Lo que observa sin ojos

La Llama Negra y la Dama de negro

Arbok continuaba tirado en el suelo, tomándose la herida recién infligida en su pecho. Con su respiración agitada y errática, veía al Cuervo aún de pie frente a él sosteniendo la misma daga que había usado para herirlo. Aquella arma, la que Tuomas le había devuelto en la caza de Iketan, aún permanecía cubierta por la Llama Negra en lo que parecía un baile enfermizo de llamas que no quemaban pero marcaban.

Habían pasado algunos segundos eternos desde el ataque de aquel mercenario, desde que su cuerpo recibió el abrazo maldito de la oscuridad que emanaba de la hoja. Para Arbok la sensación no había cambiado: sentía todavía el filo del acero adentro suyo, cómo le rasgaba la piel y descendía hasta dejarle una herida que no paraba de sangrar.

No era la primera vez que lo lastimaban. Pero la sensación de percibir la daga abriéndolo a la vez que la veía en las manos del forastero era algo que jamás había experimentado.

Sin embargo, nada parecía compararse con el dolor: no se sentía como un latido o como una punzada, ni como algo que ardía. Esto era distinto, más visceral y profundo, algo que venía de muy dentro suyo. Era como si una parte de su ser hubiera sido arrancada y expuesta a un vacío sin fin.

Se levantó aterrado, intentando huir, quizás pensando que aquella táctica lo salvaría del dolor. El Cuervo le barrió los pies con rapidez y con la furia de quien parecía estar controlando algo que lo lastimaba. Lo derribó de nuevo, de cara al suelo.

La respiración del mercenario comenzó a hacerse más pesada e irregular. Parecía que algunos de los golpes recibidos ese mismo día comenzaban a pasarle factura. Una gota de transpiración que no parecía acorde a la situación bajó rápidamente por su frente.

Sin perder tiempo, volvió a tomarlo de las ropas y lo levantó a la fuerza. Cuando quedaron cara a cara, uno de los cómplices de Arbok intentó atacar al Cuervo. Sin dudarlo, quitó el fuego que cubría las dagas y lo apuñaló directo al corazón. Ni siquiera miró el cuerpo desplomarse, su mirada seguía fija en el líder bandido.

Ordenó que mantuvieran al resto de los bandidos mejor vigilados y que mataran a cualquiera que intentara alguna estupidez. Se dirigió de nuevo al herido, que sollozaba mientras intentaba tomarse el pecho aún sangrante.

—Escúchame idiota, estoy cansado de tus juegos. ¿Quieres vivir o morir? Será mejor que te decidas y colabores.

—Por… por favor, ayúdame —respondió Arbok, con lágrimas en sus ojos—. Quítame esto, haré lo que sea.

El Cuervo sonrió tenuemente. Sin contemplaciones por el dolor del joven, lo soltó y en un solo tajo abrió sus ropas, exponiendo su pecho. La herida estaba en carne viva, punzante, casi como si respirara. Volvió a cubrir sus dagas con el fuego oscuro. Arbok gritó horrorizado, pero el mercenario lo tranquilizó rápidamente.

—Déjame trabajar o te dejaré esa marca hasta que enloquezcas y te tires a un barranco como tantos otros.

Lo sostuvo del cuello y acercó el arma al torso desnudo del bandido. Usando el perfil de la hoja aún encendida apretó con fuerza la marca que le había generado segundos atrás.

La expresión de Arbok se transformó en horror al sentir de vuelta el fuego contra sí. Gritó con todas sus fuerzas, intentando alejarse lo más posible. Pero el agarre que el Cuervo imprimía con sus manos le hacía imposible zafarse de sus garras. A pesar de que lo intentó con cada músculo de su ser, no logró siquiera mover mínimamente al mercenario.

Poco a poco se fue calmando, relajándose a medida que la llama hacía su trabajo. Observó confundido al mercenario que tenía frente a él.

El Cuervo pareció estar hipnotizado en aquella herida que ahora tapaba con la daga aún encendida. Un suspiro de relajación salió expulsado de él, como si se hubiera liberado de un gran peso de encima.

Cuando levantó la daga del pecho de Arbok, la marca de la Llama Negra se había extinguido. Parecía que jamás había habido una herida allí. Arbok se tocó, confundido. Sus ojos escaneaban cada milímetro de su cuerpo semidesnudo, buscando alguna lógica en lo que acababa de ver.

Cuando el Cuervo se apartó, notó como todos lo observaban con espanto y temor. No le dio demasiada importancia y le entregó su hoja al bandido. No le sacó la mirada en ningún momento.

—¿Qué sucedió? ¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó Edras. La duda pareció reflejar lo que todos esperaban saber.

—Le quité la marca de la llama. Considéralo un gesto de buena voluntad de mi parte.

Por un momento nadie habló. El Cuervo los observó a todos de reojo, examinándolos en búsqueda de alguna reacción. Pero no halló ninguna que no fuera miedo o intriga.

Volvió a dirigirse a Arbok.

—¿Entonces qué? ¿Dejarán en paz a la gente? ¿Tengo su palabra? ¿O debo marcarlos a todos y abandonarlos?

Los bandidos, atemorizados por el asesinato de su compañero y la forma en la que su líder había sido humillado, imploraron clemencia. Juraron no volver a atacar a ningún inocente. Pero eso no pareció bastar para el mercenario que no quitaba su mirada de Arbok.

—Entonces tenemos un trato.

—Tienes mi palabra. No habrá más ataques a quien no lo merezca.

—Bien —respondió el Cuervo—. Si faltan a su palabra volveré y no habrá segunda oportunidad para nadie. Están advertidos.

Hizo un breve silencio antes de continuar.

—Otra cosa… la aldea parece estar abandonada a su suerte. Le vendría bien su fuerza. Podrían ayudarlos.

—¿Qué dices? Algo así no es posible —respondió Arbok.

Los ojos abiertos de Tuomas parecieron compartir la misma inseguridad.

—Cuervo, eso es en verdad una locura. No hay posibilidades de que termine bien. Ha habido grandes enfrentamientos entre ellos y nosotros, con mucha sangre derramada. No puedes obligar a dos enemigos a cooperar.

Pero al mercenario no pareció importarle ambas oposiciones. Se limitó a distanciarse del grupo mientras masajeaba su propio pecho. Y aunque nadie lo vio, lo hizo con la mirada baja y una expresión de dolor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.