Pov Valeria
Decir que me quedé tranquila después de lo ocurrido sería una mentira.
Decir que la conversación en la oficina de Alejandro no me afectó, también.
Y eso me hacía sentir estúpida.
Porque había una parte de mí —una parte demasiado escondida, demasiado vulnerable, demasiado parecida a la Valeria de quince años— que se sintió feliz cuando Alejandro dijo que quería recuperar a su amiga.
Su amiga.
Esa palabra me golpeó más de lo que esperaba.
Porque durante años había intentado convencerme de que ya no necesitaba eso. Que ya no necesitaba a Alejandro, ni sus explicaciones, ni sus disculpas, ni mucho menos su amistad.
Y, aun así, escucharlo decirlo movió algo dentro de mí.
Algo que no quería sentir.
Algo que me molestaba sentir.
Porque yo no quería recuperar a su amiga.
No sabía si quería recuperar algo de él.
Después de que Alejandro habló con el equipo, ofrecí apoyar en la redacción del comunicado preventivo. Era lo lógico. Era mi trabajo. Sabía cómo manejar crisis, cómo cuidar la narrativa y cómo evitar que una filtración tomara más fuerza.
Pero apenas hablé, sentí las miradas de todos sobre mí.
Algunas discretas.
Otras no tanto.
No eran miradas abiertas de acusación, pero sí de duda. De incomodidad. De esas que no dicen nada, pero lo preguntan todo.
Y fue como volver a tener quince años.
Volver a caminar por un pasillo donde todos bajaban la voz cuando pasaba.
Volver a sentir que algo de mí ya había sido juzgado antes de poder defenderme.
Respiré hondo, tomé mi computadora y decidí alejarme.
—Trabajaré mejor en la terraza —dije, sin mirar a nadie en particular.
Carla quiso decir algo, pero no la dejé.
No porque no confiara en ella.
Sino porque si alguien me preguntaba si estaba bien, probablemente iba a dejar de estarlo.
Subí a la terraza con mi computadora, mi libreta y una sensación horrible en el pecho.
El lugar estaba vacío.
Gracias a Dios.
Me senté en una de las mesas, abrí el documento del comunicado y traté de concentrarme. Pero las palabras se mezclaban en la pantalla. Vargas Arquitectos. Filtración. Revisión interna. Proceso de expansión. Compromiso con la transparencia.
Transparencia.
Qué palabra tan bonita para una situación tan podrida.
Apoyé los codos sobre la mesa y me cubrí el rostro con ambas manos.
No quería llorar.
No por Aranza.
No por Alejandro.
No por una oficina llena de personas que apenas me conocían.
Pero necesitaba que alguien me escuchara antes de que todo se me atorara en la garganta.
Tomé mi celular y marqué a Mariel.
Contestó casi de inmediato.
—Val, ¿qué está pasando?
Solté una risa débil.
—Hola a ti también, Mariel.
—Val, linda, no te ofendas, pero siempre que me hablas a esta hora es porque algo te tiene mal.
Cerré los ojos.
—Mar… esto se siente exactamente igual.
Hubo silencio al otro lado de la línea.
Luego su voz cambió.
—No me digas que el idiota no te volvió a creer.
—No —respondí rápido—. Es todo lo contrario.
—¿Cómo que todo lo contrario?
Miré hacia la ciudad, intentando ordenar mis pensamientos.
—Ahora me apoya. Me defiende. Está investigando antes de acusarme.
Mariel guardó silencio unos segundos.
—¿Y entonces cuál es el problema?
Tragué saliva.
—El problema es que me hizo saber que quiere recuperar a su amiga.
Mariel no respondió de inmediato.
Y ese silencio me puso nerviosa.
—Mariel.
—Ya veo el problema.
Fruncí el ceño.
—¿Qué problema?
—Que tú no quieres ser solo su amiga.
Abrí los ojos de golpe.
—Mariel, estás loca. Yo no dije eso.
—No lo dijiste, pero te conozco.
—No empieces.
—Entonces dime cuál es el problema.
Abrí la boca, pero no salió nada.
Porque no sabía qué responder.
O porque sí lo sabía y no quería decirlo.
—Es que ni siquiera sé si quiero eso —admití al fin.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Mariel suspiró.
—Val, ¿sabes qué creo?
—No sé si quiero saberlo.
—Creo que te estás cerrando.
—No me estoy cerrando.
—Sí lo estás haciendo. Alejandro cometió el error de ser un estúpido, sí. Un estúpido monumental, si quieres que sea más clara.
A pesar de todo, una risa pequeña se me escapó.
—Muy clara.
—Pero ahora está intentando demostrarte que está de tu lado.
—No es tan fácil.
—Nadie dijo que lo fuera.
Apreté los labios.
—Tú no entiendes.
—Claro que entiendo —dijo con suavidad—. Entiendo más de lo que crees. Yo también viví eso, Val. Yo también sé lo que se siente que todos crean una versión de ti que no es cierta.
La garganta se me cerró.
—Lo sé.
—Pero también te conozco. Y sé que, si Alejandro intenta hablar de lo que siente o de lo que pasó, tú vas a alejarte.
Guardé silencio.
Mariel soltó un suspiro cansado.
—Valeria.
—Puede que eso ya haya pasado.
—En serio no cambias.
—No necesito sermones.
—No es sermón. Es una observación muy acertada de tu mejor amiga.
Rodé los ojos, aunque ella no pudiera verme.
—Qué humilde.
—Siempre.
Me quedé callada unos segundos.
El viento movió algunas hojas de las plantas de la terraza. Abajo, en algún lugar de la oficina, seguía el ruido de teléfonos, teclados y conversaciones apagadas.
Todo seguía funcionando.
Aunque yo sintiera que algo dentro de mí se estaba rompiendo otra vez.
—Pero eso no es todo lo que está pasando por esa cabecita loca tuya —dijo Mariel.
Cerré los ojos.
Ella siempre sabía.
—Aranza se encargó de que dudaran de mí —dije en voz baja—. Y lo que duele es que, de nuevo, algunos le creyeron.
Mariel no dijo nada.
Editado: 11.08.2026