La puerta de la habitación de Nandria se abrió despacio ese amanecer, casi con la vergüenza de quien intenta no llamar la atención de cualquiera que pase cerca.
El juicio al Cuervo había terminado hacía escasas horas y la sentencia del rey no dejó margen a dudas. Aquella mañana, ese mercenario marcharía junto a una pequeña comitiva en búsqueda de los bandidos que infestaban los principales caminos que comunicaban a la fortaleza con Valhor. Lo que parecía impensable había sucedido, y ahora sólo quedaba confiar en que las cosas salieran de la manera que Valdrick esperaba.
Al revuelo causado por la presencia del Cuervo más el movimiento inusual de soldados para evitar que cualquier zona quedara sin supervisión, se le sumaba el ruido incesante de los cuidadores de caballos.
Desde hacía cerca de una hora que la mayoría de los animales estaban ya listos y preparados para partir, con sus monturas colocadas y sus frenos ajustados. Todos menos Tempestad.
El fiel compañero del mercenario parecía no dejar que nadie se acercara a él.
A duras penas, la noche anterior el joven Edras había conseguido darle algo de alimento y llevarlo a su corral sin que intentara patearlo o morderlo. Aquel soldado novato pareció ser el único en hacer algún tipo de conexión con ese zaino oscuro como la noche, como si el animal rechazara a los demás al haberlos visto lastimando a los otros caballos o hablando mal de algunos compañeros.
Pero Edras no estaba esa mañana pues el rey lo había sumado a la comitiva que acompañaría al Cuervo al bosque a cumplir con su parte del trato. Por lo que aquella mañana nadie pudo siquiera acercarse a Tempestad y debieron preparar otra montura para el mercenario.
Mientras todo aquello captaba la entera atención de la fortaleza, y algunos guardias eran ordenados para ir en búsqueda del prisionero, Veredor se marchó de la habitación de la princesa mayor tras haber pasado la noche allí.
Se retiró sin mirar atrás y sin despedirse, acomodándose los cabellos rubios y ajustando su ropa sacerdotal.
Se internó en la capilla para proclamar la primera oración del día, como era su costumbre.
Miró a su alrededor. Los bancos, vacíos y llenos de polvo, le provocaron una ligera mueca de desagrado. Observó la figura del Padre Eterno frente a él y pidió por ayuda para llevar más gente ante su presencia.
Luego tomó de vuelta el lazo rojo que ocultaba entre sus prendas y, a diferencia del día anterior, lo enredó alrededor de dos de sus dedos —el índice y dedo medio derechos— hasta que se confundieron con el color de la atadura.
Oró como siempre le habían enseñado y se preparó para partir al patio de aquella fortaleza, donde el rey lo aguardaba para despedir a aquel mercenario.
Nandria se retiró de su propia alcoba algunos minutos después. Con el mismo silencio y sigilo que su acompañante, la princesa marchó con paso acelerado y la mirada baja, con su cabeza oculta tras un pañuelo de seda y ropas que tapaban sus habituales prendas.
Llegó apenas minutos antes que la comitiva que partiría al bosque se hiciera presente. Ya con su ropa habitual, no quitó su vista del Cuervo en ningún momento. Lo observó con la concentración de quien espera que la mirada le sea devuelta. Fijamente, quizás más de lo que se consideraría normal, mantuvo su atención en él casi obsesivamente.
La partida de la misión en búsqueda de los bandidos fue como un golpe en su moral. Aquel hombre, ese mercenario por todos señalado y con un manto de plumas en los hombros, jamás le retribuyó la mirada.
Se marchó del patio de aquella vieja fortaleza en cuanto el primer soldado cruzó la puerta. Sin esperar a que los demás terminaran de irse, se dirigió directo a la sala de armas, donde habían llevado las famosas dagas negras del Cuervo.
Aquellas hojas, de casi un metro de largo y curvadas cual colmillo, eran fuente de leyendas y mitos. Desde que su filo era eterno hasta que absorbía la vida de quién estuviera cerca, todo tipo de rumores se esparcían con temor y en voz baja sobre ellas.
Nandria las observó largamente con casi la misma obsesión con la que minutos atrás había visto a su dueño. Las examinó con lentitud y una mueca de excitación.
Sus ojos verdes parecieron relucir durante los instantes en que las sostuvo entre sus manos temblorosas. Se perdió en aquellas dagas largos segundos, analizando su filo y lo extremadamente pesadas que eran.
Del material no pudo sacar conclusiones pues no parecían estar forjadas de ningún metal o aleación que ella conociera.
Aún sosteniéndolas, su mente pareció irse algunos instantes. Divagó entre todas las posibilidades y futuros que le otorgaría tenerlas a su servicio. La misión era clara: si el Cuervo respondía a ella, entonces tendría a sus órdenes la mayor arma de destrucción desde que el último dragón ancestral surcó los cielos de Sabeiras.
En aquel estado casi de hipnosis no se percató del momento donde acomodaba algo entre sus ropas.
Dejó las dagas de vuelta en su sitio segundos antes que Alicia la encontrara.
Su hermana menor parecía haberla estado buscando durante algún tiempo. Nandria sintió la baja de la temperatura antes de verla.
—No creí que te marcharías tan rápido, en especial por como observabas al demonio aquel. En un momento llegué a creer que saldrías corriendo tras él.
La voz de la princesa de hielo era baja y afilada. Tenía los ojos clavados en los cabellos carmesí de su hermana, la cual aún estaba de espaldas a ella.
—Son los hombres los que corren por mí, Ali, no yo la que los sigue. Se llama autoestima, deberías probarlo cada tanto —se giró y apoyó contra la mesa donde aún descansaban las armas—. Quizás así podrías conocer a alguna persona que no sea familiar tuyo.
Alicia suspiró y cerró los ojos como quien busca las fuerzas para no reaccionar. Un resoplido pequeño acompañó el leve vapor helado que salió de su boca.