Pov Alejandro
El resto del día fue complicado.
Entre reuniones, llamadas, revisión de documentos y mensajes de sistemas, no había tenido ni un minuto para detenerme a respirar. Cada nueva actualización parecía abrir más preguntas que respuestas, y lo peor era que todas apuntaban hacia un mismo lugar.
Alguien dentro de Vargas Arquitectos había filtrado información.
Alguien con acceso.
Alguien que sabía exactamente qué decir para sembrar dudas.
Y aunque todavía no teníamos una prueba definitiva, había una parte de mí que ya empezaba a entender demasiado.
Damián, por supuesto, había decidido mudarse temporalmente a mi oficina.
Según él, porque no quería estar dando vueltas entre su escritorio y el mío.
Según yo, porque quería vigilar que no cometiera una estupidez.
—No estás siendo discreto —dijo desde el sillón, sin levantar la mirada de su computadora.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas?
—De que llevas cinco minutos mirando hacia el área común.
No respondí.
Porque era verdad.
Mi mirada recorrió los escritorios, las salas abiertas, el equipo de comunicación, a Carlos revisando unas carpetas, a Micaela hablando por teléfono, a Alexandre frente a su pantalla y a Carla acomodando documentos.
Pero Valeria no estaba.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
—¿Dónde está Valeria?
Damián siguió escribiendo.
—No lo sé. Trabajando, quizá.
Lo miré.
—En serio. Eso ya lo sé. Me refiero a dónde.
Damián levantó la mirada lentamente.
—Míralo. Aún no son nada y ya la tienes vigilada.
—Damián.
—Está bien, está bien —dijo, cerrando la computadora—. Prefirió irse a trabajar a la terraza.
Me giré de inmediato hacia él.
—¿Y por qué no se me informó?
Damián arqueó una ceja.
—Porque estoy seguro de que, de hacerlo, hubieras ido detrás de ella.
—Eso es justo lo que habría hecho.
—Exacto.
—Debe de estarse sintiendo terrible.
Damián suspiró y se recargó contra el respaldo del sillón.
—Lo sé, Alejandro.
—Entonces no entiendo por qué nadie…
—Porque tal vez eso es justo lo que necesita —me interrumpió—. Estar sola. Respirar. Trabajar sin sentir que todos la están mirando como si esperaran que se defendiera de algo.
Me quedé callado.
No me gustaba escucharlo.
Pero sabía que tenía sentido.
—No estuve con ustedes hace diez años —continuó Damián—. No viví lo que pasó ni conozco cada detalle de esa historia. Pero sí sé que esto es demasiado para ella. Que otra vez la están poniendo en el centro de un rumor. Otra vez están dudando de su nombre. Y quizá, por mucho que quieras correr a salvarla, lo que necesita ahora es recuperar el control por sí misma.
Apreté la mandíbula.
—Es solo que no quiero que se sienta así.
—Lo sé.
—No quiero que vuelva a pasar por lo mismo.
—También lo sé.
Me pasé una mano por el rostro, frustrado.
—Siento que no estoy haciendo suficiente.
—Hiciste lo que estaba en tus manos.
Solté una risa baja, amarga.
—No se siente así.
Damián me observó durante unos segundos.
Luego dejó su computadora sobre la mesa y cruzó los brazos.
—Porque desde que te enteraste de la verdad, solo has visto a la Valeria de quince años.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—La niña a la que dejaste sola. La que no escuchaste. La que lastimaron mientras tú mirabas para otro lado.
Sentí el golpe de sus palabras, pero no dije nada.
—Y ahora quieres evitarle todo el dolor que no evitaste entonces —continuó—. Pero sorpresa, Alejandro: ya no tienen quince años. Valeria ya no es una niña que necesite que intervengas por ella.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Lo miré.
Damián se acomodó mejor en el sillón.
—Adelante. No te cobraré la consulta.
No pude evitar soltar una risa breve, aunque no tenía ganas.
Luego el silencio volvió a llenar la oficina.
Miré hacia el área común otra vez, como si Valeria pudiera aparecer en cualquier momento. Como si verla bajar de la terraza fuera suficiente para convencerme de que estaba bien.
Pero no estaba bien.
Y lo peor era que yo tampoco.
—Es difícil —admití.
Damián no se burló.
Solo asintió.
—Tenemos tiempo.
Respiré hondo.
—Durante años pensé que Valeria había sido la culpable de todo. Que ella se había burlado de mí, que me había usado, que había jugado con lo que yo sentía.
Decirlo en voz alta me hizo sentir peor.
—Y ahora resulta que no. Que mientras yo la castigaba con mi silencio, ella no entendía qué había hecho. Que mientras yo me convencía de que alejarme era lo correcto, ella estaba esperando una explicación que nunca le di.
Damián guardó silencio.
—No sé cómo se arregla algo así.
—Tal vez no se arregla de la forma en que tú quieres.
Lo miré.
—¿Y cómo se supone que lo arregle?
—Primero dejando de pensar que todo se trata de que ella vuelva.
La frase me incomodó.
—No estoy pensando eso.
Damián me sostuvo la mirada.
—Sí lo estás haciendo.
Apreté los labios.
—Yo solo quiero recuperar a mi amiga.
—¿Seguro?
No respondí.
Porque la respuesta no era tan sencilla.
Quería recuperar a mi amiga, sí.
Quería que Valeria volviera a mirarme sin odio, sin cansancio, sin esa barrera que yo mismo había levantado entre los dos. Quería volver a escucharla reír sin sentir que esa risa ya no me pertenecía ni siquiera como recuerdo.
Pero también quería más.
Mucho más de lo que tenía derecho a querer.
Quería conocer a la mujer en la que se había convertido. Quería saber qué la hacía sonreír ahora, qué le dolía, qué la asustaba, qué soñaba cuando no estaba defendiéndose de todos.
Quería que dejara de mirarme como si yo fuera parte de su herida.
Editado: 11.08.2026