La noche pasó rápidamente. El Cuervo, ahora aliado del rey Valdrick y habiendo pactado ayudarlo en su cruzada, pudo descansar en una habitación quizás por primera vez en mucho tiempo.
Tras recuperar sus dagas, tanto las oscuras como las normales, visitó a su caballo en los corrales que le habían asignado.
Tempestad lo recibió exultante, galopando hasta la tranquera al verlo llegar y colocando su cabeza para recibir las caricias de su amo. Allí el Cuervo comprobó el estado de su compañero, se aseguró de que evidentemente había sido alimentado, revisó sus herrajes y el agua. Luego le dio alfalfa y se marchó para descansar al fin.
El amanecer lo encontró de nuevo junto a Tempestad. Era una mañana más calurosa y húmeda de lo habitual. El movimiento dentro de la fortaleza parecía contenido y expectante.
Muchos ojos se desviaban hacia su dirección. Él los ignoraba, seguramente acostumbrado a ser objeto de atención.
Tenía cargadas sus dagas, dos cantimploras con agua y una bolsa de alimento cuando el caballo comenzó a bufar.
La mirada de su montura parecía clavarse en un punto fijo, ignorando por completo al jinete que apretaba con fuerza la cincha en su cuerpo.
Pero no se alejaba. Sólo se lo veía molesto o incómodo.
Casi como si aquel animal no se decidiera a quedarse o irse.
El Cuervo no volteó, no lo necesitó. Conocía en demasía a su compañero equino como para saber lo que le pasaba.
Sabía que alguien se acercaba, incluso aún antes de oír los pasos.
El tranco era tranquilo y elegante, más como una danza que como una simple caminata. Se acercaba con un ritmo constante y seguro. Y con la determinación de quien pareciera no detenerse ante nada ni nadie.
El perfume fue lo siguiente que llegó a sus sentidos. Era dulce y acogedor, una mañana fresca en la montaña.
Los ollares de Tempestad se abrieron de manera errática aunque continuaba negándose a alejarse.
Cuando el Cuervo volteó, Nandria estaba a pocos metros de él. Cargaba consigo una tela de arpillera que evidenciaba algún presente bajo ella.
—Buenos días, aliado. Me alegra haber llegado antes de que partas. Esperaba encontrarte aquí.
Aunque él no se giró de inmediato, la inquietud del caballo captaba toda su atención.
Tras acariciarle el cuello al animal, finalmente se puso de frente a la princesa.
—Tuviste suerte. Estoy a punto de partir. Unos minutos más y no llegabas a tiempo.
Nandria sonrió.
—Hubiese sido una lástima si no hubiera llegado a darte mi regalo de despedida.
Extendió los brazos hasta invadir el espacio personal del mercenario. Sus manos tocaron ligeramente el pecho de él.
El Cuervo retiró la tela de arpillera sin decoro mientras ella no le quitaba la vista de encima. Descubrió una pechera para su montura con el blasón del reino junto a una cadenilla de oro fino y muy delicada.
Las examinó y le devolvió la mirada.
—¿Qué quieres con esto?
—Es tradición —respondió, apoyando las cosas en el suelo—. El pecho pretal es para que sepan que eres aliado nuestro. Eso te protegerá en el exterior.
–No necesito protección. Las dagas y mis manos son todo lo que necesito para sobrevivir.
—Eso lo sé, pero ahora sabrán que además estás con nosotros.
—De acuerdo. ¿Y la cadenilla? ¿En qué me ayudará?
Nandria la tomó con sutileza. Su mirada se volvió algo melancólica y sus ojos parecieron humedecerse ligeramente por un pequeño instante. Sus pupilas verdes relucían bajo el sol del amanecer.
—Fue un regalo de mi madre. Una de las pocas cosas que aún me quedan de ella —la pasó de mano en mano sin quitarle la vista—. Hay una tradición en Valhor muy antigua: cuando un soldado viaja fuera o va a la guerra, intercambia con alguien especial un objeto con la promesa de que volverá para regresárselo. Y cómo nadie te ha entregado nada, pensé que quizás podría hacerlo yo.
El Cuervo no la tomaba aún.
—Ni soy soldado ni soy de Valhor, no lo olvides. Solamente estoy aquí por un contrato con tu padre, nada más.
—Lo sé, pero no por eso te haré a un lado de nuestras costumbres. Es algo muy valioso para mí, no me lo rechaces.
El mercenario suspiró y tomó la cadenilla. El metal estaba caliente, producto de las altas temperaturas algo anormales para esa época del año. Volvió su mirada a Nandria.
—De acuerdo, ¿Qué quieres a cambio?
—Nada especial, al menos nada como lo que te estoy dando. Pero me gustan las plumas de tu manto. Podrías darme una y te la devolveré al regresar.
El Cuervo cumplió el pedido de la princesa. Se quitó una de las plumas de su manto y se la entregó a ella.
Allí notó las mangas largas y pesadas del vestido de Nandria tapando su brazo entero, algo que no parecía acorde a la temperatura de la mañana.
—¿No tienes calor con eso? —le preguntó mientras le entregaba la pluma. Ella tardó más tiempo de lo normal en responder.
—El sol está algo fuerte y mi piel es sensible —dijo nerviosamente—. Además las princesas debemos mantener el decoro, y enseñar más de lo necesario no es un buen gesto.
No dijo nada, pero guardó la cadenilla entre sus ropas.
Tempestad retrocedió algunos pasos sin sacarle la vista de encima a ella.
—Tu caballo es muy singular, en especial por esos ojos. Jamás había visto uno con ese color rojizo.
—Es especial, sí. Quizás ve más de lo que muchos creen.
Nandria solo se limitó a sonreír y permaneció algunos minutos más a su lado. Luego de preguntarle por la veracidad de Eirein y la gata que sonríe, se marchó con su paso algo más errático y nervioso.
Cuando el Cuervo intentó colocarle la pechera a Tempestad, este comenzó a moverse sin parar impidiendo que pudiera cambiarla.
Finalmente se rindió y guardó el regalo entre los suministros. Sin esperar otra visita montó y comenzó a avanzar por el patio de la vieja fortaleza.
Pasó frente a Valdrick. El rey lo observaba a la distancia, desde el balcón de un primer piso.