Lo que nunca te dije, crush (+16)

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Transcurrieron un par de meses en los que la gran mayoría de las cosas se tornaron familiares: tú esperándome en la entrada del colegio en las mañanas, tus besos en la cafetería a la hora del receso, el café de tu madre después de las clases de tutoría, las caminatas por la bahía en el atardecer, los grandes envases de helado los fines de semana y llevar a Lucy de la mano al parque. También, la afinidad con mis mejores amigas.

La que más me alivió fue Saory, debo confesar; al principio se mantuvo reacia, desconfiada. Pero luego de vernos juntos la primera oportunidad, inició con aquel chiste de ella era la oficial y tú mi amante.

–Me intriga la seguridad con la que Kevin afirma que Carleigh es homosexual. –¿Recuerdas eso? Tu postura desgarbada mientras mordías una manzana verde a mi lado. Hiciste ese comentario justo cuando el aludido cruzó la cafetería y le dedicó una breve mirada a Saory, quién ni se percató. También recuerdo tu pierna flexionada y tu pie sobre mi silla, tu zapato ensuciándome la falda escolar. Lo recuerdo por el manotazo que te di para que bajaras la pierna.

Saory levantó la mirada desde su libreta hasta ti, muy lentamente, y luego sonrió como cuando es descubierta después de una travesura. Creo que ese fue el día dónde la cordialidad pasó a ser afinidad entre ambos.

–Es que Kevin es un necio que no entiende lo que es un no. Y bueno, le dije que yo era lesbiana y que Carleigh y Steffanie son mis novias. –Medio excusó y medio explicó mi amiga, lo recuerdo demasiado bien.

Walter, quién recién se acercaba a sentarse en nuestra mesa con una bandeja con comida, se echó a reír. Tú masticabas, recuerdo, cuando le alzaste una ceja con sorna.

–¿No pudiste decidir por una sola?

–Por supuesto que no, si ya de por si fue demasiado con dejar a Lila fuera de ésta relación poligámica. Y lo hice porque todos saben que ella tiene un novio universitario, en cambio tú… puedes decir que Leigh es bisexual y que eres el otro, porque la legal soy yo.

Yo, que me había esforzado en no desconcentrarme de la tarea de matemática y de la calculadora científica entre mis dedos, no pude evitar reírme junto a Walter. Y recuerdo tu sonrisa divertida, esa que no pudiste aguantar y que camuflaste dándole una mordida a la manzana.

La afinidad con Steffi surgió un domingo por la mañana cuando fuimos todos a la playa y yo quería que te tomaras una foto conmigo, pero tú detestabas las fotografías, –motivo por el cuál en todos nuestros selfies aparecías con mala cara: porque a pesar de que no te gustaban, siempre me complaciste cada que situaba mi celular en frente para capturarnos con el lente de la cámara delantera–; mi amiga, a partir de ese día nos retrataba con su celular a ambos distraídos, a ti te irritaba y a ella le divertía.

–Adóptenme como su hija y dejo de retratarlos. –Dijo en una oportunidad, sacándonos la lengua. Tú rodaste los ojos y te quejaste conmigo.

–¿Cómo fue que acabaste con amigas así? –Me preguntaste en queja, mientras posabas tu brazo sobre mis hombros.

Steffanie, Saory y Lila se habían fingido indignadas; –pero liberaste a ésta última de tu desaprobación– y en tu semblante nunca pudiste disimular lo mucho que te divirtió molestarlas a ellas, ya que con Simon la situación fue todo lo contrario. Me costó aceptarlo al principio, confieso; creo que una de las cosas más bonitas es que tu novio y tu mejor amigo puedan llevarse bien, pero esto no sucedió por ninguna de las dos partes. Entendí que ninguno de los dos estaba en la obligación de agradar al otro, y agradecí que a pesar dé, aceptaron que los dos eran importantes en mi vida.

Lila era también tu amiga, mucho antes de yo haberte conocido; y durante esos dos primeros meses de nuestra relación, ella había llenado el vacío que Tamina había dejado al distanciarse de ti.

Si algo en mi vida marchó con calma y sin prisas, fue nuestra relación. Se puede decir que a los dos meses éramos amigos con algunos derechos extras: como el besarnos y, eventualmente, exigirnos alguna que otra explicación frente a algo extraño; así como denominaste a tus celos.

–Tengo una duda sobre algo extraño. –Me dijiste la primera vez; aquella tarde que fuiste por mí al estudio de ballet y yo salí en compañía de Luke, uno de los chicos de la clase.

Me hiciste una serie de preguntas: desde quién era él hasta qué nivel de confianza tenía conmigo.

–Estás celoso. –Fue lo primero que te dije cuando acabé con tu interrogatorio.

–Claro que no. –Recuerdo haberte visto fruncir el ceño, indignado–. Sólo fue algo extraño y quería saber, es todo.

–¿Por qué era algo extraño?

–Porque cuando no se entiende algo, éste se ve extraño.

–¿Y qué se supone que no entendías? –Mi confusión era grandísima, pero también me divertía mucho ver cómo intentabas darme respuestas aún sin querer admitir que estabas celoso.




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