La comunidad donde aquellos bandidos vivían era, a todas luces, un conjunto de casillas improvisadas que se sucedían en un fractal casi infinito de paredes caídas y techos que no alcanzaban a cubrir por completo sus cabezas.
Rodeada por los más espesos árboles con sus ramas tupidas y con zonas que podían pasar días enteros sin ver la luz del sol, aquella comuna había sabido organizar sus viviendas de tal manera que aun estando a escasos metros sería difícil diferenciarlas de la densa flora del lugar.
Dispuestas en círculos cerrados, eran en total tres anillos que parecían proteger una edificación en particular del centro. En el anillo exterior vivían los hombres y mujeres más experimentados, aquellos que jamás dudarían un segundo en tomar la espada y menos aún en usarla.
En el medio se encontraban los más jóvenes pero inexpertos, los que compensaban su falta de práctica en combate con su entusiasmo y su fortaleza física. Los niños, con sus madres y los ancianos, vivían en el círculo interior. Aquellos que menos posibilidades de defensa tenían en caso de un ataque eran protegidos por los dos bandos anteriores. Pero esa ubicación tenía un alto costo: al quedar encerrados, su supervivencia dependía pura y exclusivamente de los grupos anteriores si alguien intentaba alguna ofensiva contra la comunidad.
A pesar de ubicarse en medio de un bosque y no muy lejos del Río Frío, las personas de allí parecían depender de lo poco que pudieran sembrar y de la caza de los grupos de exploración. La comida solía ser escasa y casi siempre se distribuía en virtud de las necesidades del momento, por lo que no todos sus habitantes podían darse el lujo de tener sus estómagos llenos todos los días. Eso era algo fácilmente visible con tan solo observar ligeramente la situación en los alrededores: niños y niñas desnutridos, hombres y mujeres sin fuerza y cuyas heridas tardaban más de la cuenta en sanar, pocos ancianos y escasez total de cualquier tipo de mascota.
Tuomas y el resto de los bandidos los guiaron sin mediar palabra. Se habían posicionado de tal manera que ningún movimiento podía ser hecho sin despertar las sospechas de los lugareños. El Cuervo marchaba en primer lugar, solo por detrás del líder. Su vista recorría las defensas del lugar y los posibles puntos de escape. De estos últimos parecía estar plagado, como si no hubieran hecho demasiado esfuerzo en evitar que cualquier posible enemigo escapase con facilidad.
Las miradas de los jóvenes y pocos ancianos demostraban la curiosidad por los forasteros. Los niños más pequeños los miraban como quien observa algo que no debería existir. Los jóvenes que aparentaban estar siempre listos para la batalla los veían con severa desconfianza.
Atravesaron los tres anillos en pocos minutos y llegaron al fin hasta la edificación del centro. Aunque aquella no difería demasiado de las pobres condiciones edilicias e improvisadas de las demás construcciones, era la única que estaba bellamente adornada con un jardín de flores y plantas frutales.
Tuomas se detuvo y se dirigió a ellos.
—Esta es la casa de Iketan, nuestro líder y guía. Muestren respeto y no intenten nada o no tendremos piedad con ustedes.
Se detuvo un segundo en el Cuervo. Inspeccionó su atuendo con atención detallada, observando cada prenda, deteniéndose la mayor parte del tiempo en las plumas. Sonrió tenuemente y con cierta ironía en su expresión. Se dio medio vuelta, dándoles la espalda al resto. Ingresó sin mediar palabra mientras los demás empujaban al grupo hacia la casa.
Una vez dentro, Iketan los recibió. Podrían haber esperado encontrarse con un anciano sabio o un hombre al menos con más barba que cabello. Sin embargo, quien los recibió parecía estar apenas en sus cuarenta y en buen estado de salud, con un mayor parecido a un soldado de alto rango que a un líder sabio.
Edras lo observó fijamente con el ceño fruncido mientras Iketan se presentó ante ellos. Luego preguntó a Tuomas el motivo de la visita.
—Los hallamos cerca de la tercera entrada, caminando pasivamente hacia nosotros. Dicen que vienen de parte del rey Valdrick con una oferta de paz.
—Los enviados de Valdrick no son bienvenidos, ni sus ofertas aceptadas. No queremos saber nada con aquel déspota y corrupto. Será mejor que se larguen en silencio y ahora o…
Hubo un segundo de silencio. Iketan clavó su mirada en el manto del Cuervo.
—¿Por qué traes esas plumas sobre tu espalda? ¿Acaso no sabes lo que podría significar que te confundan con…
—Con el Cuervo, lo sé —interrumpió rápidamente—. Pero no es confusión, yo soy él. Y he venido a negociar un acuerdo.
Silencio. Uno total y sepulcral.
Tuomas y los demás rápidamente tomaron sus espadas. Sus miradas se fijaron intensamente en todo el grupo de forasteros, aún desprovistos de sus armas. El grito de Iketan cortó la tensión como un latigazo al aire.
—¡QUIETOS! Será mejor que se calmen. Es solo un bromista; y aún si fuera quien dice ser, no ha hecho nada que amerite la violencia. —Miró al Cuervo fijamente-. Si eres un charlatán será mejor que lo admitas ahora, o las cosas podrían ponerse peor.
—No tengo por qué presentarme dos veces. Como dije, venimos en nombre del rey Valdrick porque su gente ha estado saqueando y atacando a quienes pasan por cerca de aquí. Y me contrató para que eso se acabe. Ahora, podemos hacerlo por las buenas o por las malas, para mí es exactamente igual. Para ustedes no.
La amenaza quedó flotando durante unos segundos eternos. Iketan se puso de pie y avanzó lentamente. El Cuervo desvió su mirada hacia la precaria armadura y la daga corta que escondía entre sus ropas. Vio dos puntos en las uniones del brazo con el pecho donde el líder parecía no tener cobertura. Tuomas y los suyos se acercaron también, con sus manos firmemente agarradas a las empuñaduras de sus armas. La voz de Edras, repentina, calmó la situación.
—¿Capitán Derian? ¿Es usted?