Pov Valeria
Por fin terminé el comunicado.
Me tomó más tiempo del que esperaba, no porque no supiera qué escribir, sino porque cada palabra tenía que ser medida con cuidado. No podía sonar defensivo. No podía admitir responsabilidad. No podía dar pie a más rumores.
Tenía que ser firme, claro y profesional.
Justo como yo intentaba verme.
Aunque por dentro sintiera que todo estaba a punto de romperse.
Leí el texto una última vez, corregí una frase y guardé el archivo. Estaba por bajar para entregárselo a Damián cuando una voz me interrumpió.
—Así que aquí es donde te escondías.
Suspiré, cansada.
No tuve que mirar para saber quién era.
Aranza.
Cerré mi computadora con calma y empecé a guardar mis cosas.
—¿Ahora qué quieres, Aranza?
Ella caminó hacia la mesa con esa sonrisa falsa que ya empezaba a agotarme.
—Nada. Solo ver cómo estabas. Me preocupo por ti.
Solté una risa baja, sin humor.
—Qué amable de tu parte preocuparte por la persona que te has encargado de destruir.
Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos se endurecieron.
—Esa es una acusación muy grave, Valeria. Espero que tengas pruebas de lo que dices.
La miré.
Tenía razón.
Todavía no las tenía.
No suficientes.
No definitivas.
Y precisamente por eso no iba a darle una reacción que pudiera usar en mi contra.
Tomé mi bolso y me puse de pie.
—Tienes razón. No las tengo. Así que, si me permites…
Intenté pasar a su lado, pero ella habló de nuevo.
—Claro. Ve a mostrar tu apoyo para que no duden de ti.
Me detuve apenas un segundo.
El comentario dolió.
No porque creyera en él, sino porque sabía que eso era exactamente lo que quería que todos pensaran.
Que mi trabajo era una actuación.
Que mi profesionalismo era una defensa.
Que mi presencia en la empresa era una amenaza.
Respiré hondo.
No respondí.
La dejé hablando sola.
Al entrar al área común, varias personas se giraron a verme. Algunas desviaron la mirada de inmediato; otras fingieron estar demasiado concentradas en sus computadoras.
Las ignoré.
No iba a dar explicaciones en pasillos.
No iba a regalarle a nadie la versión vulnerable de mí.
Caminé directo hacia la oficina de Alejandro. La puerta estaba entreabierta y alcancé a escuchar voces dentro, pero no me detuve. Toqué una vez y entré.
Alejandro y Damián levantaron la mirada al mismo tiempo.
—Damián —dije, sosteniendo la computadora contra el pecho—, te estaba buscando. Ya terminé el comunicado.
Damián se incorporó de inmediato y caminó hacia mí.
—Perfecto. Lo reviso ahora mismo.
Le extendí la computadora.
—Está en la carpeta del proyecto. Lo redacté como postura preventiva. No admite responsabilidad, no señala culpables y deja claro que la empresa inició una revisión interna.
Damián abrió el archivo y empezó a leer.
Alejandro me observaba en silencio desde su escritorio.
No necesitaba mirarlo para sentirlo.
—Está bien planteado —dijo Damián después de unos segundos—. Muy bien, de hecho.
—Gracias.
—Solo ajustaría esta parte para que no parezca que estamos respondiendo directamente al medio.
Me acerqué un poco para ver la pantalla.
—Sí. Podemos cambiarlo por “ante la circulación de información no autorizada”.
—Exacto.
Damián hizo la corrección y luego miró a Alejandro.
—¿Le contamos el avance?
Alejandro pareció dudar.
Después se levantó.
—Hay una grabación de la zona de impresoras del segundo piso.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Se ve quién fue?
—Todavía no con claridad —respondió—. Sistemas está limpiando la imagen. Pero coincide con la hora en que se imprimió una copia del documento.
Tragué saliva.
—¿Y la computadora?
Damián cerró un poco la laptop.
—El archivo fue descargado desde un acceso administrativo, no desde tu usuario.
Editado: 07.09.2026