En medio de un paisaje montañoso, con nieve y sin vecinos alrededor, un grupo de amigos llegaba a una cabaña para disfrutar de sus vacaciones. Habían ahorrado todo el año para hacer esta escapada de la civilización. El viento era frío, golpeaba contra sus rostros y la vista los dejaba sin aliento. Tyler, el encargado de alquilar la cabaña, abrió la puerta de lo que sería su hospedaje por los próximos siete días. Abigail y Erica entraron rápidamente, no soportando las bajas temperaturas del exterior. Teo cargó con sus valijas, mientras que Víctor se quedó admirando el paisaje por unos segundos más antes de ingresar a la cabaña. Los cinco amigos se sentaron alrededor del fuego que brindaba la chimenea. Sus sonrisas siempre presentes, sus carcajadas se escuchaban por toda la cabaña.
—Tyler, ¿cuándo te decidiste por esta cabaña? ¿No te fijaste que hubiera al menos algo para hacer? —inquirió Abigail entre carcajadas.
—Me gusta el frío, pero terminaremos como cubitos de hielo —agregó Teo.
—Ja, ja —comentó Tyler con sarcasmo—. El pueblo está a tan solo media hora de aquí.
Cuando oscureció, prepararon la cena. Por suerte, había comida en la cabaña. Luego de un plato de pasta y varias copas de vino, sus mejillas estaban sonrosadas. Erica, la más joven del grupo, nunca creyó volver a reír de tal manera. No luego de los problemas amorosos que había tenido. Todo lo que necesitaba era a sus amigos. Con el paso de las horas, y dado que ninguno quería irse a la cama, decidieron jugar un juego.
—No trajimos nada —alegó Víctor, el mayor de los cinco.
—Pues improvisemos. ¡Ya sé! —Teo corrió hacia la cocina y volvió con una birome y papel—. Un juego de asesinato, solo hay que escribir en los papeles los personajes y repartirlos al azar.
—Teo, no sé…
—¡Vamos, Abby! ¡Será divertido!
De esta manera, Teo escribió en el papel los diferentes personajes; testigo, asesino, cómplice, víctima y detective. Uno para cada uno de ellos. Cuando Teo los repartió, todos se aseguraron de no hacer ninguna mueca para evitar que el personaje del asesino se revelara. A Erica le tocó el papel de detective. Un pequeño bufido salió de su boca; era muy mala resolviendo casos. Siempre perdía en este juego.
—Ahora, dispérsense, y en cinco minutos comienza el juego —concluyó Teo.
—Espera, ¿por qué? —preguntó confundido Tyler—. Quién sea el detective hace las preguntas y así se descubre quién es el asesino.
—¿Y cuál es la diversión en eso? Tenemos toda una cabaña para hacer de esto un caso creíble —Teo aplaudió mientras se levantaba de la silla—. Ahora, cada uno a su posición, ¡que comience el show!
Teo le guiñó un ojo a Erica antes de abandonar el salón. Los demás hicieron lo mismo, yéndose a otra parte de la cabaña. Erica se dirigió a su habitación, tenía frío, así que tomó un abrigo y se lo colocó encima del pijama. En su mesita de luz había un anotador con un lápiz; los tomó y contó hasta que se cumplieran los cinco minutos, solo para matar el tiempo. Salió a paso lento de la habitación. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, a pesar de estar con el abrigo. Un grito desgarrador se escuchó seguido de un golpe seco. Erica bajó corriendo las escaleras; su primera parada fue el salón. Cuando no encontró a nadie, se dirigió hacia la cocina. Se detuvo de golpe ante la imagen frente a sus ojos.
—Aterrador, ¿no crees? —murmuró Tyler detrás de ella—. Teo llevó el show demasiado lejos.
Teo se encontraba tirado en el suelo, sus ojos abiertos con miedo, un charco rojo a su alrededor. No se movía.
—Al parecer encontré a la víctima —desvió la mirada de Teo hacia Tyler—. ¿Eres el testigo?
—Sí, aunque no te serviré de mucha ayuda —se encogió de hombros—. Las luces estaban apagadas, escuché el grito y vi una sombra que salía de la cocina.
En ese momento, la electricidad se cortó en toda la cabaña. Y unas letras fluorescentes aparecieron en la puerta de la cocina.
—“¿No hay salida?” —Tyler leyó la inscripción—. Todos se comieron el personaje demasiado bien. Es mejor separarnos, busquemos al asesino —agregó burlón.
No se lo dijo a Tyler, pero esa inscripción le provocó un mal presentimiento a Erica. ¿De dónde habían sacado esa pintura? Ella dobló en el pasillo, alejándose de la cocina y tomando la escalera para investigar en el piso de arriba. Tanteando por las paredes se fue guiando; tampoco sabía cómo habían logrado cortar la electricidad. Se detuvo cuando oyó pasos detrás de ella. Una luz la encandiló cuando giró.
—Lo siento —Abigail bajó la linterna—. Estaba con Víctor y luego nos separamos, ¿Sabes quién cortó la luz?
—No —Erica fijó la vista en la mano de su amiga, la que sostenía la linterna—. ¿Escribiste el mensaje en la puerta de la cocina?
—¿Qué mensaje?
—Tus manos están manchadas con pintura.
Abigail levantó sus manos, inspeccionando cada dedo, luego frunció el ceño.
—No escribí ningún mensaje, pero había una lata de pintura en el sótano.
—¿Por qué estabas en el sótano?
—Había que dispersarse, ¿no? Eso hice —comenta—. No había luz, así que debo haber chocado con la lata de pintura, debería estar abierta.