Lo que observa sin ojos

Dos aliadas, dos incógnitas

El Cuervo avanzaba con dificultad entre la maleza del bosque. La luna aún se alzaba en lo alto del cielo y las últimas estrellas se resistían a apagarse cuando decidieron marcharse de la comunidad comandada por Iketan.

Apenas unos saludos formales bastaron en la despedida de los tres sobrevivientes minutos atrás con el líder y Tuomas. Edras, fiel a su visión, les había prometido ayuda en cuanto la situación mejorara. Ofreció comida y cargos en el ejército de Valhor de ser posible. También protección y reconocimiento.

Pero todo fue rechazado.

Las convicciones de aquellos que respondían a Iketan parecían ser más fuertes que cualquier oferta, aunque esta viniera de rostros nobles, y no sería fácil hacerlos cambiar de parecer.

Intentó convencerlos de aceptar, pero la orden de marcharse por parte del Cuervo mató cualquier negociación posible. Sin embargo, la buena fe del muchacho se vio recompensada con agradecimientos y promesas de hospitalidad si volvía a visitarlos.

Caminaban en fila, con el único soldado rebelde que permanecía con vida, llamado Sares, y Edras cerrando la marcha. Durante lo que duró el amanecer avanzaron sin mediar palabra alguna y con la concentración de quien parecía estar siempre buscando peligros.

El Cuervo fue quien rompió la monotonía del viaje.

—Debemos ponernos de acuerdo en qué contarle a Valdrick. Si le decimos la verdad, ambos serán castigados por desobedecer. Si mentimos y se entera, el castigo será peor. Diremos una verdad camuflada. Después de todo me pidió que me encargara de ellos pero no dijo cómo. Y eso hicimos. Le haremos saber que ya no serán un problema, lo que es cierto. Y nada más. Nada de detalles. A menos que quieran ser juzgados y encerrados como me hicieron a mí.

—¿Crees que sea una buena idea? El rey no es idiota, sabrá la verdad tarde o temprano. ¿No sería mejor decir la verdad y ya? —preguntó Edras. El Cuervo ni siquiera lo observó para responderle.

—Me pidió que me encargue del problema de los bandidos, ¿si o no?

—Así es.

—Y eso hice. Ya saben lo que soy capaz de hacerles y que no dudaré un segundo, si después de eso aún insisten en sus cosas entonces o bien son estúpidos o son suicidas. Por ahora el problema fue resuelto. Además, decir lo que realmente ocurrió implicaría delatar a Sares y quien sabe el castigo que podría recibir por eso —hizo un segundo de silencio. Se oyó la respiración que salía con fuerza de sus fosas nasales —. Yo mi parte la hice. Ustedes digan lo que le plazca.

Sares, que venía sin decir palabra y en completo silencio también habló.

–Creo… creo que el Cuervo está en lo correcto. El problema se resolvió. Es lo mejor para todos. A nadie le conviene la versión completa.

Edras observó al soldado con una mezcla de sarcasmo y cansancio, pero no respondió.

Avanzaron hasta encontrar de nuevo los caballos. De los ocho originales, solo cuatro permanecían aún atados tras un día entero. Los demás simplemente habían desaparecido, huido o sido robados.

Montaron y se marcharon de allí en dirección a la fortaleza.

Llegaron a ella con las primeras luces de la mañana. En la puerta, dos guardias le salieron al cruce al trío.

—¿Dónde están los demás? —preguntó uno de ellos sin la más mínima cortesía—. Eran más los que salieron de aquí.

El otro soldado también avanzó aunque se dirigió directamente al Cuervo.

—Habla, prisionero. ¿Qué sucedió con los demás? ¿Les diste muerte?

Pero el mercenario solamente se dedicó a observarlo desde arriba del caballo, rebajándolo con la mirada y sin responder.

Edras intercedió.

—Él no hizo eso. De hecho, nos ayudó demasiado. Los que no volvieron fue por una emboscada de los bandidos. Nos atacaron de sorpresa y perdimos a varios hombres.

Los guardias se miraron entre sí.

—¿Es eso verdad?

—Lo es. Fue algo repentino, no tuvimos posibilidad de reaccionar. Las almas de esos hombres ya descansan en paz.

Dudaron un segundo. Sares también avaló la historia de los bandidos ante ellos.

Finalmente, y aunque de mala gana, los dejaron pasar.

Entre miradas extrañas y susurros de juicio, los tres sobrevivientes avanzaron por el patio de la fortaleza con el paso rápido pero seguro.

La noticia de su llegada corrió rápidamente entre la multitud, llegando pronto a oídos de Valdrick, quien los recibió mientras desmontaban.

—Bienvenidos de vuelta —comenzó el rey—. Veo que has cumplido tu palabra.

Observó el panorama total del grupo. Sólo tres de los ocho viajeros y cuatro caballos. Se acercó mientras Alicia llegaba hasta donde estaban. La princesa continuaba manteniendo su atención en el Cuervo, como si intentara encontrar alguna grieta en sus palabras.

—Aunque también veo con tristeza que muchos no regresaron.

El Cuervo asintió mientras la gente comenzaba a agolparse alrededor de ellos. El susurro era constante y los rumores parecieron volar aquel día.

—Tuvimos inconvenientes, más de los que esperábamos. No todo salió de la mejor manera —respondió Edras.

Valdrick levantó su mano. Aquel gesto, característico de él, parecía siempre ser suficiente para que todos callaran.

Ordenó que llevaran a los caballos a buen resguardo y luego le pidió al Cuervo que lo esperara en la misma sala donde había sido juzgado hacía solo dos días.

Con Edras y Sares el trato fue diferente.

El rey llevó a ambos soldados a una habitación privada y los interrogó respecto a lo que había sucedido.

Ambos dieron una versión manipulada de la verdad, tal y como habían acordado con el mercenario.

Sin embargo, Valdrick pareció no quitar la mirada del joven Edras en ningún momento, ignorando casi al completo a Sares. Como si intentara ver más allá de sus palabras, aquellas pupilas verdes parecieron penetrar en la mente del soldado como si estuviera siendo juzgado.

Cuando al fin terminaron el relato, el rey habló.




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