Lo que ocultamos de la luz

El regalo de Lily

La alarma sonó, anunciando el receso entre clases. Lily se apresuró a salir del salón, chocando contra varios compañeros sin inmutarse, apenas los notó. En cambio, siguió empujando hasta llegar al medio del corredor. Desde lejos, su amiga le sonrió, siempre se sentaban juntas en la hora del almuerzo, compartían clases, y al final del día caminaban hasta una cafetería para tomar algo. Pero esta vez Lily tenía algo más importante que hacer. Perdió de vista a su amiga y caminó en dirección al patio de la escuela. La brisa cálida la recibió, entrecerró los ojos cuando el sol la sorprendió de frente. Las hojas de los árboles resplandecían en un verde puro, y las personas se sonreían entre sí, regalándose flores. Era el día de la primavera, y todos los años, desde que estudiaba en esa escuela, se solían regalar flores a alguien especial.

Eso era lo que Lily planeaba hacer ese día, pero con una pequeña modificación. Cruzó todo el patio hasta llegar a la carretilla llena de plantas y flores. Un chico, un año mayor que ella, se encargaba de repartirlas. La sonrisa del chico desapareció en cuanto la vio. Ella esperó a que terminara de hablar con una pareja que se acababa de regalar una rosa, mutuamente.

—¿Tienes lo mío? —preguntó Lily, en tono tajante.

El chico trató de ignorarla, atendiendo a un niño de primer año. El pequeño, con el pelo castaño y mejillas regordetas, estaba nervioso. Quería regalarle una margarita a la niña que le gustaba. Se sonrojó cuando el mayor le dio algunos consejos y el niño salió corriendo con la flor en la mano, en busca de ella.

—Aaron —insistió Lily, cruzando los brazos y frunciendo el ceño—. Lo mío.

Finalmente, el chico no pudo ignorarla más. Sin embargo, su sonrisa desapareció nuevamente. Ya no había nadie más esperando flores. Solo ella. Aaron dio un bufido exasperado y le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Se apartó de la carretilla y comenzó a caminar en dirección a un rincón del patio, mientras Lily lo seguía. Caminaron hasta el costado de la escuela, donde una gran estructura de cristal se alzaba frente a ellos.

—Me podrían expulsar si se enteran —murmuró Aaron.

—Nadie se enterará —respondió Lily, confiada.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque ninguno de los dos va a hablar… ¿O me equivoco?

Aaron pasó una mano por su rostro, frustrado, y tiró de los mechones de su pelo. Miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie más cerca, Luego sacó una llave de aspecto antiguo de su bolsillo. Así fue como entraron al invernadero. A Lily no le importa, sabe que Aaron es su mejor herramienta para conseguir lo que quiere. Una vez dentro, Lily levantó la mirada hacia el techo de cristal. La luz se filtraba a través de las ventanas, haciendo que los colores de las flores brillaran con intensidad. Había lirios, girasoles, lavandas, orquídeas, rosas y muchas otras especies que Lily ni siquiera reconocía. Algunas tan exóticas que nunca había visto en su vida.

—¿Cómo conseguiste la llave? —preguntó, volviendo a fijar su mirada en él.

—Soy ayudante de la profesora de biología —respondió Aaron, mientras una gota de sudor caía por su frente—. Quiero estudiar botánica cuando termine, así que ella me ofreció ser su pupilo para aprender más…

—Eso ya lo sé —interrumpió Lily, rodando los ojos—. ¿Entonces la llave te la dio ella?

—Trabajamos todos los días después de clase en el invernadero —respondió él, con la manzana de Adán moviéndose nerviosamente al tragar saliva—. Le pedí la llave para el día de la primavera, para preparar las flores que se iban a regalar.

—¿Y preparaste lo mío? —preguntó Lily, sonriendo.

Aaron asintió, pero Lily pudo notar cómo sus dedos golpeaban repetidamente su pierna mientras pasaba otra mano por su cabello, frustrado. Finalmente, llegaron al fondo del invernadero, cerca de una puerta blanca con pequeñas ventanas de cristal. Aaron apartó una regadera y sacó otra llave.

—No toques nada —advirtió antes de abrir la puerta.

Dentro de esa sección del invernadero no había nada diferente de la otra: flores, macetas, plantas, tijeras de podar y bolsas de tierra. Pero en una mesa en el centro, había una canasta de mimbre con cinco macetas. En cada una de ellas, una flor rosa vibrante con cinco pétalos.

—Las tuve que trasplantar, es más seguro así —dijo Aaron mientras las señalaba—. ¿Recuerdas lo que dije antes?

Lily asintió.

—Bien —dijo él, mientras la observaba con algo de nerviosismo.

—¿Es permanente? —preguntó Lily, sin apartar la vista de las flores.

—No. Pero debe tratarse con rapidez.

Lily tomó la canasta con cuidado y comenzó a caminar hacia la salida del invernadero. Aaron la llamó por detrás, tartamudeando, tropezando con sus propios pies. Antes de que ella pudiera salir, Aaron la detuvo.

—¿Lo harás? —preguntó, desesperado.

—Tranquilo —respondió ella, arrogante—. Si todo sale como espero, le pediré a mi padre que te escriba una carta de recomendación para la universidad.

Aaron pareció relajarse, retiró su mano de la puerta del invernadero y Lily salió con paso decidido. Recorrió de nuevo el patio, viendo cómo Aaron regresaba a su puesto junto a la carretilla, repartiendo flores. Lily también iba a regalar flores, pero estaba buscando a alguien específico. El chico de cabello rojo estaba hablando con su amigo. Lily inhaló profundamente y, al verlo, corrió hacia él. Se detuvo justo frente a ellos.




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