Lo que observa sin ojos

Entre soldados y bandidos

El amanecer llegó con la rapidez de quien parecía apresurado por quitarse un peso de encima y con la promesa de que algo podría llegar a suceder. La luz del sol apenas parecía filtrarse por algunas fisuras en el techo de la prisión donde el Cuervo reposaba, ya sin cadenas, contra la pared fría y húmeda de su celda. Sabía, por las escaleras descendentes que debió bajar cuando fue trasladado, que aquel sitio debía encontrarse en un subsuelo, por debajo del nivel de la mayoría de los habitantes de la fortaleza. También sabía que, si la luz del sol llegaba hasta cerca de él, era porque aquella edificación podría venirse abajo en cualquier momento. Si la claridad podía atravesar techo, habitaciones, un piso de bloques de piedra y llegar hasta allí, entonces el estado general debía ser deplorable.

Miró hacia todos lados ahora que su visión era más clara. Uno de los barrotes que lo encerraba sólo tenía media altura. Las baldosas, flojas, revelaban un subsuelo aún más profundo. Las cadenas que se había quitado parecían más peligrosas por el óxido que por dejarlo a merced de sus captores. Demasiados puntos ciegos, demasiadas oportunidades de escape. Estaba claro que tiempo había pasado desde la última vez que alguien estuvo allí donde ahora yacía él. Después de todo, escaparse de aquella fortaleza en ruinas no habría sido mucho más difícil que salir por la puerta de la propia casa.

El Cuervo analizaba aún los relinchos que Tempestad, su corcel, había proferido la noche anterior cuando percibió el sonido de una reja abriéndose, acompañado por el paso apresurado de botas metálicas. Tres pares de ellas, para ser exactos. Era fácil saberlo por el ritmo que cada uno tenía al caminar, muy diferente entre sí. Los esperó pacientemente y con la mirada fija. Sus manos aguardaban ansiosas, listas para defenderse de ser necesario.

Tres guardias llegaron hasta su celda. Uno de ellos, a juzgar por su uniforme diferente aunque vulnerable, era el de más alto rango. Fue quien le dirigió la palabra mientras los demás permanecían en silencio.

—¿Quién te ha liberado? Fuiste dejado encadenado anoche. ¡Habla!

El Cuervo solo lo observó pacientemente. No hubo movimientos por parte de él.

El superior frunció el ceño.

—Te he hecho una pregunta, prisionero. Será mejor que respondas, ¿o me obligarás a sacarte la respuesta a la fuerza?

De un solo movimiento de sus pies, el Cuervo lanzó los grilletes rotos hacia adelante haciendo que impactaran contra los barrotes. El ruido se propagó por toda la prisión, rebotando en cada lugar incluso donde aún la luz del día no había llegado. Luego se puso de pie y llegó hasta los límites de la celda.

—Ven y sácamela a la fuerza si te atreves. Con gusto te lo diré al oído si entras.

El soldado vaciló y retrocedió un paso, chocando su espalda contra sus dos compañeros. Luego ordenó a ambos que ingresaran para traer al prisionero pero ambos parecieron negarse solo con la mirada. El Cuervo pareció impacientarse.

—Podemos seguir aquí perdiendo el tiempo, o podemos ir a cumplir con la orden de su rey. Ustedes eligen.

Los tres se miraron algunos segundos. Entre la duda, finalmente habló el superior ordenando que abrieran las rejas y lo dejaran salir, no sin antes desenvainar sus armas.

—Intenta lo que sea y te atravesaré sin dudarlo.

El Cuervo solo lo observó. Sin otra palabra, los cuatro marcharon hacia el piso superior. Con los guardias rodeándolo y sus armas listas para el ataque, era el prisionero quien marchaba por delante de todos.

Llegaron finalmente al patio de la fortaleza.

Allí una multitud los aguardaba entre soldados, miembros de la iglesia y la familia real.

Valdrick fue el primero en llegar hasta ellos. Con calma inusitada y sin el temblor de los guardias que lo escoltaban, el rey se dirigió directo al mercenario.

—Te di mi palabra de que te liberaría y cuidaría de tu caballo si tú cumples tu parte. ¿Puedo fiarme de la tuya?

El Cuervo no vaciló.

—Puedes hacerlo. Regresaré y espero que cumplas tu parte. Si no fallas, yo no fallaré.

Tras el rey, ambas princesas observaban ferozmente al prisionero, aunque cada rostro parecía emanar una emoción diferente.

Veredor también estaba allí, presenciando el asunto y tomando nota para el registro oficial de la Única Iglesia. Su rostro no parecía el mismo que reflejaba la calma y la paz con la que hablaba frente a la multitud de creyentes. Parecía, más bien, el de un inquisidor observando a un hereje.

Hubo un cambio de escoltas. Aquellos tres soldados que habían marchado a su celda a recogerlo dejaron lugar a otros siete, los cuales lo acompañarían en busca de aquellos bandidos mencionados por el rey.

Un sacerdote llamado Ranzger llegó y oró frente a los expedicionarios. Luego tomó una copa de oro y en ella introdujo su dedo índice derecho. Una fina gota de aceite cayó cuando lo retiró.

Uno por uno, Ranzger bendijo a los soldados, en nombre del Padre Eterno y deseándoles buen regreso, sanos y salvos; pero al llegar al Cuervo su expresión cambió, pasando del temple y la benevolencia a la incertidumbre.

—Que el Padre Eterno te guíe… y pronto te encuentres ante Él.

No respondió nada. En cuanto terminó, dos cuidadores llegaron hasta allí con los caballos que usarían para el viaje. Eran ocho en total, uno para cada uno. Sin Tempestad, pues aseguraban que ensillarlo había sido imposible y que apenas habían logrado que uno de los soldados pudiera alimentarlo, habían preparado un tordo para el Cuervo, quien pareció no sorprenderse por la fiereza de su compañero equino.

Volvieron a asegurarse de que no tuviera arma alguna encima antes de partir, no sin antes prometerle que en cuanto llegaran con los bandidos le darían dos dagas para que pudiera atacar.

Montaron con calma y uno a uno, en fila, comenzaron a abandonar la fortaleza. Tres soldados por delante del prisionero, dos a sus costados y otro dos por detrás se marcharon de La Garganta del Tigre en dirección al este, al encuentro con aquellos bandidos.




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