Lo que nunca dijimos

Capítulo 28

Pov Alejandro

Estábamos por salir de la oficina cuando detuve a Valeria.

—Espera.

Ella se giró hacia mí, con la libreta contra el pecho y esa expresión de alerta que ya empezaba a dolerme reconocer.

—¿Qué pasa?

Damián, que iba delante de nosotros, se detuvo junto a la puerta. Lo miré un segundo.

—Danos un momento.

Él arqueó una ceja, pero no dijo nada. Solo salió de la oficina y cerró la puerta detrás de él.

Valeria suspiró.

—Alejandro, no es el momento.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

Me acerqué apenas un paso, lo suficiente para que mi voz no sonara como una orden, sino como lo que realmente era: una súplica mal disfrazada.

—Necesito que entiendas que esto no me gusta.

Valeria me miró con cansancio.

—¿Qué cosa?

—Fingir que dudo de ti.

Su expresión no cambió, pero sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la libreta.

—Es una estrategia.

—Lo sé.

—Entonces úsala.

Apreté la mandíbula.

—Valeria, quiero que sepas que no va a volver a repetirse la historia.

Su mirada se endureció apenas.

—El hecho de que ahora me des tu apoyo no cambia nada.

La frase cayó entre nosotros con una frialdad justa.

Merecida.

—Lo entiendo —dije en voz baja—. Pero no sé qué más hacer para recuperar a mi amiga.

En cuanto lo dije, me arrepentí.

No porque no fuera verdad.

Sino porque vi cómo algo cambió en Valeria.

Fue mínimo. Una grieta en la máscara. Un golpe directo a un lugar que ella estaba intentando proteger.

Durante un segundo, sus ojos dejaron de verse furiosos.

Se vieron tristes.

Y eso fue peor.

—Es que ese es el problema, Alejandro —dijo, bajando la voz—. Yo no estoy buscando que seamos amigos.

Me quedé inmóvil.

—Valeria…

—Ya no —continuó—. Y tú más que nadie deberías saberlo.

La frase me dolió más de lo que esperaba.

Porque sí.

Lo sabía.

Lo había sabido desde el momento en que ella me corrigió en aquella primera reunión. Desde que me miró como si mi nombre ya no tuviera derecho a tocar ninguna parte de su vida.

Pero escucharlo en voz alta fue distinto.

Mucho más definitivo.

Valeria respiró hondo y apartó la mirada.

—Además, esto no es un tema laboral.

—En algún momento tenemos que hablarlo.

—Y ese momento no es ahora.

—Val…

—No —me interrumpió, levantando la mirada otra vez—. Tienes que ir a hablar con tu equipo.

—Esto también es importante.

—Para mí también lo es mi trabajo —respondió con firmeza—. Y ahora mismo mi trabajo, mi nombre y mi reputación están en riesgo. Así que, por favor, no me pidas que me siente a hablar de lo que perdimos hace diez años cuando estoy intentando evitar que me destruyan lo que construí en esos mismos diez años.

No tuve respuesta.

Porque tenía razón.

Otra vez.

Valeria tomó aire y acomodó la libreta entre sus manos.

—Te veo abajo.

Pasó junto a mí y salió de la oficina.

No la detuve.

Quise hacerlo.

Quise pedirle que esperara, que me dejara explicarle que no hablaba solo de culpa, que no quería recuperar a la niña de quince años ni fingir que nada había pasado. Quería conocer a la mujer en la que se había convertido. Quería saber si todavía quedaba algo de la confianza que yo mismo había destruido.

Pero no lo dije.

Porque, si algo tenía claro de Valeria, incluso después de tantos años, era que le costaba mostrar lo que sentía. Cuando algo la sobrepasaba, se refugiaba en lo único que podía controlar: su trabajo.

Y ahora su trabajo estaba en peligro.

Por mi empresa.

Por mi pasado.

Por Aranza.

Respiré hondo, tomé el informe y salí de la oficina.

Al bajar al área común, todos ya estaban reunidos.

Las miradas se clavaron en mí de inmediato. Algunas curiosas, otras preocupadas, otras claramente incómodas. Nadie hablaba demasiado. El rumor de la filtración ya se había extendido por toda la oficina y podía sentirse en el ambiente como una presión difícil de ignorar.

Damián estaba a mi lado.

Valeria se quedó un poco más atrás, junto al equipo con el que había trabajado. Su postura era firme, pero yo sabía que no estaba tranquila.

Y Aranza…

Aranza estaba cerca de la primera fila, con los brazos cruzados y una expresión cuidadosamente preocupada. Cuando me vio bajar, se movió para quedar junto a mí, como si ese lugar le perteneciera.

Eso me molestó.

Más de lo que esperaba.

No porque estuviera cerca.

Sino porque entendí lo que intentaba hacer.

Quería que todos la vieran de mi lado.

Quería que Valeria la viera de mi lado.

Y, si seguíamos la estrategia de Valeria, yo no podía apartarla con la contundencia que deseaba.

No todavía.

Aranza me miró con una suavidad falsa.

—Ale, ¿estás bien?

No respondí de inmediato.

Podía sentir la mirada de Valeria sobre nosotros, aunque ella fingiera estar revisando algo en su libreta.

—Estoy bien —dije al fin, con un tono neutral.

Aranza sonrió apenas, satisfecha, y se colocó a mi lado.

Damián me miró de reojo.

Sabía lo que estaba pensando.

Yo también odiaba esa escena.

Pero necesitábamos que Aranza creyera que seguía teniendo control.

Así que respiré hondo y me dirigí al equipo.

—Gracias por reunirse tan rápido.

El murmullo se apagó por completo.

—Como varios ya saben, esta mañana se publicó una nota con información relacionada con el proceso de expansión de Vargas Arquitectos. Información que no estaba autorizada para salir de esta empresa.

Algunas personas intercambiaron miradas.

Valeria no se movió.

—La filtración es grave —continué—. No solo porque compromete parte de nuestra estrategia, sino porque puede afectar la reputación de la firma, del equipo y de las personas involucradas en el proyecto.




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