El Monte de las Águilas se alzaba majestuoso e imponente frente al Cuervo. El mercenario había comenzado a avanzar hacía cerca de dos horas pero sabía que aún restaba mucho camino por recorrer.
Situado al este de Valhor entre los ríos Cristal y Syoga, los casi siete mil metros de altura lo posicionaban entre los picos más altos de Sabeiras. Su nombre provenía de su peculiar formación rocosa, pues desde prácticamente cualquier ángulo que se veía, aquel monte parecía tener la forma de la cabeza de un águila. Era especialmente evidente como sobresalía el pico del ave y dos grandes regiones donde la nieve no llegaba a cubrir por completo y que parecían ser sus ojos.
Y aunque gran parte del año su cima solía estar cubierta por un manto blanco y helado, unas pocas semanas en el verano cuando el deshielo avanzaba parecían terminar de darle la forma animal que le daba el nombre.
Por la ladera de aquel sitio avanzaba el Cuervo montado a Tempestad. El caballo bufaba y movía su cabeza sin parar en una danza ansiosa y constante mientras el jinete intentaba tranquilizarlo. Pero casi como si supiera que aquello no funcionaría, el gesto lento y mecánico de su mano acariciando entre las orejas del animal parecía algo más bien obligatorio.
Levantó la vista a medida que ascendía sin descanso. Hacía dos años que no recorría aquel camino, dos años en los que parecía haber olvidado las inclemencias de ese monte. La última vez que había hecho aquel camino, un contrato privado entregado de forma personal le había solicitado una caza muy particular, pues la presa era nada más ni menos que la última dragona ancestral conocida.
La batalla contra aquel ser antiguo fue dura y pareja, más de lo que cualquier contrato pudiera recompensar. Probablemente, la más difícil que el Cuervo había recibido en toda su vida. Una lucha sangrienta entre dos seres que, era evidente, no tenían nada el uno contra el otro. La fuerza y resistencia de la dragona eran aún mayores de lo que el habría esperado, con cada golpe de ella marcando su cuerpo hasta hacerlo tambalear.
Su velocidad era también un don digno de un ser antiguo. Se movía con la sutileza de un felino mientras esquivaba y acertaba golpes a gran velocidad. Sus manos parecían multiplicarse y su cuerpo estar hecho de roca pura. Las dagas rebotaban contra su piel e incluso parecían comenzar a desafilarse con cada acierto.
La inteligencia era su otro don. No era como los salvajes dragones de las montañas más bajas o de los campos abiertos. A diferencia de ellos, Eirein demostró tener una razón que parecía ir más allá incluso de los sabios de las ciudades. Cada movimiento y cada esquive tenía un sentido y la dejaban siempre preparada y bien posicionada para la próxima acción. No pareció tener aberturas aprovechables hasta el final, cuando resbaló y quedó de espaldas al suelo.
El Cuervo aprovechó sin dudar la situación y con su daga apretó el cuello de la dragona. Presionó apenas hasta que un hilo de sangre bajó por su piel.
Pero no la mató.
Vio directo a los ojos amarillos de Eirein y su pulso titubeó antes de retirar el filo de su garganta y dar marcha atrás.
Desde aquel momento, la dragona ancestral había quedado en deuda con él. Y era una cuenta que parecía estar decidido a cobrar.
Pasó un día más. Estaba cada vez más cerca de llegar al santuario donde Eirein vivía, habiendo hecho en una jornada más de la mitad del ascenso. Poco a poco comenzaron a verse los primeros restos que dejaban clara la cercanía a la dragona.
Pues el Cuervo no había sido ni el primer ni el último cazador que había intentado darle muerte a aquel ser ancestral. Y eso era algo fácilmente visible por los esqueletos y armaduras que de manera nada sutil empezaban a aparecer en los costados de la vieja senda.
Cuerpos de bandidos, escudos con blasones que nadie recordaba, espadas tan antiguas que las rocas se habían tallado a su alrededor eran imágenes cada vez más habituales.
Pocos y distanciados al principio, amontonados y superpuestos a medida que se avanzaba con el paso firme.
Siguió el camino. Delante de él una estructura se alzaba por encima de su cabeza como un túnel a medida, cubriendo exactamente el ancho de la senda. Pero no era piedra ni acero sino algo más vivo.
Los restos de las costillas de algún ser antiguo rodeaban a quienes se aventuraban a pasar por allí. Como un arco dedicado a un antiguo dios, los huesos parecían haber sido puestos adrede, quizás para amedrentar a quienes se atrevían a aventurarse por el monte.
Pero no eran los únicos.
Más y más restos de seres que ni siquiera los libros olvidados nombrarían lo recibían como una sutil advertencia de lo que estaba cerca de allí.
Cráneos destruidos, alas partidas, cuernos quebrados, todo parecía ser parte de una atmósfera cada vez más densa y pesada a medida que la altura subía.
Estaba ya cerca cuando se detuvo un instante. Arriba, no muy lejos de él, un cúmulo de nubes rodeaba un punto en concreto en una danza que no tenía fin.
Algunas blancas, otras grises, las había también negras y de un extraño color rosa.
Todas ellas parecían ser guardianas eternas de algo que yacía por encima suyo.
No era una sorpresa para el Cuervo, que dos años atrás las había visto, pero algo en su rostro pareció trasmitir la misma inquietud que aquella primera vez.
Había algo en esas nubes que no parecía sentirse del todo natural, quizás como si alguna especie de magia fuera la que las mantenía por siempre en movimiento.
Observó a su compañero.
Tempestad marchaba aún con cierta ansiedad pero con la calma de alguien que transita un camino ya conocido.
Volvió a acariciarlo como si él lo necesitara más que el animal.
Llegó cerca del pico del águila, a pocos cientos de metros de la cima. Observó esta vez la estructura de la montaña con la tranquilidad que no tuvo la primera vez.
Aquella silueta que desde lejos parecía representar la forma animal, desde una óptica más cercana cambiaba drásticamente.