaba pensando, pero podía verlo luchar contra algo. Tal vez contra su necesidad de hacer lo correcto de inmediato. Tal vez contra la culpa. Tal vez contra el impulso de demostrarme que esta vez sí estaba de mi lado.
Pero esto no se trataba de eso.
No necesitaba que me defendiera con un discurso.
Necesitaba que actuara con inteligencia.
—Está bien —dijo al fin—. Pero voy a dejar claro que nadie será acusado sin pruebas.
Asentí.
—Eso basta.
Damián volvió a revisar la nota en su computadora.
—Mientras tanto, necesitamos confirmar de dónde salió la información.
Me acerqué a él.
—Yo puedo intentar hablar con el autor del artículo.
Alejandro me miró de inmediato.
—No creo que sea buena idea.
—Yo sí —respondí—. Conozco cómo se mueven este tipo de notas. Un periodista no publica algo así sin una fuente o sin recibir algo que parezca una fuente confiable. Si logramos saber cómo le llegó la información, podemos empezar a cerrar el círculo.
—El autor es Rodrigo Salas —dijo Damián—. Cubre negocios y temas corporativos.
Asentí lentamente.
—He trabajado con medios de ese perfil. Si no puedo llegar a él directamente, quizá pueda hacerlo por un contacto.
Alejandro no parecía convencido, pero antes de que pudiera decir algo más, empezamos a escuchar ruido afuera de la oficina.
Voces.
Pasos rápidos.
La recepcionista diciendo algo con evidente preocupación.
—Señor, no puede pasar así…
La puerta se abrió de golpe.
Y Mateo entró.
Furioso.
Detrás de él venía la recepcionista, pálida y con cara de querer desaparecer.
—Señor Vargas, disculpe, intenté detenerlo, pero…
—Está bien —dijo Alejandro.
Aunque, por su tono, estaba claro que no estaba tan bien.
Mateo, fiel a su estilo, no le prestó la menor atención. Cruzó la oficina con pasos rápidos y vino directo hacia mí.
—Val.
Antes de que pudiera responder, ya estaba frente a mí, sosteniéndome el rostro entre sus manos.
—¿Cómo estás? ¿Todo bien?
Sentí una mezcla de vergüenza, alivio y cariño.
—Estoy bien, Matt.
Sus ojos revisaron mi rostro como si intentara encontrar una grieta.
—En serio, dime que este idiota no volvió a señalarte, porque si es así…
—Para que quede claro —intervino Alejandro, con la voz tensa—, no lo hice.
Editado: 11.08.2026