Lo que nunca te dije, crush (+16)

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Cuando por fin pude caminar fue cuando me envalentoné y finalmente abrí el sobre, el cual tuve que romper debido a lo fuertemente sellado que estaba. Durante todo el tiempo en el que me dediqué a solo mirarlo sobre mi mesa de luz, –tiempo en el que llevé mi reposo al pie de la letra–, no te apareciste por ningún lado; únicamente me llegaste por mensajes de textos preguntando por mi pie y por mi salud en general, pero fue algo muy esporádico. Y si, no te hiciste una idea nunca de cuánto te extrañé en ese periodo de tiempo.

En el sobre se hallaba un dibujo a carboncillo en una simple hoja blanca; una chica dormía plácidamente con una colcha a la altura de sus hombros, la palma de una mano encima de la almohada y la otra escondida debajo, el cabello largo y rizado cubriendo la mitad de su cara. Ésa era mi posición, mi manía y mi costumbre para poder dormir, y te la sabías de memoria.

El dibujo estaba firmado con tu nombre y apellido al pie de la hoja, y debajo estaba la fecha: aproximadamente unas tres semanas antes de que rompiéramos.

Seguido del dibujo había dos hojas más, escritas con tu letra por ambos lados. Me escribiste la carta más hermosa y provocaste que las defensas de mi cerebro se debilitaran contra los deseos de mi corazón.

Te disculpaste durante todo el transcurso de la carta aunque dejaste muy por sentado que no te merecías mi perdón. Que eras el imbécil más grande de todos y que era muy probable que no me merecieras, pero que tampoco podías verte sin mí. Me llamaste tu casualidad más hermosa y tu complemento. Entre líneas percibí tu arrepentimiento, tu amor por mí y el dolor que todo esto te provocaba; te culpaste desesperadamente –aunque en sí fuiste el único culpable–; me diste las respuestas que tanto necesité ante tu falta de atención aunque ya no enmendaban ni justificaban nada; no cesaste de expresar que me amabas, pero que la última palabra sería mía.

Me diste el poder de decidir si merecías mi perdón o no; si nuestra historia podía seguirse escribiendo o quedaría con aquel final llevado a cabo en tu habitación.

Me marché de la ciudad con mamá y Andy para vacaciones de navidad aun sin darte respuestas. Mi corazón había comenzado a ganar batalla en mi interior desde antes de irme, pero necesitaba tranquilidad para pensar de igual forma. Tú, de todas maneras, me enviaste un mensaje de texto en noche buena; y estuvimos conversando un buen rato. Días después, en mi cumpleaños número diecisiete, me enviaste un mensaje de voz a medianoche. Fue el primer mensaje que recibí ese año.

–Independientemente de lo que vaya a ocurrir, aquí te espera tu regalo de cumpleaños. –Fue una de las cosas que dijiste en el audio, y sé que te referiste a la decisión que debía tomar y de la que no te había hablado en lo absoluto. Aunque tampoco preguntaste directamente sobre eso, porque me conocías, y sabías que necesitaba tiempo y espacio, así como me lo dijiste cuando me entregaste el sobre café con el dibujo y la carta.

Volví a casa un día antes de año nuevo; hice pijamada con las chicas esa noche y Lila me puso al tanto. Cuando tu atención se fue de mí, también se fue de nuestro grupo de amigos, sin embargo, en aquel entonces que yo no estaba y que tú y yo –sólo en el ámbito formal– ya no éramos tú y yo, habías vuelto a darle a nuestros amigos el lugar que siempre tuvieron; y aunque seguías saliendo de fiestas con tu grupo universitario, ya no era tan constante.

En el transcurso de la última noche del año quise acompañar a Andy a casa de Walter con un propósito, el mismo que había debatido con las chicas la durante la pijamada. Mamá nos había dicho que volviéramos antes de la medianoche, pero yo sabía que no sería precisamente rápido; conocía a mi hermano y más que todo, a mí. Mi corazón hinchado de tantos sentimientos y emociones que únicamente respondían a una persona, me había invadido todo el cuerpo, matando cualquier pensamiento que lo contradijera o refutara.

Esa noche la tengo tan clara en mis recuerdos: una niña rubia corrió hacia mí después de chillar mi nombre, cruzando la calle peligrosamente, con la consciencia de quien distingue a lo lejos a una persona muy querida a los cinco años de edad. Lucy se abrazó a mis piernas desnudas cuando llegó hasta mí, ignorante de como un auto la esquivó a toda velocidad.

–Leigh, te extrañaba, igual que mi hermano. –La recuerdo decirme con su vocecita dulce y aguda, cuando me puse a su altura y la abracé, asegurándome de que estaba completa después de aquello.

Cruzaste a prisas junto a Lauren, ya que gracias a la escasa iluminación no se vislumbraba con exactitud debido a quién había corrido Lucy de aquella forma. Tu madre me abrazó al llegar y percatarse de que se trataba de mí, y rápidamente se llevó a la niña mientras la reñía por haber corrido y haber cruzado la calle de esa manera. Mi hermano había permanecido de pie a un lado, y decidió reanudar sólo el camino hasta la casa de su mejor amigo.




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