Lo que nunca te dije, crush (+16)

13

–Si te pedí que vinieras, fue para mostrarte algo. –Dijiste, cuando entramos a tu habitación. La puerta abierta siempre, porque desde pequeño tuviste la manía de olvidar cerrarla–. Pero creo que antes debo aclararte muchas cosas.

Me mantuve callada. Tú no soltaste mi mano ni siquiera cuando nos sentamos sobre tu cama. Tu habitación era azul de un tono casi oscuro; con las cosas básicas como la cama desordenada, un buró con una simple lámpara de metal y un reloj despertador digital, la pantalla plana en frente colgada de la pared y debajo una consola de videojuegos; en una esquina había un escritorio con una computadora y su respectiva silla giratoria. Y en la otra  esquina, muy cerca del ventanal sin cortina, estaba un caballete trípode tipo cajón con un lienzo cubierto por una lona; y muy cerca, otro buró de madera pura de cinco cajones, con lo que alcancé a ver varias paletas, acuarelas y tarros de pintura; uno de sus cajones estaba abierto dejando ver la variedad de lápices de colores, pinceles de diferentes tamaños, tubos de pintura y creyones. En ese pedacito de espacio, parecía que Lucy acababa de hacer un colorido desorden; omitiendo, por supuesto, el desarreglo en la cama.

Aquella noche durante tu fiesta que estuvimos mucho rato ahí esperando que tu borrachera bajara un poco, no pude admirar tu habitación debido a la oscuridad. Y en ese entonces que pude detallarla, viendo que cada espacio y rincón eras tú; desde la consola de videojuegos, la computadora, tu zona de arte, la gran ventana sin cortinas con vidrios sin polarizar y la puerta siempre entreabierta. Eras un niño – adolescente intentando crecer, aún con secuelas producidas por sucesos de la infancia. Y aunque en ese momento no lo sabía, ciertamente me causó mucha curiosidad.

El dorso de tus dedos me acarició una mejilla. Agh, cómo lo recuerdo; me miraste con una mezcla de emociones, pero de una forma tan bonita.

–No debiste escuchar a Tami decir eso. –Susurraste, con un matiz de disculpa y vergüenza en tu voz. Yo me había limitado a fruncir el ceño. Tú soltaste un suspiro y dejaste mi mano sobre tu regazo, acunada entre las tuyas. Me pregunté por qué no me la devolvías, si ya ahí, no iba a irme–. Ella ha sido mi mejor amiga desde la infancia; siempre fuimos un equipo, ella siempre estuvo para mí y yo para ella. Pero últimamente ella ya no ha estado. –Recuerdo como enfocaste tu mirada en un punto equis, vi cómo te sumías en tus recuerdos y aunque nunca lo dijiste, supe cómo te afectaba–. Cuando teníamos catorce años me confesó que estaba enamorada de mí; que desde niña lo había estado. Pero yo nunca logré verla como algo más que mi mejor amiga. –Te recuerdo acariciarme el dorso de la mano con tus dedos, cabizbajo. Recuerdo ésta conversación a la perfección, porque entendí la razón de muchas actitudes de Tami–. Todos creían que ella y yo íbamos a terminar juntos; incluso sus padres y mi mamá. –Ahí soltaste una risita amarga, la recuerdo también, así como el pinchazo de inseguridad que me provocó esa confesión–. Y yo siempre les decía que no a todos, ¡es como mi hermana! –Bufaste, sin apartar la mirada ni un segundo de nuestras manos–. En mi cumpleaños número quince ella me dijo que iba a esperarme, porque decía que yo no estaba listo. Yo le repetí un millón de veces que no, que es mi hermana, y que nunca iba a verla como algo más. –Entonces levantaste la mirada y me observaste, como si buscaras algún indicio de algo en mi rostro antes de proseguir, alejando tu atención visual de nuevo–. Salí con muchas chicas, y ella dañó la mayoría de mis relaciones. No sé cómo le hacía; yo nunca le he contado nada sobre ese aspecto de mi vida. –Tu labio inferior sobresalió: un pucherito, de esos que hacías inconscientemente. Pero desapareció cuando volviste a levantar la mirada hasta mí, porque ese gesto tan tierno te duraba nanosegundos–. No pensé que intentaría algo contra ti, se supone que ella no sabía nada, nunca se lo conté. –Y allí tomaste esa bocanada de aire, cómo cada vez que ibas a decir algo que no estabas acostumbrado a decir o bien no sabías cómo hacer; tu mirada fue y volvió sobre mí y ladeaste la cabeza, con esa mirada bonita que aún en la actualidad sigo sin poder describir–. No quiero que intente nada otra vez, yo… quiero hacer todo bien contigo, Leigh. Quiero merecerte… Quiero saber ganarme mi lugar a tu lado… Quiero que estés conmigo. –Entrelazaste de nuevo nuestras manos y la que tuve libre la deslicé por mi jean, porque estaba ligeramente húmeda. Había una rebelión en mi estómago y un calorcito agradable en mi pecho. Pero las inseguridades en mi mente me hacían analizar todo con cabeza fría. Y lo agradecí bastante–. Me gustaste desde el primer día que te vi, –soltaste, después de apretar tus labios y que tus mejillas se sonrojaran ligeramente. Recuerdo que casi sonrío tras eso–, pero creo que no supe manejarlo. Me disgustaba verte con Elliott. –Me observaste un segundo como si estuvieras molesto y luego rodaste los ojos, bromeando–. Y fui muy imbécil, sí. Tantas distancias que interpusiste y al final, en mi peor momento, fue que me di cuenta de lo mucho que vales, de lo hermosa que eres por dentro, y de lo mucho que significas.




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