Lo que nunca te dije, crush (+16)

7

Walter apareció en mi casa para el fin de semana, –aún me enternezco al recordar el excelente papel de mediador que siempre desempeñó entre ambos–, alguien del grupo de mi hermano había tenido la brillante idea de planear una salida grupal a la bahía, pero cuándo Andy supo que yo estaba invitada se negó: él sabía que tú irías y por supuesto sobre aquella invitación a besarnos que me habías propuesto.

Es mi hermano, soy su hermanita: suele protegerme aunque se excuse con que jamás permitiría que nadie me molestara más que él.

De todas formas Walter logró convencerlo. Y luego me di cuenta de que a pesar de ser una “salida grupal”, todos iban en parejas. Incluso mi hermano iba con una chica de su Universidad. Saory no me prestó demasiada atención puesto que estaba concentrada en el chico de tu fiesta, Lucas. Y aunque Lila permaneció junto a mí, me sentí como la tercera en discordia puesto que ella iba con John. Solo tú y yo íbamos sin acompañantes.

Estuve rehuyendo de tu mirada incesante gran parte de la noche, incluso cuando me otorgaste a mí un trozo de pizza demás y la primera lata de gaseosa que se abrió. Estaba nerviosa, y me esforzaba por creer que no había razones para estarlo, pero estaba consciente de cómo me descolocó que manifestaras tus deseos de besarme la última vez que nos vimos.

Recé internamente porque no te me acercaras, lo confieso, aunque verdaderamente quería charlar contigo, solo que no deseaba que notaras mi nerviosismo. Tú, de todas formas, y portando esa seguridad que te era tan característica, te sentaste a mi lado cuando Lila se puso de pie con la tonta excusa de que estaba exhausta de estar tanto tiempo sentada.

Nunca estuve renuente a hablar contigo, Liam. Lamento que hayas dado eso por sentado durante varios días. Siempre me interesó cualquier cosa que tuvieras para contarme, aunque te respondiera con silenciosos ademanes y asentimientos de cabeza.

Vi tu frustración, ¿sabes? En la escuela cuando me saludabas con la mano desde cierta distancia y yo te correspondía con una sonrisa cerrada. Cuando en la siguiente salida grupal preferí sentarme junto a mi hermano en el subte y no contigo. Y cuando fui con Simon a Subway y te hallé en una mesa con tu hermanita, pero tuvimos que retirarnos tras una llamada alarmante que recibió mi mejor amigo; aunque supe que creíste que nos habíamos retirado por tu presencia en el lugar.

Todavía me da cierto pesar recordar el brillito de desilusión que te cruzaba en tu hermosa mirada verdor, pero no podría arrepentirme, porque de lo contrario no habrías llegado a tu límite en aquel cumpleaños de Walter. Espero puedas recordarlo. Yo, honestamente, lo atesoro en mi mente.

Me arrinconaste en ese lado oscuro del pasillo que conecta con las habitaciones. Estabas furioso, te veías dolido, y medio ebrio. Me exigiste respuestas que no estaba obligada a darte, pero tú parecías necesitarlas.

–¡¿Qué te hice?! –Recuerdo que reprochaste en un siseo, con tu rostro enrojecido por la rabia y el alcohol, muy próximo al mío–. ¡¿Por qué repeles de mi presencia como si te provocara sarna?!

Aquella ansiedad que muchas veces experimenté contigo aún puedo recordarla y sentirla. El corazón latiendo desbocado, mi respiración acelerándose, mis manos húmedas y temblando ligeramente, mi mirada huyendo de la tuya porque de lo contrario me sonrojaría, y eso para mí no estaba permitido.

–Mírame, Carleigh, ¿fue por lo del beso? –Y, que siquiera lo mencionaras como si nada, aumentó mi nerviosismo. Entonces quise escapar pero tú no lo permitiste. Con tu brazo cerraste mi vía de escape y aproximaste más tu cuerpo al mío–. ¿Fue porque te dije que estaba muriéndome por besarte?

Creo que, de todas, ésta fue la primera vez que sentí que ibas a matarme. ¿De verdad nunca viste el estado en el que me encontraba? ¡Estaba temblando! Mis manos estaban escondidas detrás de mi espalda y contra la pared, mi respiración era un caos, mis hormonas estaban en plena rebelión y las mariposas en mi estómago volaban salvajemente libres. Nunca interpretaste la verdadera razón de mi estado, ¿cierto? De lo contrario, no habrías tomado mi mentón como lo hiciste. No había manera de que supieras que tu contacto físico me ponía peor.

–Me estoy muriendo por besarte, Carleigh, pero ya entendí que tú no quieres lo mismo. –Entonces me liberaste y te alejaste un par de pasos, revolviste tu cabello y cuando me pregunté el porqué de la rabia y el dolor reflejados en tu mirada, tú añadiste–: Supongo que no todos podemos ser Elliott.

Y te alejaste, dejándome hecha un desastre, comprendiendo que todo tu arranque de valor se debía a un ego herido y un orgullo golpeado.

Entonces, mentalmente te mandé a la mierda.

 




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