Lo que nunca te dije, crush (+16)

16

–Estás muy chiquita para tener novio, Carleigh. –Se limitó a decirme papá en uno de esos almuerzos en los que mis padres aún podían sentarse en la mesa y comer en paz.

Yo había estado varios días detrás de él para hablar sobre el asunto, y él simplemente no cedía, como digno padre de mi hermano.

–Yo fui tu novia a los quince, –interfirió mamá, recuerdo, hablándole directamente a papá–. Carleigh tiene un año más, no veo el problema.

Mamá al principio se mantuvo muy objetiva; no era que me apoyaba, pero tampoco hacía mucho caso a lo que mi hermano decía. Ella sólo me dejaba lidiar con mis decisiones y las consecuencias de éstas.

–Y por algo nuestro noviazgo en la adolescencia no funcionó. –Espetó mi progenitor, y supe que solo buscaba excusas gracias a argumentos poco válidos–. Además, él es mayor, no se conocen lo suficiente, y todas las cosas que sé de él son desagradables.

–Lo de las cosas desagradables solo las encontrarás en la fuente Andrew, por supuesto. –Solté, sin poder controlarme–. Y lo demás carece de fundamentos, papá.

–Y si te refieres a la madurez emocional, Carleigh es muy madura y lo sabes, inclusive más que Andrew o que tú mismo; así que dale la cara a tu hija y no escondas el hecho de que recién acabas de percatarte que ya no es tan niña. Y Andy, bebé, tú solo estás celoso. –Mamá zanjó el tema, y las expresiones indignadas de mi padre y hermano fueron gloriosas.

Apenas estábamos iniciando una relación, y nos estábamos conociendo; aún nuestros canales de comunicación estaban en formación: tú querías charlar con mi padre al respecto, pero yo necesitaba charlar con él primero; la cuestión era que él no quería hablar del asunto en lo absoluto. Y tú no lo entendías.

Aquella primera vez que accedí a que me visitaras una tarde a mi casa fue porque sabía que mi padre estaría ausente. Lo que menos quería era que recibieras malos tratos de él, pero estabas tan empecinado creyendo que la situación mejoraría con una conversación que no sabías que a mi padre había que tratarlo con mucho tacto, porque de lo contrario, se cerraba aún más.

Te enojaste mucho conmigo, ¿lo recuerdas? Creías que realmente yo no deseaba que le aclararas las cosas, que no me interesaba su aprobación. Eras demasiado cabeza dura; me fue difícil que te abrieras y me contaras cómo te sentías con respecto a ese asunto. Entonces mamá me dijo que hay personas que tienen que conocer por sí mismas la realidad de las cosas, para que sólo así puedan darle la razón a quién le advirtió cómo sería.

Entonces permití que hicieras que lo que querías; enfrentarte a mi papá.

¿La recuerdas? Aquella noche en la que mamá ayudó invitándote a cenar. Andy estaba ya un poco más receptivo contigo, aunque nunca se disculpó por lo que ocasionó con las cosas que dijo a mi padre de ti, tú nunca le reclamaste nada, sé que sólo querías estar bien con mi familia.

Mi padre llegó a casa cuando mamá nos sirvió el café en la salita de estar, recién acabados de cenar. Recuerdo cómo te echó un breve vistazo y frunció el ceño, pero vi cómo había decidido ignorarte hasta que tú decidiste presentarte, como mi novio.

También recuerdo cómo te dejó con la mano tendida y se cruzó de brazos, con una actitud muy amedrentadora. Y una de las cosas que siempre voy a agradecerte, es que nunca te acobardaste frente a él en ninguna circunstancia.

Ciertamente, al principio la situación con mi padre fue menor a la que pensé; sin embargo, su desdén e indiferencia para contigo y nuestra relación me hacía sentir mal, porque siempre supe que a ti te hizo sentir como un cero a la izquierda, alguien cuya presencia no importaba, aunque nunca me dijiste nada.

–Está bien, –me dijiste cuándo te ibas, aquella primera vez después de que papá te diera a entender que no te quería en casa–, sólo quería, mínimo, intentarlo, y ya está. No salió como quería, pero quiero creer que algún día me aceptará.

Y aunque en ese momento me sonreíste con dulzura, aún permanecía una ráfaga de incomodidad surcada en tus ojos, esa experimentada hacía minutos gracias a mi progenitor.

Tú habías estado de pie del lado fuera, yo en medio de la puerta, y recuerdo entrecerrarla detrás de mí para que mi padre, quien aún merodeaba por toda la casa, no viera cuando tomé tu mano y entrelacé nuestros dedos.

–¿Cómo te sientes después de eso? Sé que fue incómodo, y…

–Oye, –recuerdo me interrumpiste–, está bien, estoy bien, estamos bien. Tenías razón, sí, ahora ya podemos hacer eso que me pediste hace varios días.




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