Lo que nunca te dije, crush (+16)

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Walter fue a visitarme un día después; él –al igual que Simon y las chicas– siempre supo cómo hacerme confesar las cosas como si usara cucharita. Me dijo que la estabas pasando mal, y le reproché el hecho de que haya ido a verme solo para convencerme de volver contigo, pero entonces me dijo que te lo merecías. Incluso me aconsejó hacerte sufrir por varios días más. Yo, irónicamente, estaba comenzando a arrepentirme. Mi corazón ganaba batalla y priorizaba mis sentimientos y el impulso primitivo correr hasta a ti de nuevo para hacer borrón y cuenta nueva.

Pero entonces comenzaste a comportarte como un verdadero inmaduro, esa coraza que te echabas encima para protegerte. La tomaste contra Luke, uno de mis compañeros de ballet, a la salida del teatro donde aún ensayábamos para las próximas presentaciones. Le escena de celos y reproches fue vergonzosa; insinuaste demasiadas cosas estúpidas y me hiciste enojar. Creo que nunca te hablé tan ácida y disgustada en mi vida como aquella tarde, ¿acaso no entendías que ya no nos debíamos nada?

Así como podías ser un príncipe azul, también te salía bien ser un auténtico idiota.

Toda yo fui un total desastre durante varios días; me costaba concentrarme en cualquier cosa, mis pensamientos hacían mella triturándome la cabeza. Como resultado me caí durante los ensayos; mi desconcentración me llevó a una mala postura del pie al momento de caer del gran salto jeté con medio giro en el aire. Los ligamentos de mi tobillo sufrieron las consecuencias y tuve que abandonar mi personaje en la obra debido a las seis semanas de reposo que me dictaron.

Mi tobillo con los ligamentos parcialmente rotos no me dolieron tanto como lo fue abandonar el puesto que tanto me esforcé por conseguir dentro de esa añorada obra teatral de danza clásica.

Tu llamada entró a mi celular cuando aún esperaba en el hospital a que me realizaran las radiografías en el pie, y nunca supe cómo fue que te enteraste tan rápido de mi lesión.

–Te amo, por favor no mueras. –Fue lo primero que oí de ti cuando mamá logró convencerme de atenderte a la tercera llamada. Te sentí tan preocupado, que me embargaste de amor, ternura y dolor a la vez. Recuerdo que eso no te lo respondí, pero permití que escucharas mi respiración a través de la línea–. Leigh, dime cómo estás, sólo quiero saber eso y prometo que no molestaré.

Dentro de mí hubo una aguda batalla entre mi mente y mi corazón; entre lo que quería y lo que verdaderamente necesitaba; entre lo que era buscar paz o volver al impertinente caos, lo cual era irónico, debido a que tú podías significar ambas cosas. Podías ser amor, y podías ser dolor. Podías herirme y sanarme. Y no era justo.

Una parte de mí quería avanzar de ti, dejarte atrás; pero otra se aferraba y casi me hacía volver.

Y tampoco me lo hacías fácil; días después fuiste a verme a casa, papá no estaba y mamá te dejó pasar con toda la confianza del mundo. Yo no quería verte, pero ella insistió; recuerdo haberle dicho que tú y yo habíamos quedado en buenos términos para que no intentara indagar demasiado. Eso de quedar en “buenos términos” con tu ex pareja carece de firmeza cuando siquiera verlo aún te duele. Y yo lo que necesitaba era distancia, y mamá tampoco ayudaba.

Sí, fui obligada a salir de mi habitación para atenderte en la sala de estar, usando esas tontas muletas que detesté usar con todas mis fuerzas durante seis semanas exactas. Fui muy renuente respondiéndote con gestos y, a duras penas, una que otra palabra. Verte preocupado por mí y leer tantos sentimientos y tantas emociones en tu mirada y en tu expresión era desasosegante, y también cálido.

Dios mío, no es nada fácil intentar aparentar que todo está bien en tu interior, y muchísimo menos frente a la persona causante de que nada lo esté.

Cuando estuviste por irte, que me ayudaste a ponerme de pie con las muletas y te acompañé a la puerta guiada más por costumbre que por otra cosa, me diste ese sobre café tamaño carta que hace un par de años apilé en el ático junto a los cuadros y todo lo que me obsequiaste.

–Te debo demasiadas cosas, Leigh. –Me dijiste antes de irte, tendiéndome el sobre y sin mirarme–. Pero sé que no querrás escucharme aún, y siendo sincero no sabría ni por dónde empezar. –Cuándo lo tomé, metiste tus manos dentro de los bolsillos delanteros del jean claro que usabas, y recuerdo tanto esa timidez hermosa en tu mirada que no siempre aparecía, pero que allí estaba–. Ábrelo cuando quieras; yo estaré aguardando todo el tiempo del mundo, aquí decides tú.

Me diste un beso en la frente antes de irte y, bendito sea dios, ambos lo necesitábamos un poco más debajo.




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