La noche nunca había sido su parte favorita del día. Todos los pensamientos la inundaban y no había nada que pudiera hacer para callarlos. Por eso, cuando se le presentó esta oportunidad, no dudó en tomarla. La paga era buena, tenía que trabajar unas pocas horas, pero podía beber lo que quisiera, siendo consciente de que no podía emborracharse. Tenía que lograr una buena impresión si quería seguir con este trabajo. Su compañera, que la conoció hacía solo cinco minutos, le dijo que no tendría que haber aceptado, que no valía la pena pasar la noche y parte de la madrugada de esa manera. A Paula no le importaba. Lo que fuera, con tal de no quedarse en su apartamento dándole vueltas a los problemas en su cabeza. Así, se calzó el uniforme y salió a enfrentar la larga noche que le esperaba.
El lugar era grande, con el piso recubierto de una alfombra roja. Había sillones en una esquina, un carrito de bebidas, además de la barra. La iluminación era tenue, y una lámpara de araña colgaba en el centro. En el fondo, estaba la puerta que conducía a la sala privada. Lo más importante eran las mesas distribuidas por todo el espacio. Había en total tres mesas redondas, cada una con un crupier, destinadas para que jugaran entre cuatro y seis personas. Paula estaba segura de que, en menos de cinco minutos, entrarían personas adineradas, engreídas, con la intención de hacer de su noche una pesadilla, pero ya había aceptado el trabajo. Su tarea consistía en servir las bebidas, quedarse frente de su mesa asignada y esperar a que alguien pidiera algo. Tal vez tendría que haberse replanteado lo que le dijo su compañera: seis horas en un espacio cerrado, llevando bebidas, sin poder hablar y estancada en su posición. Al cabo de unos minutos, las puertas se abrieron y entró la primera tanda de personas a la sala privada. Llenaron la mesa de su compañera a su izquierda. No sabía si se abría una mesa por vez, probablemente debería haber hecho más preguntas.
Una hora después, su mesa se abrió y las personas comenzaron a ocupar los lugares. No era por estereotipar, pero Paula acertó en el tipo de personas que vendrían a ese lugar. En primer lugar, había un hombre de unos treinta años vestido con un traje costoso, sentado en el extremo izquierdo, al final de la mesa. En un asiento de por medio, se sentó un señor mayor, con las canas resaltando en su pelo y un vaso de whisky en su mano. En el otro extremo, aunque había dejado el primer asiento libre, se acomodó una mujer. Sus ojos estaban vidriosos y tenía círculos oscuros debajo de ellos. Por último, un chico de veintitantos años, aproximadamente de la edad de Paula, tomó asiento al inicio de la mesa.
El trabajo de Paula empezó cuando la mujer le pidió un trago afrutado. Luego, tuvo que llevarle un trago más fuerte al hombre mayor, y también le pidieron agua. En menos de lo que había imaginado, ya estaba trayendo vasos vacíos y llevando bebidas. Se limitaba a prestar atención cuando la llamaban, pero no pudo evitar escuchar lo que hablaban cuando comenzó una nueva partida. El hombre de treinta años fanfarroneaba sobre sus jugadas; era el que más había ganado hasta el momento y seguía subiendo la apuesta. Estaba en una posición privilegiada, ya que el jugador sentado al final de la mesa podía observar los movimientos de los demás. La mujer también jugaba bastante bien, pero el hecho de pedir tantas bebidas le nublaba su juicio.
—Gané el último campeonato —comentó en tono engreído el hombre de treinta años—. Era obvio, fui el mejor competidor —y soltó una carcajada ronca—. Tengo que gastar lo que gané, ¿no?
Paula se contuvo de hacer un comentario mordaz. No le agradaba ese tipo de personas, y ya había tenido suficiente de ellas; muchos de sus pensamientos recurrentes en la noche giraban en torno a situaciones con esa clase de individuos. Su noche continuó sin demasiada emoción. La mujer le pidió unas cuantas bebidas más y, cuando ya no podía mantenerse erguida, se retiró. Otra mujer ocupó su lugar, llevaba unos anteojos de sol y una cartera demasiado cara que dejó en el piso alfombrado de la sala. Pidió un solo tragó y observó con atención a cada jugador de la mesa. Paula notó que, a diferencia del hombre engreído que se arriesgaba, la mujer era más precavida, jugaba las manos necesarias, sabía cuándo retirarse y no apostaba de más. El hombre mayor era un jugador decente, se veía a simple vista que tenía experiencia y no jugaba para ganar dinero, sino simplemente para disfrutar de la noche. En cambio, el chico parecía tener dificultades; ya era la cuarta mano que perdía y no tenía intención de retirarse.
—¿Lista para irte? —le preguntó su compañera al haber cumplido sus horas de trabajo—. No luces cansada, ¿fue una noche tranquila?
—De lo que cabía esperar, sí —se encogió de hombros—. Suelo funcionar con pocas horas de sueño, así que estoy acostumbrada.
—Bueno, yo me voy directamente a la cama. Nos vemos mañana.
Paula se cambió de ropa y guardó el uniforme, tomó su bolso y se dirigió hacia la salida del casino. Procuró centrar la vista en el frente, sin dejar que nada la distrajera. Al salir, el viento frío de la madrugada la recibió. Caminó hasta el estacionamiento; su abuelo le había prestado el auto por el tiempo que durara este trabajo. Al girar en una esquina, chocó contra alguien. Pidió disculpas, pero el chico no dejaba de mirarla.
—¿Nos conocemos?
Ella soltó una carcajada.
—¿Así es como coqueteas?
—Oh, no. No lo pregunto por eso —se apresuró a responder—. Solo es que tu rostro me parece familiar.