El juicio al Cuervo apenas había terminado unos minutos atrás. La gente aún no había llegado a sus habitaciones ni las criadas terminado de ordenar la sala del rey cuando Alicia llamó a la puerta de la habitación de su padre. Necesitaba imperiosamente hablar con él. Si todo el mundo sabía qué tipo de persona era aquel mercenario y asesino, ¿cómo era posible que el propio Valdrick, a quien siempre se lo conoció como a un soberano práctico y muy sabio, permitiera que aquel criminal saliera al amanecer, caminando como si nada ocurriese, con la misma confianza que se le da a un ser querido?
Alicia necesitaba respuestas, y solo su padre podía dárselas. Llamó a la puerta mientras su mano derecha descansaba en su cintura. La voz de la princesa fue lo único que el rey necesitó para dejarla pasar.
Entró acomodándose la espada en su lado izquierdo. Valdrick estaba sentado en su escritorio con un té y dos panes secos con verduras mixtas. Una cena poco digna de alguien de su talla.
Alicia se colocó frente a él. Rechazó la comida que le ofreció. Sus ojos grises se anclaron directo en los verde esmeralda del rey.
—Padre, con el mayor de los respetos y sin poner en juicio tu visión, creo que has cometido un muy grave error al dejar libre a ese criminal. El Cuervo es un asesino buscado por reinos enteros y toda la cúpula de la iglesia. Incluso en Valhor hay precio por su cabeza. ¿No crees que es mucho riesgo? Entiendo que no quieras ensuciarte las manos, pero hay otras maneras.
Valdrick vio a su hija con una ligera sonrisa en su rostro.
—¿Por qué insistes en hablar como una académica frente a tu padre? Deja eso para las reuniones de guerra y los invitados diplomáticos.
Alicia suspiró y entrecerró los ojos. Un ligero tono rojizo cubrió sus mejillas. Había pasado largo tiempo desde la última vez que alguien había hecho observaciones sobre su forma de hablar o de ser. Desde pequeña había sido educada en la solemnidad y la fineza, entre la elegancia y la opulencia. Su dicción, algo forzada pero agradable de oír, hacía recordar a la que su madre acostumbraba a emplear desde que ella tenía uso de razón. Desde que la recordaba y hasta el día de su asesinato, Lisabeth, la madre de Alicia y Nandria, había sido el claro ejemplo de lo que significaba ser refinada y noble. Solía dirigirse siempre con calma y evocando las palabras justas, algo que su hija menor claramente anhelaba alcanzar pero aún no conseguía.
Se aclaró la garganta, recuperando su postura real.
—Lo que quiero decir —sus ojos se perdieron en la cena de su padre— es que deberías reconsiderar tu postura. Liberar al Cuervo podría traernos graves consecuencias, padre.
Valdrick hizo a un lado los platos.
—Alicia, hija… ¿Qué otras consecuencias podrían ser peores que el estar encerrados en esta antigua fortaleza mientras aquel falso rey se adueña de lo que nos pertenece?
Alicia no respondió.
—Además —Valdrick no esperó tampoco respuesta de ella— Valhor no tiene una recompensa por él. Sé que hay carteles que ponen precio por la cabeza del Cuervo, pero ninguna proviene de la Casa Real. Los hay también por muchos otros hombres y mujeres, pero los asuntos personales no le corresponden a la corona.
Alicia intentó interrumpir pero Valdrick la cortó en seco levantando su mano, algo que ella aún no se animaba a confrontar.
—¿Acaso no confías en mi juicio, hija? Si le di una oportunidad es porque no encontré en él lo que las historias dicen. Si me hubiese dejado guiar por los relatos, la fuerza del Cuervo habría sido suficiente para romper las cadenas que lo apresaban y acabar con todos nosotros. Pero seguimos aquí, ¿no? Es decir que quizás no todo lo que dicen de él debe ser verdad entonces.
Alicia no tuvo respuesta para eso. Valdrick pareció notar el cambio en la postura de su hija y deslizó sus manos por encima del escritorio, apretando las de ella.
—Sé que estos tiempos son difíciles, pero te pido que confíes en mí una vez más. Si acaso me equivoco y el Cuervo resulta ser el asesino que todos dicen, te juro por tu difunta abuela que yo mismo saldré a buscarlo y le daré muerte, y mi espada será justicia ante los ojos del mundo. Pero si cumple su parte del trato y vuelve, ¿Qué lo diferenciaría de un hombre de palabra y honor?
—¿Y qué harás si no puedes con él? Si es verdad que tiene poder sobrehumano, ¿cómo lo enfrentarás? ¿Y si usa la Llama Negra y terminas con una herida que jamás va a sanar? Terminarás perdiendo la razón como todos aquellos que marcó. No quiero eso, padre. No quiero perderte a ti también.
La expresión del rey cambió drásticamente; ahora ya no la miraba con determinación sino con una mezcla de piedad y melancolía. Apretó las manos de Alicia con más fuerza y sus ojos se cruzaron largos segundos.
—Eso no sucederá porque yo si tengo algo por lo que luchar, algo que me motiva. Las tengo a ustedes, a ti y a Nandria, y a todo un pueblo esperando mi regreso para liberarlos de aquel tirano que los somete. Esa es la fuerza que ninguna magia oscura podrá superar.
El aire se llenó de esos silencios que preceden a la resignación. Alicia miraba a su padre esperando una señal de cambio en su decisión. Cambio que, sabía, no llegaría. Finalmente suspiró, bajó la mirada hacia las manos de su padre y asintió
—De acuerdo —dijo al fin—, aunque no confíe en él, lo haré por ti. Espero ser yo la que resulte estar equivocada.
—Sólo por esta vez, espero que así sea —respondió Valdrick, soltándole las manos.
Volvió a ofrecerle que comiera con él, pero ella volvió a rechazarlo amablemente. Luego se despidió de su padre y se retiró de la habitación. En cuanto la puerta se cerró, el rey quedó mirando largo rato hacia aquella salida con un aire de resignación en su rostro. Se frotó las manos, ahora heladas, intentando calentarlas mientras recordaba la fría expresión en los ojos de su hija. Un último susurro escapó de sus labios mientras volvía a acomodar la cena frente a él.