El ambiente se sentía pesado. La bruma del otoño envolvía los pasillos de la universidad, dando un aspecto tétrico al lugar. Iris estaba preparada para ir a su siguiente clase, cuando sus dos mejores amigos la abordaron en el camino. Hace días que Enzo estaba con una energía nerviosa y ella se estaba cansando de eso. Por eso, cuando los tres se juntaron en un mismo lugar, los ánimos cambiaron.
—¿Qué sucede aquí? —interroga Jared, confundido.
Iris frena su caminata para enfrentarlos.
—Enzo cree que Leo Durand se unió a la sociedad secreta de la universidad —argumenta—. Ya te lo dije, Enzo, debes parar con esa paranoia. No te está llevando a ningún lado.
Ella dijo una verdad a medias. Estaba a tan solo unos minutos de su salón de clases, podía escapar de este encuentro. Aunque no podía escapar de Jared, lamentablemente tenía que compartir Historia con él, y por la mirada que le estaba otorgando, sabía que iba a interrogarla en cuanto tuviera una oportunidad. Leo Durand es el mejor de la clase, se atrevería a decir el mejor de toda la universidad. Aunque ella le sigue los pasos de cerca.
—Iris, no es paranoia —insiste Enzo—. Sé que se unió a esa sociedad. Si no lo es, ¿qué me puedes decir sobre eso que vimos?
—No vimos nada, Enzo. Estaba oscuro, y teníamos cuidado de que nadie nos encontrara.
—Bueno, yo vi bastante bien la marca en su brazo.
—Enzo…
—Iris, por favor —súplica—. Jared, dile algo. Tú crees lo mismo que yo.
—¿En serio, Jared?
El rubor sube a sus mejillas. Jared no sabe mentir.
—Iris, creo que es muy probable que Leo Durand sea uno de ellos —continúa—. Su familia lo es.
—Pero no puedes juzgar a una persona por la familia que tiene. No tiene que ser igual que su padre.
—¿Por qué estás tan decidida a defenderlo?
Iris dio un paso atrás ante esta insinuación.
—No lo estoy defendiendo, solo me parece injusto que se lo juzgue sin pruebas.
—¡Pero tenemos pruebas!
—No —respondió tajante—. No las tenemos, Enzo. Además, ni siquiera sabemos si existe esa sociedad secreta.
Sin esperar a Jared, comenzó a caminar hacia su clase. Esto le estaba costando cada vez más. Tener que eludir información. Pero lo hacía por un bien mayor, eso es lo que se decía a sí misma. Lo estaba protegiendo de esta manera. Siempre lo protegería. Tomó la escalera sur y caminó alrededor de cinco minutos hasta llegar a su salón de clases. Ignoró a su amigo cuando llegó, y no le respondió cuando tuvo la clara intención de preguntarle cosas. Tal vez está exagerando, hasta que recordó que ni Jared ni Enzo saben con certeza lo que vieron.
La clase de Historia duró dos horas, ella tomó nota de todo, quería sobresalir en el próximo examen, siempre buscaba ser la mejor. A la hora del almuerzo los volvió a evitar. No quería seguir discutiendo, y sabía que lo harían si no dejaban de lado el tema. A la noche es diferente. Él le pidió que lo encontrara en el patio de la universidad. Sus manos sudaban, a la par que su corazón latía desaforado. Quería verlo, estaba ansiosa por ello. Y cuando observó su espalda ancha y su cabello rubio no pudo evitar correr hacia él y abrazarlo.
—Ahí estás —él dio media vuelta para enfocarla—. Te extrañé.
La besó largo y tendido, tomándose su tiempo. Aunque lo que menos tenían era tiempo. Se separó de Leo sin ganas.
—Tenemos que hablar —comentó Iris.
—Nunca es bueno lo que viene después de esas palabras.
—Lo saben.
Leo entrecerró los ojos. Su postura cambió a una de alerta, mientras que su mandíbula se tensó.
—Entonces tenemos que hacerlo hoy —afirmó.
—¿Hoy?
—No nos queda más tiempo, Iris.
Ambos se apresuraron a adentrarse de vuelta en el edificio antiguo de la universidad. Recorrieron varios pasillos hasta que entraron en un salón vacío. Leo tanteó la pared, encontró el interruptor y abrió el pasaje oculto. Los pasillos que siguieron a continuación eran terroríficos. Pura piedra y aroma a encierro. Sintió su mano fuertemente presionada con la de él. No la dejaría caer, siempre la protegía, y odiaba no poder mostrar esta faceta al resto. Siempre tenía que ser el villano, el tipo malo, el chico engreído de la clase. Llegaron hasta una gran puerta pintada de rojo. Había antorchas a cada lado y una inscripción encima de la entrada. Ella tragó saliva. Hablaron mucho sobre esto, era lo que ella necesitaba y ahora que finalmente estaba sucediendo… todo cambiaría.
—Tengo que vendarte los ojos, es el protocolo.
—De acuerdo.
Él le colocó una venda negra sobre sus ojos. El aroma a colonia que desprendía de su cuerpo la invadió y calmó sus pulsaciones aceleradas.
—Nada malo te pasará —susurró contra su oído.
Y le creyó.
Cuando pasaron por la puerta lo primero que escuchó fueron murmullos. Comenzaron tímidos, pero luego los cánticos se oyeron con fuerza. Es una canción infantil popular, al menos la melodía sonaba de esa manera, pero la letra… la letra era otra cosa. Algo oscuro. Leo la detuvo en un punto, siguió sintiendo su presencia detrás, acompañándola, protegiéndola. La venda cayó de sus ojos. Su vista se enfocó rápidamente en las personas que había alrededor. Compañeros de clase, profesores, incluso familias de estudiantes. Luego, se concentró en el hombre que estaba parado frente a ella. El hombre del que todos hablaban, pero nadie conocía su rostro. Una máscara estaba fija en su cara.